L’Amérique, la guerre d’Irak et la «somalisation» de la planète

Par André Glucksmann, philosophe (LE FIGARO, 15/06/06 :: EL PAÍS, 19/06/06):

Basta una semana, a principios de este junio de 2006, para recordar a nuestros soñadores de la paz eterna la permanencia implacable del caos. El pequeño Timor Oriental, con un millón de habitantes, que dirige un respetable premio Nobel y que está colmado por la benevolencia de la ONU, se ha precipitado en el saqueo y la sangre: unos militares amotinados han prendido la mecha de un desorden político y social latente. En Afganistán, los talibanes, que se habían dispersado hace cuatro años, han salido de nuevo a la superficie de manera violenta. En Somalia, pick-ups y todoterrenos, adornados con metralletas, garantizan el triunfo de los más fanáticos y los tribunales islámicos deciden prohibir ipso facto la retransmisión del Mundial de fútbol, este juego satánico. Y en Irak cada día se lloran cantidades de civiles degollados, explosionados, sacrificados por sanguinarios nostálgicos de Sadam Husein.

El pecado mental de los militares occidentales fue que durante mucho tiempo llegaron a los conflictos del momento con una guerra de retraso. Esta desgana afecta a partir de ahora a los estados mayores pacifistas, que quedan aturdidos por las seudolecciones del pasado y reprochan a Washington haberse enredado en un “nuevo Vietnam”. No hay nada más naif: Al Zarqawi no era Ho Chi Minh. Irak sale de treinta años de una espantosa dictadura totalitaria y no de tres decenios de insurrecciones anticoloniales contra Francia, contra Japón y de nuevo contra Francia a la que Estados Unidos relevaron de buena o de mala gana. No hay ningún dato geopolítico que permita aplicar al actual caos iraquí los esquemas de la última gran guerra caliente de la época, felizmente pasada, de la guerra fría.

Lo que amenaza a la sociedad iraquí no es una vietnamización, sino la “somalización”. Hagan memoria, una tropa internacional patrocinada por la ONU y encabezada por americanos desembarca en Mogadiscio (Operación Restore Hope, en 1993). Hay que garantizar la supervivencia de una población hambrienta y masacrada por clanes rivales. Después de perder a 19 de los suyos en una trampa espantosa, los soldados vuelven a embarcarse. La continuación ya es conocida, un Clinton escaldado juró “nunca más” y decidió un año más tarde no intervenir en Ruanda (abril de 1994), donde habría bastado con 5.000 cascos azules para evitar el genocidio que se llevó a un millón de tutsis en tres meses (supera el récord de Auschwitz en la relación velocidad/número de víctimas). La continuación de la continuación no es menos conocida, la peste exterminadora se extendió por el África tropical, contamos a millones de muertos en el Congo y alrededores. Hoy Somalia está en manos de las bandas armadas de los “tribunales islámicos”, alimentadas por los fondos secretos que la CIA invirtió en vano contra ellos, y existe el peligro de que un nuevo Afganistán de los talibanes se asiente en el cuerno de África.

Observen que los maestros de ceremonias cambian. La ONU es la responsable en Timor. La OTAN (con una importante participación europea) en Afganistán. El Pentágono en Irak. Sin embargo, coinciden las situaciones, puesto que la dificultad de controlar y neutralizar es fundamentalmente la misma. El modelo reducido de Somalia se extiende por el planeta. Las poblaciones, secuestradas, asustadas y sacrificadas se convierten en botín de guerra de los cabecillas locales sin fe ni ley. Los comandos se pelean por el poder a punta de Kaláshnikov en nombre de estandartes superfluos, como la religión, la etnia, una ideología cerrada, racista o nacionalista y el imperativo de la memoria falseada. Se pelean menos entre ellos que contra los civiles que son el 95% de las víctimas, mujeres y niños en primer lugar.

El terrorismo, definido como el ataque deliberado contra los civiles como tales, no sólo es patrimonio de los islamistas. Fíjense que el procedimiento lo utilizan y lo han utilizado un ejército regular (que ha recibido la bendición de los popes ortodoxos) y milicias que están a las órdenes del Kremlin en Cheche-

nia, donde se cuentan decenas de miles de niños muertos. Cuando los matones apelan al Corán, son los transeúntes desarmados, musulmanes, los que agonizan. Somalia es el laboratorio en vivo de la abominación de las abominaciones: la guerra contra los civiles.

Entre 1945 y 1989, fecha de la caída del Muro de Berlín, la guerra entre los bloques fue fría, tanto en Europa como en América del Norte. En otras partes se extendían las revoluciones y las contrarrevoluciones, los golpes de Estado y las masacres de millones de personas. Nunca a lo largo de la historia las sociedades humanas se habían visto tan afectadas como en este medio siglo en el que se desmoronaban los injustos imperios coloniales, a la vez que, con demasiada frecuencia, las sublevaciones y las insurrecciones daban a luz a nuevos despotismos más o menos totalitarios. En la tormenta, vacilaban las tradiciones milenarias. Se destruyeron de manera sistemática regímenes, costumbres y lazos seculares. Al salir de tal seísmo histórico mundial, dos tercios de nuestros semejantes habían perdido toda referencia. No pueden vivir como antes. Ni menos aún (todavía no, dice el optimista) vivir como ciudadanos tranquilos de los Estados de derecho occidentales.

En los cuatro lados del universo se extienden viveros de guerreros jóvenes y menos jóvenes, descamisados o uniformados, igualmente ansiosos de conquistar a cualquier precio alojamientos, galones, mujeres y riquezas. Dispuestos a peinar, con metralletas y morteros, el campo y los megabarrios de chabolas haciendo explotar coches y bombas humanas para dominar sin tener que repartir. Los Estados ambiciosos y sin escrúpulos se aprovechan de estos viveros de matones, a la vez que patrocinan distintos terrorismos, para ser más potentes mediante el perjuicio. En los inicios de la Alemania de Weimar (1920), Ernst von Salomon profetizaba que “la guerra del 1914-18 se ha terminado, pero los guerreros todavía están aquí” y los oficiales a media paga poblaron las secciones de asalto hitlerianas. Cuando se desmoronó el imperio soviético, el disidente Vladímir Bukovski advirtió: “El dragón ha muerto, pero se extienden las dragonadas”. Y los antiguos ejércitos rojos devastaron, bajo Milosevic, la ex Yugoslavia, y bajo Yeltsin y Putin, el Cáucaso del Norte.

¿Hubiera sido mejor no derrocar a Sadam Husein y darle permiso para mejorar durante un decenio más su horrible palmarés de torturas, mutilados y cadáveres? ¿Uno o dos millones de víctimas en un cuarto de siglo? Los iraquíes que aun con amenazas de muerte han acudido tres veces, de manera cada vez más masiva, a las urnas, no parece que se arrepientan de la caída del dictador. ¿Es conveniente hoy que los soldados estadounidenses y sus aliados salgan corriendo ipso facto como en Somalia? Incluso los gobiernos más antiamericanos, los que están más obsesionados como Francia, cruzan los dedos para que no pase nada y que la coalición no deje el terreno en manos de los degolladores.

El combate para evitar la “somalización” del planeta acaba de empezar y dominará probablemente el siglo XXI. Si resisten a las sirenas del aislacionismo, los americanos aprenderán de sus errores. Europa o bien se decidirá a ayudarles, o bien se abandonará a los cuidados del petro-zar Putin, dispuesto a ejercer de policía del Viejo Continente predicando el terrorismo antiterrorista, apoyado por la devastación de Chechenia. El desafío sin fronteras de los guerreros emancipados, esclavos de sus caprichos, deja poco margen a las dilaciones. Hay que escoger. O aceptamos la somalización general y buscamos refugio en una ilusoria fortaleza euroasiática. O resucitamos una alianza euroatlántica democrática, militar y crítica.

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Une semaine à peine, début juin 2006, suffit à rappeler nos rêveurs de paix éternelle à l’implacable permanence du chaos. Le petit Timor-Oriental, un million d’habitants, dirigé par un estimable Prix Nobel, inondé de la bienveillance onusienne, dérape dans le pillage et le sang : des militaires mutinés mettent le feu aux poudres d’un désordre politico-social latent. En Afghanistan, les talibans dispersés il y a quatre ans refont surface violemment. En Somalie, pick-up et 4 x 4 hérissés de mitrailleuses assurent le triomphe des plus fanatiques, les tribunaux islamistes, qui décident d’interdire illico la retransmission du Mondial de foot, ce jeu satanique. Et l’Irak pleure chaque jour ses brassées de civils égorgés, explosés, abattus par les nostalgiques sanguinaires de Saddam Hussein et les dévots de Ben Laden.

Le péché mental des militaires occidentaux fut longtemps de plonger dans les conflits du jour avec une guerre de retard. Cette aboulie atteint désormais les états-majors pacifistes qui s’étourdissent des pseudo-leçons du passé en reprochant à Washington de s’enliser dans un «nouveau Vietnam». Rien n’est plus naïf : Zarqaoui n’était pas Hô Chi Minh. L’Irak sort de trente années d’une épouvantable dictature totalitaire et pas de trois décennies de soulèvement anticolonial contre la France, contre le Japon, à nouveau contre la France, que les états-Unis relaient bon gré mal gré. Aucune donnée géopolitique ne permet de plaquer sur l’actuelle confusion irakienne les schémas de la dernière grande guerre chaude de l’époque, heureusement révolue, de la guerre froide.

La menace qui pèse sur la société irakienne n’est pas une «vietnamisation», mais la «somalisation». Souvenez-vous, patronnée par l’ONU, une troupe internationale débarque – Américains en tête – à Mogadiscio (opération «Restore Hope», 1993). Il faut assurer la survie d’une population affamée et massacrée par des clans rivaux. Ayant perdu 19 des leurs dans un piège effrayant, les GI rembarquent. La suite est connue, Clinton, échaudé, jura «Jamais plus !» et refuse un an plus tard d’intervenir au Rwanda (avril 1994), où il eût suffi de 5 000 Casques bleus pour interrompre le génocide qui emporta un million de Tutsis en trois mois (record d’Auschwitz battu dans le rapport entre vitesse et nombre de victimes) La suite de la suite n’est pas moins connue, la peste exterminatrice se répandit sur l’Afrique tropicale, on compte des millions de morts au Congo et alentour. Aujourd’hui, la Somalie est prise en main par les bandes armées des «Tribunaux islamiques» – alimentées par les fonds secrets que la CIA a investis en vain contre eux –, et un nouvel Afghanistan des talibans risque de s’installer dans la Corne de l’Afrique.

Observez que les maîtres d’oeuvre diffèrent. L’ONU est responsable au Timor. L’Otan (avec une forte participation européenne), en Afghanistan. Le Pentagone, en Irak. Pourtant, les situations se recoupent, car l’adversité à contrôler et réduire est fondamentalement la même. Le modèle réduit somalien essaime sur la planète. Prises en otages, effrayées, sacrifiées, les populations deviennent butins de guerre des caïds locaux sans foi ni loi. Prétextant des bannières volatiles – religion, ethnie, idéologie bâclée, raciste ou nationaliste, devoir de mémoire falsifié –, des commandos se disputent le pouvoir à la pointe des kalachnikovs. Ils se battent moins entre eux que contre les civils, qui comptent pour 95% des victimes, femmes et enfants d’abord. Le terrorisme, défini comme l’attaque délibérée des civils en tant que tels, n’est pas l’apanage des islamistes… Remarquez que le procédé a été et reste employé par une armée régulière (bénie par des popes orthodoxes) et des milices aux ordres du Kremlin en Tchétchénie, où l’on dénombre des dizaines de milliers d’enfants morts. Lorsque les tueurs se réclament du Coran, c’est encore les passants désarmés, musulmans, qui agonisent. La Somalie est le laboratoire in vivo de l’abomination des abominations : la guerre contre les civils.

Entre 1945 et 1989, date de la chute du mur de Berlin, la guerre entre les blocs fut froide, tant en Europe qu’en Amérique du Nord. Partout ailleurs fusèrent révolutions et contre-révolutions, coups d’état et massacres millionnaires. Jamais dans l’histoire les sociétés humaines ne furent autant secouées qu’en ce court demi-siècle où s’effondraient les injustes empires coloniaux, tandis que, trop souvent, les guerres de libération, soulèvements et insurrections, accouchaient de nouveaux despotismes plus ou moins totalitaires. Dans la tourmente, les traditions millénaires valsaient. Régimes, coutumes et liens séculaires furent systématiquement détruits. Au sortir d’un tel séisme historico-mondial, les deux tiers de nos semblables ont perdu leurs repères. Ils ne peuvent vivre comme avant. Et pas davantage (pas encore, dit l’optimiste) exister comme les citoyens tranquilles des états de droit occidentaux.

Aux quatre coins de notre univers se perpétuent des viviers de guerriers jeunes et moins jeunes, débraillés ou en uniforme, également avides de conquérir à tout prix logements, galons, femmes et richesses. Quitte à quadriller, à la mitrailleuse et au mortier, campagnes et mégabidonvilles en faisant exploser voitures piégées et bombes humaines, pour dominer sans partage. Quitte, pour les états ambitieux et sans scrupules à puiser dans ces viviers de tueurs afin d’accéder, en parrainant divers terrorismes, à la puissance par la nuisance. Au début de l’Allemagne de Weimar (1920), Ernst Von Salomon prophétisait : «la guerre de 1914-18 est finie, mais les guerriers sont toujours là», et les demi-soldes peuplèrent les sections d’assaut hitlériennes. A la chute de l’empire soviétique, le dissident Vladimir Boukovski avertit : «Le dragon est mort, mais les dragonnades se répandent.» Et les ex-armées rouges dévastèrent, l’une, sous Milosevic, l’ancienne Yougoslavie, l’autre, sous Eltsine et Poutine, le Caucase du Nord.

Eût-il mieux valu ne pas renverser Saddam Hussein en l’autorisant à compléter pendant une décennie supplémentaire son horrible palmarès de tortures, d’éclopés et de cadavres – un ou deux millions de victimes en un quart de siècle ? Les Irakiens, malgré les menaces de meurtre, se sont rendus par trois fois, de plus en plus massivement, aux urnes, et ne semblent pas regretter la chute du dictateur. Convient-il aujourd’hui que les GI et leurs alliés décampent illico, comme en Somalie ? Même les gouvernements les plus anti-américains, les plus obsédés comme la France, croisent les doigts pour qu’il n’en soit rien et que la coalition n’abandonne pas le terrain aux trancheurs de têtes.

Le combat pour éviter la «somalisation» de la planète commence tout juste et dominera probablement le XXIe siècle. S’ils résistent aux sirènes de l’isolationnisme, les Américains apprendront de leurs erreurs. L’Europe, ou bien se résoudra à les aider, ou bien s’abandonnera aux bons soins du pétro-tsar Poutine, prêt à gendarmer le Vieux Continent en prêchant le terrorisme antiterroriste, sa dévastation de la Tchétchénie à l’appui. Le défi sans frontières des guerriers émancipés, esclaves de leur bon plaisir, accorde peu de loisir à nos atermoiements. Il faut choisir. Soit on accepte la somalisation générale en cherchant refuge dans une illusoire forteresse euro-asiatique. Soit on ressuscite une alliance démocratique, militaire et critique euro-atlantique.