Las afinidades electivas

Una de las novelas más desconcertantes de Goethe se titula «Las afinidades electivas». En ella, y a diferencia del habitual territorio de libertad en que se desenvuelven sus relatos, una noción química, que conforma un destino prácticamente inexorable, determina el recorrido sentimental de los protagonistas. El impulso amoroso queda reducido a una inapelable alquimia, a la que es posible presentar obstáculos pero cuya resolución final solo puede posponerse. Los seres humanos se convierten en partículas a merced de una despiadada naturaleza, siempre mecánica, necesaria.

Si quisiéramos creer, como afirmó Shakespeare, que estamos hechos de la misma materia de nuestros sueños, se entenderá fácilmente que nadie desee otra «afinidad electiva» que la libremente escogida; pero, mucho menos, que sea otro el que se la atribuya.

Por eso han resultado tan sangrantes las acusaciones de «fascista» que hubo de soportar en el transcurso de la campaña electoral la candidata Inés Arrimadas, primera vencedora en Cataluña inequívocamente partidaria de un proyecto en común llamado España. Unas semanas antes la vicesecretaria general del PSOE había comparado a Albert Rivera con José Antonio Primo de Rivera. Fueron unas palabras tan injustas como anacrónicas, pues recordaron momentos aciagos de nuestra historia en que la demonización del adversario tomaba carta de naturaleza en la liza política. Y, aunque Adriana Lastra corrigió de inmediato lo que estimó como un lapsus, revelaron una patente ignorancia.

No es cuestión de resolver aquí, en unas apretadas líneas, la relación del fundador de Falange con el fascismo, que, siendo matizable, sin duda la hubo. Apuntemos apenas que quien admiraba a Mussolini e inició un movimiento político que incluyó, sí, una controvertida apelación a la «dialéctica de los puños y las pistolas», concluyó sus días confeccionando en su solitaria celda un Gobierno con presencia de socialistas. Trataba de evitar el drama fratricida en el que España ya se había aventurado («Ojalá fuera la mía la última sangre vertida en discordias civiles»).

Nos interesa más incidir en cuáles fueron las «afinidades electivas» de quienes se consideraron herederos políticos de Primo de Rivera. Siempre hubo un sector identificado con la interpretación más estrictamente fascista de su legado, el conocido «búnker» que sobrevivió hasta el final del franquismo. No obstante, también existieron grupos inclinados hacia una lectura avanzada de su pensamiento. Primero acudieron al joven abogado fusilado en Alicante con ánimo de adivinación y no de copia, esto es, tratando de desvelar qué posiciones hubiera adoptado en distintas circunstancias. Y, más tarde, trataron de discriminar entre las que podían considerarse sus «ideas-medios», un partido de corte fascista en especial, y sus «ideas-fines», fundamentalmente una nacionalización de la izquierda política para reconciliar a todos los españoles; la diferenciación, por cierto, la esbozó Dionisio Ridruejo, que de la División Azul pasaría a la oposición antifranquista. Estos joseantonianos fueron los que en la Universidad española de los años cincuenta llamaron a la Guerra Civil por su nombre, prescindiendo de denominaciones triunfalistas y de parte, como «cruzada « o «Guerra de Liberación», y tendieron la mano a sus compañeros de generación que formaban en la disidencia. Fueron los que impulsaron una especie de «transición anticipada» en espera de la que, veinte años después, ellos mismos protagonizarían abrogando la dictadura y conduciendo al país, «de la ley a la ley y a través de la ley», a la democracia. Fueron los españoles que, arrogándose la condición de «azules», reivindicaron las finalmente fallidas asociaciones políticas. Por entonces defendían la evolución democrática del franquismo (las hemerotecas no mienten) mientras espigaban hábilmente citas de José Antonio como aquella de que «la aspiración a una vida democrática, libre y apacible será siempre el punto de mira de la ciencia política, por encima de toda moda». Una referencia, por cierto, de enero de 1931.

Aquellos singulares herederos del prematuramente desaparecido jefe de Falange encabezaron la convergencia de los moderados que daría origen a nuestra Transición democrática. Un proceso ejemplar en el que, al decir de uno de los ponentes de la Ley para la Reforma Política, se haría posible «rebajar el concepto de enemigo irreconciliable al más civilizado y cristiano concepto de adversario político pacífico, que tiene una visión del futuro tan digna de consideración, por lo menos, como la nuestra y el irrenunciable derecho de proponerla a los demás y de trabajar por su consecución, sin que ello deba producir nuevos desgarramientos y nuevos traumas».

Cuarenta años después, en las afinidades electivas de unos y de otros aletea, de alguna manera, una nueva hora de España. Quizá porque la coherencia siempre acaba imponiéndose. «Ladran, amigo Sancho, luego cabalgamos».

Álvaro de Diego González, profesor de Historia Contemporánea Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA).

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