Las banderas de sus padres

Era jueves por la noche, me paseaba por las calles de Hamburgo, y aquella noche volvía a haber partido de la Eurocopa. Alemania jugaba contra Polonia. Hacía el típico clima del mes de junio en el norte del país: las ojeadas de sol se alternaban con las nubes oscuras, rápidas, y de vez en cuando un chaparrón breve limpiaba las calles. Aunque se preveía una tormenta para las nueve de la noche, a la hora del partido todas las terrazas de los bares y restaurantes de Hamburgo ya estaban preparadas con las pantallas gigantes de televisión. Era el barrio de Schanz, uno de los más alternativos de la ciudad, y aun así podía seguir las jugadas mientras caminaba, de una terraza a otra, de un café hasta el siguiente.

Estoy seguro de que esta situación se reproducía en todos los rincones de Alemania, porque lo cierto es que no hay ningún país que viva con tanto entusiasmo colectivo la celebración de una Eurocopa o un Mundial de fútbol. No es solo la devoción por la selección de Alemania, sino que el campeonato se convierte en un hecho social que se comenta en las conversaciones. De pronto las tiendas y centros comerciales llenan los escaparates con banderas de los países participantes. Los trabajadores de los mercados llevan la camiseta de la selección de su país. En las paradas de metro y tren de la ciudad, los paneles informativos dan la hora de llegada de los trenes y aprovechan el espacio libre para informar sobre el partido en curso. «Ucrania – Irlanda del Norte 0-0. Primera parte», decía una pantalla de la S-Bahn. Los coches hacen ondear una bandera pequeña en el capó, como si fuera de un cuerpo diplomático; en Hamburgo vi coches con banderas de Alemania, claro, pero también de Portugal, Turquía, Croacia y Polonia.

Los que habitualmente no siguen mucho el fútbol, durante unos días se convierten en especialistas y vibran con partidos que no les afectan directamente y forman parte de una expresión colectiva de entusiasmo. No es la saña de los aficionados rusos o croatas, tampoco es la pasión ciega de españoles, italianos o turcos, es más bien una fiesta de la diversidad geográfica, casi un reconocimiento de la pluralidad europea, que en algunos aspectos no está tan lejos de la alegría un poco adocenada del festival de Eurovisión.

Aunque es una gran oportunidad para reconocer la pluralidad de la población -Alemania es un país que acoge desde hace décadas grandes cifras de inmigración vecina y europea-, es inevitable ver en los aficionados alemanes una gran confianza en su equipo. Por supuesto, este tipo de interés colectivo desplaza grandes dosis de nacionalismo, que es una palabra que en Alemania no tiene ninguna buena prensa. Más bien hay que hablar de patriotismo.

De hecho, este periodo de entusiasmo patriótico es bastante reciente. Durante décadas, después de la segunda guerra mundial, la exaltación de símbolos alemanes como la bandera estaba bajo sospecha y los mismos ciudadanos se refrenaban a la hora de blandirla. La sombra del nazismo lo teñía todo y levantaba suspicacias incluso donde no era necesario. La inyección de confianza llegó con la organización del Mundial del 2006, que es tal vez el primer gran escaparate de que dispone la Alemania reunificada desde 1990. Y no debe ser tampoco ningún azar que unos meses antes, en noviembre del 2005, Angela Merkel fuera elegida cancillera de la República Federal.

Viví una parte de aquel Mundial en Múnich y era evidente que el orgullo de haberlo organizado se acompañaba de un fervor nuevo, liberado, y que por primera vez se enseñaba al mundo sin complejos. La imaginería que hasta entonces había sido tabú, de repente se le dio la vuelta. Era «el verano en que nos convertimos una nación», según la definición que hizo el periodista Peter Kümmel en ‘Die Zeit’, meses después, comentando un documental de gran éxito sobre el Mundial: ‘Alemania. Un cuento de verano’, de la directora Sönke Wortmann.

Cuando se acabó aquel Mundial -que ganó Italia, por cierto-, la pasión ordenada volvió pacíficamente al quehacer cotidiano, pero sin duda se puede ver una continuidad entre aquella Alemania moderna, confiada, y la política que a partir de entonces, con la llegada de la crisis, su Gobierno fue imponiendo al resto de Europa. Ahora, diez años después, la República Federal ha consolidado un nuevo nacionalismo de raíz europea, igualmente orgulloso, que invita a los otros países a comportarse con igual soltura, como si la austeridad impuesta no hubiera existido.

Angela Merkel sigue mandando, incluso más que hace una década, pero de repente, para los que lo miramos desde fuera, este entusiasmo parece menos genuino. Quizá el error es pensar que en estos diez años en Europa no ha cambiado nada, ni dentro ni fuera de los campos del fútbol.

Jordi Puntí, escritor.

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