Las cenizas de Angela

En la autobiografía de su infancia que le mereció el Premio Pulitzer y su consagración mundial como escritor, el irlandés Frank McCourt recuerda una y otra vez a su madre Angela Sheehan con un pitillo sin filtro de la marca Woodbine «que sujeta entre el pulgar marrón y el dedo medio, quemado». Las cenizas de Angela son simultáneamente la huella que una mujer fuerte va dejando en la memoria de un niño, las brasas de la chimenea de una familia pobre de solemnidad y los minúsculos copos de nieve gris que van cayendo hasta de la última brizna de ese cigarrillo cual balizas de un itinerario de ilusiones frustradas: por aquí pasó la sufrida esposa de Malach McCourt el borrachín irresponsable que «se bebía hasta el subsidio de paro».

Es una lástima que Angela Merkel abandonara el tabaco poco después de que en 1990 Helmut Köhl la nombrara ministra de Juventud y Familia. No porque no fuera lo pertinente a efectos de dar ejemplo, aun cuando todavía no existía plena conciencia de la malignidad del tabaco, sino porque nada hubiera subrayado mejor el sentido de su fugaz visita del jueves a Madrid como el resto de un cigarro de cualquier marca o tamaño con la huella del carmín de sus labios, impregnado por el ADN de su saliva y aplastado sobre uno de los ceniceros de La Moncloa.

Yo había oído campanas de que la canciller alemana había sido una fumadora empedernida y su biógrafo Gerd Langguth se lo confirmó sobre la marcha a nuestra corresponsal en Berlín, Rosalía Sánchez: no bajaba del paquete diario pero -con la misma fuerza de voluntad con que sostiene los pilares del euro- cortó con ese hábito de un día para otro. Ella misma lo explicó en una entrevista publicada en 2006 en el Bild am Sonntag: «Entonces me resfriaba con frecuencia. Después de un año en el cargo dejé de fumar. No tuve ninguna dificultad para hacerlo, aunque volví a fumar un par de veces un cigarrillo».

Pero no ha sido sólo la afición compartida al tabaco ni por supuesto su condición homónima, ni siquiera su común entereza de carácter, lo que me ha hecho acordarme de la madre de Frank McCourt la semana del a la vez efímero e indeleble paso por España de la señora Merkel. Las cenizas de Angela es ante todo el testimonio de la miseria angustiosa de la Europa en la que transcurrió la infancia de nuestros padres o, depende de las generaciones, la juventud de nuestros abuelos. El escenario concreto es Limerick, en el suroeste de Irlanda, pero la hambruna, las epidemias de parásitos, los cuartos de baño compartidos, las viviendas sin calefacción ni aislamiento térmico, la falta de leña o carbón, la ropa remendada, los zapatos con las suelas agujereadas, la humedad, el hedor, la impotencia, la resignación, el hastío encajan a la perfección con cuanto nos han contado de la España de la posguerra, la Francia de la posguerra o no digamos la Alemania de la posguerra.

Dos generaciones después, y a pesar de la crisis, esta parte del Viejo Continente y sus islas adyacentes constituye un entorno confortable en el que la civilización amortigua a todas horas las fragilidades de la condición humana. Pero la etapa de las privaciones extremas y la lucha por la supervivencia en medio de la congoja cotidiana forma parte de nuestro legado colectivo y está en las mismas raíces del proceso de construcción europea. La primero denominada Comunidad Económica Europea nació, precisamente, para que esas escenas en las que grupos de niños desarrapados vagaban por las calles buscándose la vida cual si hubiéramos regresado a los tiempos de Dickens y un huevo duro podía ser el más soñado objeto de deseo, nunca más volvieran a repetirse. Y si alguien lo ha tenido claro durante siete décadas han sido los pragmáticos gobernantes alemanes, guardianes primero de la fortaleza del marco y ahora de la estabilidad del euro.

Como Angela Sheehan en las memorias de su hijo, Angela Merkel personifica a la madre abnegada, con valores morales y sentido de la rectitud, que hace lo que puede por mantener a la familia a flote, corrigiendo los malos hábitos de los miembros que desdeñan el trabajo, se acostumbran a depender del subsidio o la limosna y se gastan enseguida lo que no tienen. Para ella defender la moneda común implica reformar las costumbres políticas de sus vecinos del sur que, con la adición de Irlanda, han terminado haciendo honor a su fama de derrochones manirrotos. E implica también predicar con el ejemplo, mostrando una senda de recuperación y crecimiento basada en sustituir la demagogia por la eficiencia y los derechos adquiridos por los deberes pendientes de realizar.

En su rueda de prensa conjunta Zapatero le agradeció el «respaldo en un año muy difícil», aludiendo al titánico empeño de la canciller por convencer a los contribuyentes alemanes de la conveniencia de garantizar el déficit y la deuda contraídos por los españoles. En definitiva ese es el sentido del comúnmente llamado Fondo de Rescate Europeo, un mecanismo disuasorio de la especulación que cuanto más grande sea, menos riesgos habrá de tener que usarlo.

Pero aunque los dos podios en la desangelada sala de prensa de La Moncloa fueran idénticos y se escenificara una relación entre iguales, ese respaldo está implicando una férrea subordinación de Madrid a Berlín. Es el mito de Pigmalión pasado por el cine, pero a la inversa, porque el papel del profesor Higgins lo interpreta esta alemana cabal y poco propensa a las gentilezas y el de la tan simpática como inculta Liza Doolittle, nuestro sumiso presidente. No son clases de fonética sino de contabilidad. Al fin le están dando a Zapatero esas lecciones que, según Jordi Sevilla, podía recibir en un par de tardes.

Comprendo lo desagradable que debe ser admitir los yerros del pasado cuando han sido tan clamorosos y por eso Angela Merkel puso cara de póquer cuando Zapatero proclamó que su gobierno había sido un «buen cumplidor del Pacto de Estabilidad». O sea, que al llegar en 2009 a un déficit público de más del 11% sólo se había desviado de sus compromisos algo así como un 400%. Pero ella no venía a restregarle el pasado por la cara, sino a comprobar si el alumno progresaba adecuadamente y había hecho los deberes impuestos para la próxima evaluación y desde ese punto de vista hizo como que se quedaba encantada.

Eran unos deberes convenientes para España pero sobre todo fáciles de presentar en Alemania. Si en mayo se trataba de congelar las pensiones y bajar el sueldo a los funcionarios, ahora en enero había que «ponerle un 67» a la edad de jubilación. Y Zapatero lo ha hecho. Trampeando con los sindicatos, pero lo ha hecho. A costa de hundir aún más su popularidad, pero lo ha hecho. Igual que la privatización de las cajas de ahorros para convertirlas en bancos que por una vez ha hermanado en el elogio a Botín y Francisco González.

¿Qué debe sentir un líder de izquierdas al ser piropeado por los jefes de la derecha europea y los grandes banqueros? Zapatero parecía el jueves en la gloria, sobre todo al constatar la relajación de los mercados y la colocación sin problemas de la deuda. Esa misma tarde envió a Jano Patulsio su telegráfico parte de operaciones: «Prima de riesgo 100 puntos menos que hace un mes; nuestra credibilidad es creciente; el pacto, decisivo; el empleo, a partir de abril».

Este último es el asunto clave, sobre todo después de que la EPA primero y el Paro Registrado el mismo día de la firma -pues menos mal que Rubalcaba y Jáuregui eran estrategas de la comunicación…- estropeara la foto del minipacto de La Moncloa, desplazada además de las portadas por los acontecimientos de Egipto. Claro que el empleo mejorará en abril, como ocurre todos los años gracias a la contratación estacional de la Semana Santa. La cuestión estriba en si será un alivio efímero o tendrá continuidad más allá del verano. De eso dependerá que se cree o no empleo neto en este cuarto año de la crisis.

Incluso en el supuesto más favorable las predicciones gubernamentales son tan raquíticas e irrelevantes -¿qué son 50.000 o 100.000 empleos ante la montaña de ya cerca de cinco millones de parados?- que, aunque sus deseos no fueran órdenes, habría que tomarse muy en serio el mensaje de la última bocanada de humo que la señora Merkel nos acaba de echar a la cara. Parece una cuestión de elemental sentido común que si la evolución de los salarios queda vinculada a los resultados de cada compañía y no a los pactos sectoriales basados en el automatismo de la inflación, las empresas tendrán más posibilidades de recuperarse y volver a contratar.

Es obvio que en el corto plazo eso redundaría en la pérdida de poder adquisitivo, pero es algo que va a suceder en todo caso, pues tenemos el IPC en el 3% y ni siquiera Méndez y Toxo van a atreverse a pedir aumentos salariales de ese rango en las actuales circunstancias. A falta de moneda que devaluar se devaluarán nuestros ingresos. De ahí que el efecto beneficioso de una vinculación de los sueldos a la productividad debería ir acompañado de políticas fiscales de estímulo de la demanda, como las que esta semana ha planteado acertadamente Rajoy en su serie de entrevistas de EL MUNDO y Veo7.

En cualquier caso, de todas las reformas estructurales abordadas en los últimos meses la de la negociación colectiva es con diferencia la que tendrá mayor y más rápida incidencia en nuestra economía real. Que Merkel y Sarkozy hayan convertido la ruptura de la inercia que durante decenios ha vinculado en España los salarios al IPC en uno de los pilares del nuevo Pacto de Competitividad que pretenden materializar en poco más de un mes es, al día de la fecha, uno de los argumentos más sólidos para alegar que quizás estemos acercándonos al principio del fin de la crisis. Siempre y cuando pasemos por el aro, claro, y hasta el pintoresco Arturo Fernández se entere de que la productividad también es un «tema español».

No podemos seguir así. El desempleo es el preámbulo de todos los desastres y el heraldo de las más negras tragedias. «Tengo siete años, ocho, nueve para cumplir 10 y papá sigue sin tener trabajo», escribe Frank McCourt. En el capítulo 5 de su libro echa las cuentas de la familia: «El paro son 19 peniques y seis chelines por semana, el alquiler son seis chelines y seis peniques y después de pagarlo nos quedan 13 chelines para dar de comer y de vestir a cinco personas y para calentarnos en el invierno». ¿En cuántos de ese millón y medio de hogares españoles en los que no hay nadie empleado se hacen ya cuentas parecidas?

Las situaciones insostenibles siempre estallan de forma dramática. En el capítulo 9, el niño cuenta cómo su padre y otros adultos que él conoce se van a Inglaterra a trabajar a las fábricas de armamento: «Dan gracias a Dios de que exista Hitler, porque si no hubiera invadido toda Europa, los hombres de Irlanda seguirían en sus casas rascándose el culo en las colas de la oficina de empleo».

En el capítulo 12 los McCourt ya no tienen ni para encender el fuego. Como nadie les fía convierten en leña la madera de la casa. Empiezan por los marcos de las puertas y terminan astillando una de las vigas maestras. Se avecina un desastre tan inexorable como el de quien paga 500 puntos básicos por emitir deuda. Con la vivienda medio derruida el casero les expulsa a la intemperie. Sólo les queda acogerse al «rescate» de un pariente despótico que, a cambio de darles cobijo, impone a toda la familia condiciones degradantes.

El año que viene por estas fechas Zapatero estará haciendo las maletas si es que aún sigue en La Moncloa pues las autonómicas van a ser un plebiscito a favor de la disolución anticipada del Parlamento. Al margen de que sea capaz o no de salir del estado de nirvana en el que le tienen sumido sus ministros para resolver decentemente su sucesión en el PSOE, es ahora cuando ha entrado en el tramo decisivo durante el que debe demostrar la sinceridad de su disposición a sacrificarse por el interés general. Si Juan Rosell tiene, como parece, las ideas más claras que alguno de sus vicepresidentes, el acuerdo sobre negociación colectiva y salarios será imposible con los sindicatos y Zapatero tendrá que asumir su responsabilidad. De él no quedarán más que las cenizas de Angela, pero a España le empezará a ir un poco mejor.

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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