Lara, ¿el último burgués?

Sabemos muy bien que, en determinados ámbitos de la izquierda política e intelectual, el término burgués sigue teniendo un componente peyorativo. Alguien que vive bien, rico, explotador, con chistera y puro, y que se desentiende de las necesidades colectivas. Una visión tan anticuada, reaccionaria y retrógrada como muchas de las ideas que esa determinada izquierda sigue defendiendo y que, en su vigencia intelectual, quedaron sepultadas hace ya más de un cuarto de siglo bajo los escombros del Muro de Berlín. Y que sólo se mantienen patéticamente en países como Venezuela, Cuba o Corea del Norte, donde además las libertades civiles y políticas escasean o brillan por su ausencia

Nada que ver, pues, con un burgués en el sentido más pleno y noble de la palabra, como José Manuel Lara Bosch: un senyor de Barcelona.

Y, por ello, me cuesta poco reivindicar el papel histórico que, en las sociedades contemporáneas, ha jugado y sigue jugando la burguesía, entendida no desde el estereotipo, sino en su papel de clase social, en la interpretación marxista del término. Y para desconcierto de esa izquierda simple, se les puede invitar a releer al propio Antonio Gramsci, otra vez de moda en esos ámbitos. Porque Gramsci (y Marx y Lenin) eran conscientes -y admiraban, a pesar de ser enemigos de clase- del papel de la burguesía como clase social en sociedades complejas basadas en el libre mercado pero también en el ejercicio pleno de las libertades y de la democracia. Y de su papel clave de liderazgo no sólo económico, sino social, político y también cultural. Y, por lo tanto, comprometido claramente con la sociedad y con su progreso material y moral.

Lara el último burguésY, precisamente por ello, la burguesía era el enemigo a batir, adjetivando de burguesa la democracia representativa, y propugnando su sustitución por la dictadura del proletariado, como fase previa al advenimiento de una sociedad utópica de ciudadanos libres e iguales, tanto en lo político como en lo económico, y que, como hemos visto, jamás llegó. Lo que llegó fue la miseria moral, la ruina económica y medioambiental, y, desgraciadamente, el totalitarismo.

Por todo ello, es esencial para la libertad que la burguesía siga ejerciendo un papel hegemónico en el sentido gramsciano del término. Es decir, tomando la iniciativa en los debates públicos para orientar y marcar los límites al poder. No sólo político, sino también económico, cultural e ideológico. Algo siempre muy saludable para evitar tentaciones poco recomendables.

Ello no significa de ningún modo coartar la autonomía del poder político o condicionar el debate intelectual o limitar la libertad económica. Al contrario. Lo que significa es no renunciar a un papel social de liderazgo, más allá de sus intereses -absolutamente legítimos, por otra parte- concretos e inmediatos, pensando en lo que le conviene a la sociedad en su conjunto para garantizar su progreso y su estabilidad, que es la base de la confianza en el futuro.

Y conviene no olvidar que burgués viene de burgo -ciudad- y que las revoluciones burguesas -desde la de Estados Unidos a la inglesa y, por supuesto, la francesa- denominan a sus protagonistas como ciudadanos, es decir, burgueses, es decir, sujetos de la soberanía política. Y, por consiguiente, deciden hacer política, pero no desde la actividad política en sentido estricto, sino desde la influencia intelectual en el debate público, a través de la articulación de la sociedad civil, como contrapunto al poder político. Desde el sentido de la responsabilidad colectiva y, muchas veces, complicándose la vida. Desde la consciencia de que abdicar de esa responsabilidad significa dejar la iniciativa a dinámicas que, alejadas de la realidad, fuerzan la misma y provocan conflicto y división. Y la destrucción de la cohesión social y de la moral colectiva.

Lo estamos viendo de manera palmaria en Cataluña, con el proceso independentista. Muchas personas me preguntan a menudo, desde el desconcierto, que dónde está la burguesía catalana y por qué no se pronuncia. Y mi respuesta, anonadada y triste, es que ya no existe. Hay muchos empresarios, sin duda algunos, además, muy ricos, y muy acostumbrados a disfrutar de buenos fines de semana en la Cerdaña o en la Costa Brava, y que hablan de política en sus cenas y encuentros sociales, a menudo escandalizados por lo que están viendo. Pero que mantienen esa inquietud en el ámbito privado y que no se atreven a dar un paso más y comprometerse en público. La comodidad de la falta de compromiso colectivo. Son empresarios pero no son burgueses. Son simplemente ricos.

Y eso es especialmente chocante hoy en Cataluña, porque la Cataluña moderna es una creación de la burguesía que supo hacer, hace dos siglos, la Revolución industrial, construyó ciudades modernas y tan cosmopolitas como la Barcelona de Ildefons Cerdà y del modernismo, apoyó a arquitectos y literatos, a poetas y, también, a políticos proclives a la modernización del conjunto de España, en el sentido burgués del término. Y hay múltiples ejemplos en los dos siglos anteriores. Y que, además, se expresaron a través del apoyo decidido a lo que se ha denominado el catalanismo político. Es decir, un claro compromiso con la lengua y la cultura catalanas, compatible con una clara voluntad de modernización (burguesa) de una España todavía rural y atrasada y con su revolución industrial pendiente y que no se produjo definitivamente hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX.

Y ahora que ese catalanismo político ha desaparecido, engullido por dinámicas radicales, es imposible sustraerse a la pregunta: ¿ha desaparecido el catalanismo político o ha desaparecido la burguesía que le daba soporte? ¿dónde están los Ferrer Salat, los Samaranch, los Durán Farell o los Güell de Sentmenat? ¿o intelectuales orgánicos como Jaume Vicens Vives, Joán Sardà o Fabià Estapé, por mencionar sólo algunos?

Y ahí me surge una respuesta: hace un año perdimos a nuestro último burgués, en el sentido completo e histórico del término. Alguien comprometido con su entorno, socialmente valiente, sin la tentación de acomodarse al poder, capaz de hablar con todos, y de expresar con claridad sus opiniones, sin la tentación de ser políticamente correcto y de no complicarse la vida... Un ser auténtico.

Estamos hablando de José Manuel Lara Bosch, desaparecido ahora hace un año. Algunos le echamos mucho de menos en lo personal -de hecho, creo que fui de las últimas personas, al margen de la familia, en conversar con él, muy poco antes de su fallecimiento-. Pero también intuimos que la sociedad catalana y española le echa de menos por lo que representaba, más allá de su imponente humanidad: su coraje cívico, su compromiso con la sociedad, expresado desde instituciones como el Instituto de Empresa Familiar o, por supuesto, el Círculo de Economía, que presidió y que es un ejemplo paradigmático de la sociedad civil consciente de lo vital que es mantener su independencia del poder y no convertirse en mera correa de transmisión del mismo. Pero también impulsando proyectos culturales, más allá incluso de su propia actividad empresarial en el mundo editorial, y propiciando el mecenazgo.

En definitiva, impulsando la cohesión interna de la sociedad que vivió, mediante un futuro compartible y compartido.

Un burgués en el sentido más completo de la palabra. Ojalá tuviéramos más. Nos iría mucho mejor.

Josep Piqué es empresario y ex ministro de los Gobiernos de José María Aznar.

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