Laicismo y sabiduría

La imagen verdadera del pasado amenaza con desaparecer con todo presente que no se sienta aludido en ella (Walter Benjamín).

Quien más quien menos, agnósticos, ateos o creyentes, todos reflexionamos de vez en cuando sobre el sentido de nuestras vidas y la construcción de nuestras conciencias. Más durante fiestas como las que acaban de pasar, donde la plaza pública se convierte en un rifirrafe ente laicismo y religión. Pesebres que no lo son, niños Jesús transexuales o reinas magas reavivan el desgarro entre las historias que han dado tradición a nuestra cultura y la modernidad.

Que el Estado debe ser aconfesional está fuera de duda como lo está la libertad religiosa. Pero una cosa es la neutralidad del Estado y sus instituciones y otra la beligerancia contra la que antes denominábamos historia sagrada, fuente inagotable de lecciones de vida. El laicismo no debería traspasar la esfera del conocimiento para invadir la de la sabiduría. Un ejemplo: el Ayuntamiento de Barcelona hubiera podido abstenerse de instalar el pesebre en la plaza de Sant Jaume porque los gobernantes de la ciudad toman partido en el contencioso religión-laicismo. Eso hubiera sido controvertido pero comprensible. Lo que es absurdo es el vano intento de sustituir la escenografía de una tradición de incalculable valor simbólico por la de una manzana de barrio, donde el niño Jesús es un bebé en brazos de una madre anónima que se asoma a la ventana de un piso anodino a ver si pasa el butanero. Si no hay pesebre, no hay pesebre. Pero si lo hay, no se deberían esconder el burro, el ángel o la estrella. Me parece absurdo tratar de salirse de un atolladero ideológico mediante una suerte de aggiornamento decorativo.

Por su propia propuesta, el laicismo nunca hallará recambio al significado de un niño nacido en la pobreza al aliento de un buey, a la humildad del aviso a los pastores o la conmoción del universo que envía a Belén ofrendas desde lugares remotos. Los parcos símbolos de las instituciones laicas nunca generarán más relato que la adhesión a una ciudad o patria y, quizá, a los valores democráticos, y aún estos están hoy en crisis por la mediocridad de las élites políticas occidentales.

Persistir en neutralizar o desvirtuar la tradición religiosa tiene más impacto social de lo que parece. Sobre todo, insisto, en la esfera de la sabiduría, aquella región de la espiritualidad anclada en textos milenarios como el Libro del Tao, el Eclesiastés o las parábolas del Evangelio; textos que afirman que los cambios históricos son espejismos frente a la constancia de la naturaleza humana; textos que aún nos iluminan al reflexionar sobre amor, justicia o poder. La laicidad yerra al difuminar la frontera entre conocimiento y sabiduría; con ello corrompe el lenguaje de la responsabilidad y la moralidad, lo cual no es amenaza menor para la cohesión social. Pecado y delito tienen connotaciones diferentes, pero ambas conciencias son necesarias. Eso también está en Dostoievski, pero, ¿quién le lee hoy?

A medida que delegamos nuestra responsabilidad en la ley y los consensos políticos, se pudre nuestra fibra ética, también nuestro juicio. Legislamos compulsivamente pero no por ello se fortalece el cuerpo social. Generamos nuevas definiciones de familia entre las que hemos perdido el significado de esta palabra. Quizá ahí resida una de las claves de la así llamada violencia machista -¡qué concepto más simplista!- o de la creciente psiquiatrización de la infancia. ¿Detendremos la violencia doméstica a golpe de sentencias y teléfonos de denuncia? Lo dudo. La corrupción en la banca, la política, la justicia, el deporte o la medicina crece imparable como hierba mala entre las grietas de la legalidad y el declinar de la responsabilidad social. ¿La frenaremos con códigos de buena praxis? Mmmm. ¿Lograremos atajar el soborno de los médicos y las instituciones sanitarias por los lobis industriales? No.

Delegar en la ley lo que constituye un imperativo moral es el punto débil del laicismo radical. Cuantos lo defienden deberían ver en la religión y su rico mundo simbólico no un enemigo sino un aliado contra la codicia, la vanidad o la lujuria, es decir, contra los eternos corruptores que no han cambiado desde que el hombre es hombre, a pesar de la ilustración, el progreso industrial y la revolución tecnológica. Y no deberían confundir religión e iglesia(s).

Desde estas líneas no se pide más poder secular para las instituciones religiosas, y quien así lo entienda se equivoca. Aquí se pide respeto hacia el simbolismo de lo sagrado como fuente inagotable de sabiduría y contención porque puede hacernos a todos mejores, es decir, más bondadosos. A fin de cuentas esa es la llamada del pesebre y la invitación de la Navidad.

Antonio Sitges-Serra, catedrático de Cirugía (UAB).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *