Langue de Bois

En lugar de pasar el tiempo intentando encontrar las siete diferencias entre pares de viñetas aparentemente idénticas, propongo al lector que me acompañe en la búsqueda de semejanzas entre líderes tan diferentes como puedan serlo Ada Colau, Pedro Sánchez o Cristina Cifuentes, pongamos por caso. El empeño es más fácil de lo que pueda temerse. Pues el lenguaje utilizado por unos y otros es, en algunos extremos, inequívoca y asombrosamente parecido. Un lenguaje que, a mi entender, encaja con precisión dentro de la conocida expresión francesa langue de bois.

En cualquiera de sus versiones, langue de bois, lengua de madera, double speak, es una locución que ha ido adquiriendo distintas acepciones a lo largo del tiempo. Originalmente (sucesos de Gdansk, años 80 del siglo pasado) se utilizó para designar el discurso de los regímenes totalitarios. Pero los dirigentes de estos sistemas políticos no tienen el monopolio de la deformación de los hechos, ya que en las sociedades democráticas se da parecido fenómeno. Y ello es fuente de creciente irritación entre nosotros. Pues, además de por los motivos sobradamente conocidos, nos indignamos también por el discurso hueco y correcto que emplean los líderes de no importa qué ideología, generación y geografía. Un discurso asfaltado de estereotipos y medias verdades que parece ideado para aletargar la imaginación del destinatario y, al mismo tiempo, proteger al orador de responsabilidades y compromisos.

langue-de-bois-2Que las causas de este espectáculo deban buscarse en la incultura de gobernantes y ciudadanos, en el progresivo empobrecimiento del lenguaje común o en la escasa atención que merecen laboratorios de ideas e intelectuales es, aquí, lo de menos. Mi propósito es denunciar la langue de bois utilizada por los líderes políticos cuando hablan, en particular, de corrupción, transparencia y regeneración, y enunciar una línea de actuación, entre las muchas que es preciso acometer, para atajar las consecuencias de este fenómeno.

La falta de transparencia indigna y provoca la protesta porque queremos saber cómo es posible que se haya llegado al extremo en que estamos. Y así han empezado a proliferar leyes y portales de transparencia que ofrecen datos de este tenor: Albert Rivera es propietario de una Yamaha Fazer y Artur Mas adquirió una vivienda en 1991 por valor de 230.874 euros. Esto atempera la protesta, y la carrera por demostrar quién llega más lejos parece no tener fin: «La transparencia forma parte de nuestra manera de ser», «somos el partido más transparente», «nuestro portal responde a criterios vanguardistas de transparencia». Y la bandera de las auditorías (del pasado, claro, no va a ser del futuro) es izada por todos ellos. Es comprensible que así suceda. Pero una cosa es contener la protesta, y otra, muy diferente, es gestionar.

Gestionar tiene que ver con el futuro, por lo que limitarse a mirar por el retrovisor es una torpeza. El futuro solo se ilumina cuando ponemos el foco sobre él y adquirimos el hábito de preguntarnos cosas así: ¿qué aspectos de nuestra institución queremos mejorar?; por poner un ejemplo: ¿el grado de formación académica de nuestros candidatos?, ¿cuánto?, ¿en qué plazo?, ¿cómo?, ¿dónde?, ¿quién se responsabiliza de que así suceda? A la transparencia del pasado deben añadírsele, de forma clara, los propósitos de mejora. O la transparencia incluye estos índices, además de sueldos, viajes, o agendas de trabajo (las estrellas de moda), o se queda en una voz de la langue de bois que, hoy por hoy, utilizan todos sin excepción, desde Pablo Iglesias a Mariano Rajoy. Porque quienes prometen un pasado/presente transparente, pero no publican sus planes de mejora continua mediante índices visibles y cotidianos, utilizan la transparencia como escudo protector de sus propósitos y anestesia para los ciudadanos. Decididamente es así: impedir la entrada del futuro en las medidas de transparencia es engañar a la ciudadanía.

La existencia de corrupción también indigna y provoca la protesta. Porque la corrupción es una práctica que atenta contra los derechos de los ciudadanos que cumplen con sus obligaciones: Gürtel, ERE, Palau, Nóos o IFES-UGT. Por eso, la ciudadanía aplaude cualquier avance, por pequeño que sea, en la aplicación de las leyes contra estos desmanes, y escucha con gusto declaraciones tan aguerridas como estas: «Contra la corrupción, tolerancia cero», «erradicaremos la corrupción», etcétera. Pero una cosa es investigar, encausar, procesar y, en su caso, condenar a los delincuentes, y otra muy diferente es acabar con la corrupción. Porque la corrupción no está únicamente vinculada al poder, ni es solo política, y por no ser –aceptémoslo de una vez–, la corrupción no es un problema: la corrupción es el síntoma de un problema de fondo, y este no es otro que las pésimas prácticas organizativas tan arraigadas entre nosotros. Por eso es urgente renovar la cultura organizativa de las instituciones, algo que va mucho más allá de las medidas «políticas, jurídicas, sociales y económicas» que suelen proponerse contra la corrupción entendida como problema.

Y en esto radica la dificultad. Porque para atajar de raíz la corrupción hay que introducirse allí donde se toman las decisiones que anteceden a los actos. Y desde ese mismo instante y lugar aplicar el abecé de los principios de administración. Sí, sin duda, corrupción es otra de las voces de la langue de bois que nuestros líderes, desde Alberto Garzón a Manuela Carmena, utilizan para impedir que la razón organizativa entre en sus estructuras, rancias o por nacer, sean de partido o de plataformas de confluencia, donde el delincuente en ciernes preparó, prepara y preparará su delito. Y es que hablar de la corrupción como problema es poner el foco en la fiebre y no en la infección, lo que, en consecuencia, lleva a recetar analgésicos en lugar de antibióticos, es decir, a capturar a los corruptos sin luchar en los despachos donde se forjan. Sin duda, presentar burocracia y administración como ideas opuestas al entendimiento y el diálogo políticos es munición de demagogos y populistas.

Al uso «asimétrico» de transparencia (pasado sí; futuro no) y de corrupción (problema y no síntoma) hemos de añadir el uso «por elevación» de regeneración. Aplicar la noción de regeneración a la democracia es una forma, acaso la más sutil, de evitar referirse a las responsabilidades de personas e instituciones. La democracia se construye todos los días, se perfecciona; es el camino, no la meta, como para Gandhi lo era la paz. La democracia, en tanto que construcción histórica, se define con tiras y aflojas y juegos de contrapesos, no se regenera. Son los viejos políticos que abandonaron las buenas prácticas quienes han de regenerarse, mientras esperamos que los nuevos sepan generarse. Pero «regeneración democrática» es una expresión que ha hecho fortuna y que, como otras frases-trampa de nuestro tiempo, nutre la langue de bois, el lenguaje que, con pasmosa desfachatez, emplean unos y otros, desde la izquierda a la derecha, a modo de irritante coletilla.

Puede que esta «neolengua» de nuestros días –transparencia, corrupción, regeneración democrática– serene a los indignados, pero no pone freno al desencanto de quienes aspiran a un futuro más equitativo. Porque a un horizonte así solo podremos acercarnos, sea cual fuere la opción ideológica de cada momento, si construimos puentes duraderos entre la razón organizativa y la acción política.

Felipe Gómez-Pallete Rivas, presidente de la Asociación por la Calidad y Cultura Democráticas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *