La Yihad y el secesionismo catalán

Que el ataque del Daesh del 13-N en París marca un antes y un después en la realidad geopolítica y militar de Europa nadie lo duda a estas alturas. El descubrimiento de que el 11-S no se agotaba en las lejanas campañas en Afganistán e Iraq y encuentra su prolongación en el escenario europeo, supone un golpe de realidad para nuestro sueño continental de una existencia apacible. Como descubrir que el «nihilismo teologizado» que Dostoievski anticipa en Los demonios y que lleva al recién fallecido Glucksmann a escribir su Dostoievski en Manhattan, ya no es un enemigo de fuera sino que anida en el corazón de nuestros suburbios. Hasta el punto de ser plausible que el espacio Schengen se disuelva en la nostalgia de un nuevo «mundo de ayer» europeo al uso de Zweig. Como lo puede ser una intervención en Siria con infantería bajo una confederación de naciones también musulmanas. Si el despliegue de tropas americanas en Iraq fue de 140.000 soldados, los cálculos más realistas hablan de la necesidad de 500.000 efectivos en tierras del califato. La beligerancia frente al yihadismo se articulará, según parece, en un frente ad intra en terreno europeo donde prima la inteligencia preventiva, desarticulación y cruce de información y un frente multinacional ad extra sobre un terreno acotado de combate no sin sangre, sudor y lágrimas.

La Yihad y el secesionismo catalánY es en este nuevo contexto geopolítico tan beligerante donde surge una pregunta que no he visto formulada todavía: ¿cómo afecta al proceso independentista catalán el desafío yihadista desencadenado el 13-N pasado, apenas cuatro días después de la declaración del Parlament? La cuestión no es baladí si tenemos en cuenta que de los 1.264 centros de culto islámico identificados en España, 98 de ellos están vinculados al salafismo según datos de nuestros servicios de inteligencia. Y más de la mitad, unos 50, se encuentran ubicados precisamente en Cataluña. Dato que no extraña si reparamos en que de los 1.703.529 musulmanes que viven en territorio español nada menos que casi medio millón (448.879) residen en Cataluña, siendo Barcelona la ciudad española que más alberga. El incremento de la inmigración musulmana -especialmente marroquí- se agudizó en la última década en gran parte por el interés político de las elites independentistas, que veían en esta inmigración islámica un muro de contención frente a los flujos migratorios hispanoamericanos castellanoparlantes. Pero al mismo tiempo el CNI nos advierte desde hace años sobre la fuerte implantación del islamismo radical incontrolado en Cataluña, junto a Ceuta y Melilla. Baste recordar, entre otras, la Operación Caronte de abril de este año en la que fueron detenidos 11 islamistas que planeaban atentar contra el Parlament, un céntrico hotel de Barcelona y una comisaría de los Mossos. Además de un secuestro con posterior degollación retransmitida al siniestro modo del Daesh. Tampoco podemos soslayar el riesgo de que entre la población paquistaní arraigada en Cataluña (32.000 personas) pueda haber islamistas radicales que sean adiestrados en los campos de entrenamiento terroristas que hay en Pakistán. Por todo lo cual no es aventurado concluir que, desgraciadamente, Cataluña en general y Barcelona en particular pueden ser probables blancos de la ofensiva yihadista.

Ahora bien, lo sorprendente del caso es el absoluto silencio que se está dando en Cataluña sobre los riesgos objetivos que corre esa comunidad en el nuevo escenario bélico-terrorista y, más tabú todavía, la ausencia de cualquier debate sobre la vulnerabilidad sobreañadida que implicaría un estado catalán independiente. Que bien pudiera ser en esta endiablada circunstancia internacional, una forma de invitación al suicidio colectivo.

Porque la cuestión de fondo que se escamotea en el discurso oficial de la dirigencia y medios catalanes es la siguiente: si el proceso de independencia auspiciado por el parlamento catalán el 9 de noviembre sigue adelante con su plan previsto de «desconexión» de las instituciones del Estado español, ¿no supone ello en este nuevo escenario del 13-N menoscabar la defensa de la población catalana ante los embates de la Yihad? Lo que resultaría, cuanto menos, una temeraria inmoralidad in vigilando. Porque dicha «desconexión» implicaría también y a instancia de parte el desmantelamiento y cortocircuito de la información, conocimiento, procesos y medios con que operan nuestros centros de inteligencia en Cataluña, como en el resto del país. Además del detrimento que sufriría por parte del resto de los servicios de inteligencia de la UE, ya de por sí reacios a compartir su información sensible con otros estados miembros, lo que explica la grave dificultad con que se encuentra la Unión para la creación de un gran centro de inteligencia unificada. Lo mismo ocurriría en el plano puramente militar con una OTAN que más pronto que tarde pasará a la acción, quedando el hipotético estado independiente catalán también «desconectado».

El silencio de la dirigencia catalana ante una cuestión tan crítica creo que puede deberse a dos factores ligados entre sí. Por un lado, a su convicción de que el islamismo catalán y sus centros de difusión se alinean con el proceso de independencia, -como ha tenido ocasión de ir trabajándolo la Generalitat desde el 11-S- lo que aseguraría que Cataluña quedara durante el proceso como «zona franca» de los embates del Daesh. Pero si algo nos enseña el 11-N parisino es la grave dificultad que tiene el islam institucional, en este caso francés, en controlar y dominar a los cada vez más jóvenes -y por tanto más rebeldes e imprevisibles- terroristas franceses. Lo mismo vale, me parece, para Cataluña y Barcelona.

El segundo factor para entender tal mutismo creo que radica en la intensidad que el pacifismo tiene en la sociedad catalana, como se puso de manifiesto en la extensión de las manifestaciones contra la guerra de Iraq en el 2003. Y en su cuota correspondiente de mayoritaria representación parlamentaria y municipal como estamos advirtiendo. Pacifismo que va íntimamente unido a la propia promesa independentista de una tierra de promisión donde manará leche con miel y el león yacerá junto al cordero. Y donde la existencia del mal radical -tan negado por una gran parte de la sociedad catalana que no ha leído a Dostoievski ni recuerda su Semana Trágica- no tiene lugar. Por eso el 13-N parisino se reduce en la mentalidad independentista a una mera respuesta a los bombardeos previos franceses, como el 11-M lo fue a nuestra presencia en Iraq. Y las mismas categorías explicativas se aplican al caso israelí y 11-S.

Claro que todo ello son las consecuencias de una muy grave patología política alejada del principio de realidad -y del conocimiento de lo que es un estado en tiempos de beligerancia- capaz de arriesgar hasta la salvaguarda de su población en pro de una independencia que la dejaría más expuesta todavía ante los nuevos verdugos. Y a lo mejor sería bueno que las élites catalanas en esta disyuntiva histórica leyeran, si no a Dostoievski, al menos aquella anotación bañada de realidad que Kafka escribió en su diario: «En tu lucha contra el resto del mundo te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo». No lo creo mal consejo.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos en la Universidad de Alcalá de Henares.

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