Las amenazas a Europa

Es posible que sea difícil recordar un período en el que Europa se haya visto rodeada de tantos desafíos. Y eso que el proceso de integración europea bate récords a la hora de superar obstáculos y ser especialista en avanzar a partir de las contradicciones. La integración concreta a base del pragmatismo del paso a paso –algo más ampulosamente también llamado el «método comunitario» o funcionalista– que elevaron a categoría de método Jean Monnet y Robert Schuman, y que se plasmó en la célebre Declaración en el Salón de los Relojes en el Quai d´Orsay el 9 de mayo de 1950, parece confirmar la frase de que en política dos pasos adelante llevan también aparejado uno hacia atrás.

Las amenazas a EuropaLa tragedia griega que se desarrolla delante de nuestros ojos es sin duda un drama muy europeo. Que el 36% de los ciudadanos griegos voten «no» en un referéndum sobre una pregunta con 72 palabras, en relación con una propuesta ya inexistente, y el resultado negativo sea interpretado a la vez como un sí a Europa, pero como un no a las «instituciones» (la antigua troika) y al resto de los socios europeos; o que el batallador ministro Varufakis dimita en el mismo día de haber triunfado su opción radical para que al día siguiente, con máxima expectación, su primer ministro Tsipras desvele que la muy esperada propuesta griega es un papel en blanco, no dejan de ser escenas de un nuevo gabinete de curiosidades muy al gusto de nuestros antepasados ilustrados, o de aquella famosa tentativa del barón de Münchhausen consistente en elevarse por los aires tirándose con fuerza de los pelos.

Los acuerdos –cuando se alcanzan– entre las «instituciones» y el Gobierno griego están siendo el resultado de unas dificilísimas negociaciones. A medio y largo plazo, esos acuerdos pasan por nuevas inyecciones de dinero de los socios europeos en aras de la «solidaridad» (es decir, nuevos rescates, teniendo en cuenta que las necesidades inmediatas de financiación de Grecia son de 55.000 millones de euros), y muy posiblemente –aunque las opiniones aquí sigan divididas– a la larga una reducción en los plazos de amortización de la deuda con periodos más amplios de carencia, sin excluir la condonación parcial, y medidas como el famoso paquete de inversiones ofrecido in extremis por Jean-Claude Juncker, u otras, dirigidas a reavivar la mortecina economía griega. Todo ello siempre y cuando Tsipras acepte muy estrictas condiciones de limitación del gasto público, incremento de la recaudación impositiva (lo que implica ante todo un sistema más eficaz, equitativo y sin permisividad ante el fraude), aumento de la edad de jubilación, reforma de las pensiones, modernización del catastro y otras medidas de carácter estructural.

El objetivo es obviamente impedir el temido «Grexit» y la apertura de la caja de Pandora que ello supondría, pues en definitiva se habría roto el tabú de la irreversibilidad del euro incluyendo todos sus miembros. Algo que, sin embargo, forma parte de los escenarios posibles con los que trabajan las propias «instituciones», los organismos internacionales y financieros, y no pocos países. La no sostenibilidad de la deuda griega y la imposibilidad actual de que la economía helena pueda generar el crecimiento suficiente para hacer frente de forma consistente a sus obligaciones de pago hacen que la inestabilidad griega quizá pueda ser contenida, pero no eliminada.

El caso de Grecia, unido a las experiencias acumuladas durante estos años de gestión en Europa de la mayor crisis económica desde los años veinte, plantea la necesidad de revisar el diseño inicial de la Unión Monetaria y completarla con una Unión Económica. De este modo se atacaría, por un lado, y a través de un control común de los presupuestos nacionales, el origen de posibles divergencias desequilibradoras en el conjunto de la zona euro, y, por el otro, se crearían mecanismos de garantía mutua y un Tesoro común europeo.

Pero, sin duda, los desafíos a Europa son en este momento también de carácter geoestratégico, de seguridad –incluyendo el problema humano de la inmigración–, y provienen asimismo del interior, de la amenaza de los populismos y la perversa alianza entre extremismos de izquierda y de derecha que parece perfilarse, día tras día, en el continente, y en su común y radical rechazo al modelo económico y social que ha asegurado la prosperidad de los ciudadanos europeos durante sesenta años, incluyendo el proceso de integración europea. La imagen de Tsipras vitoreado por eurodiputados de ambos extremos de la Cámara muestra gráficamente la inquietante realidad de esa coalición de intereses que fue la misma –conviene no olvidarlo- que desmanteló a las democracias europeas en los años veinte y treinta del siglo pasado, hace poco menos de cien años.

Rusia amenaza a Europa desde el este, y también desde el interior, apoyando financieramente a grupos y partidos políticos antisistema, mientras la incapacidad de las autoridades europeas –y las resistencias de los Gobiernos nacionales– para abordar de manera más eficaz y conjunta el drama de la inmigración desde el sur alimenta la xenofobia y el miedo a la pérdida de identidad. En su interior, las sociedades europeas se muestran débiles a la hora de afirmarse –desde el respeto al otro– en sus valores, sus principios y su identidad, diluyéndose en muchas ocasiones en un confuso multiculturalismo que produce más problemas que los que resuelve. Es ese moroso caldo de cultivo el que utiliza el yihadismo para llevar a cabo una lucha sangrienta y atroz, contra la que Europa debe reaccionar con extrema diligencia, reforzando su seguridad y su defensa y actuando cuanto antes sobre el terreno, además de utilizar eficazmente todos los demás mecanismos de la lucha antiterrorista contra ese cáncer que vive oculto en nuestras ciudades y cada día crece.

Otra serie de muy graves disfunciones, como el nacionalismo rampante, el desequilibrio demográfico, el desempleo –en particular el juvenil– y el aumento de la desigualdad y la pobreza amenazan también a una Europa que debe reaccionar a través de sus instituciones comunes y de los gobiernos nacionales, en colaboración estrecha con sus aliados, empezando por Estados Unidos, que no ha dejado de expresar su creciente preocupación por el cúmulo de nubes oscuras que se han ido cerniendo sobre el cielo de las doce estrellas. Más allá de la crisis griega, y sin que ella deba captar el conjunto de nuestras energías, es la hora en la que los líderes y la sociedad civil europea tienen que reaccionar con aquella fortaleza ante horas difíciles que convirtió en un héroe de nuestro tiempo a alguien como Winston Churchill, del que en este año celebramos precisamente el cincuentenario de su fallecimiento.

José María Beneyto, catedrático de Derecho y diputado del PP.

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