Las cenizas del Che

Por Gregorio Morán (13/10/07):

Por más vueltas que le doy, no sé muy bien por dónde empezar. Si por un adolescente que apenas acababa de cumplir veinte años – que era yo- metido hasta las cachas en una pelea imposible, evocando el día que recibió la noticia inexorable de que el Che había muerto. Entonces, y por razones muy obvias, carecíamos de ese sentido del humor que nos vino luego, para añadir que además de Ernesto Guevara, había muerto Marx, y Engels, y Lenin, y Rosa y Gramsci, y que los demás, los supervivientes del viejo esquema, se encontraban en vísperas de un final inquietante. Entonces, humor, lo que se dice humor, no había mucho. Los chistes vinieron luego. Me acuerdo que algunos compañeros de pelea, mucho más a la izquierda que nosotros, arreciaron las visitas de fin de semana a Guadarrama, a la vera de aquel Madrid del bigote breve y el aroma a brillantina, en la idea de ir preparando el terreno para crear un foco guerrillero en la sierra madrileña.

También podría empezar por la construcción del mito y la leyenda, y las consecuencias del icono instalado en la conciencia universal de una izquierda incapaz de afrontar la pregunta del millón: la vía que abrió el Che con su ejemplo, ¿fue fecunda en vida y revoluciones o un matadero donde se enterró lo mejor, lo más capaz, lo más valiente, lo más prometedor de la izquierda latinoamericana? La suma de teólogos cristianos con revolucionarios, que tantos frutos generó en toda América Latina, dejó también un poso de beatería radical. Fíjense que yo puedo decir lo que quiera sobre Rosa Luxemburgo, una de las figuras más notables y coherentes de la izquierda revolucionaria europea, pero la tradición de Rosa Luxemburgo es laica, ilustrada y razonadora, no hay santos y apenas peanas, pero cuando se subió a Ernesto Guevara a la categoría de santo, incluso “a la vera del Dios Padre que estás en los cielos”, como rezan los campesinos que peregrinan a la collada de La Hermida donde cayó el mártir, desde ese momento, y tras ser asumido como gran icono protector del Estado cubano, ya no hay nada que hacer. Fuera quedan los razonamientos, los análisis, los balances… ¡Al Che no se le toca! Rosa Luxemburgo fue asesinada de manera más ominosa si cabe que al propio Guevara, pero son dos mundos, dos maneras de enfocar la vida, la revolución y el futuro.

Otro modo de empezar sería seguirle la trayectoria al personaje, desde que era sólo Ernesto Guevara, un argentino de clase media asentada, que recorre la espina dorsal de la América hispana y tras ver mucho padecimiento decide que es más necesario un revolucionario que un galeno. Y no le faltaban razones. ¿Qué hacía un argentino en la revolución cubana? Aún está por estudiar el periodo que va de su entrada en La Habana, el día 4 de enero de 1959, y los sucesivos cargos que desempeñó como pudo, y la decisión de marchar al Congo (1965) en una misión que da vergüenza hasta contarla, porque se trataba de apoyar a Kabila, uno de los asesinos más notables de un continente donde el hombre blanco enseñó, entre otras cosas, cómo se ejemplifican las matanzas. De ministro de Industria a guerrillero embadurnado de negro en el África profunda. Como los santos no necesitan explicarse y sólo se manifiestan a los simples mortales con milagros, no es fácil detenerse ahí. Su relato escueto de los siete meses de experiencia africana lo recuerdo como una pesadilla, porque al leer esas páginas no tenía otra consecuencia que un interrogante, ¿qué carajo había ido a hacer el Che al Congo? No pregunto por los cubanos en África; una operación política de alta estrategia que lamentablemente no pudieron continuar por falta de entidad de Estado. Permítanme la obviedad de decirlo, Cuba no es China, o para ser más exacto, China es todo lo contrario de Cuba. Hasta en los condones, como nos ilustró en tan memorable como vergonzosa ocasión el Líder Supremo desde la plaza de José Martí y a todo el mundo. ¿No se acuerdan ustedes de aquella reflexión fidelista sobre cómo los cubanos tenían un miembro que no cabía en los condones chinos? Pues yo sí, y lo escuché y aún no salgo de mi asombro de que ese sátrapa siga siendo un icono de la izquierda llamada a ser subvencionada; un tipo así no es de fiar. Ya verán, ya verán, cuando muera Fidel, lo que imagino ocurrirá algún día, y empiece a salir la mierdaa borbotones y los acendrados defensores de la revolución empezarán a decir “yo no sabía”. O lo que es peor, harán una pausa en sus cátedras los dialécticos y nos explicarán qué cabía entre la contradicción principal y la secundaria, o las diferencias entre las formas y los contenidos en la lucha contra el neoliberalismo. O abocarse a los comparativos, los desesperados comparativos de los filisteos ilustrados. “¿Acaso el imperialismo…?”Amí la manera más aguda y cruel y necesaria de empezar esta reflexión a contracorriente sobre el Che consiste en tratar de acercarme al tuétano de su historia, su gloria y su leyenda, que al tiempo son su absoluto fracaso político. El foco guerrillero en Bolivia y su simbología. La experiencia guerrillera del Che en Bolivia es un manual de incompetencia, no sólo porque entonces era el país en peores condiciones para intentar una revolución en el campo, sino porque destrozará la vida política de la izquierda boliviana. ¿Por qué Bolivia? Al final, los analistas admiten como razón de peso la obsesión de Ernesto Guevara por acercarse a Argentina. ¡Un foco en Salta!, que por cierto luego se hará con resultado inenarrable.

Como Paraguay no podía ser, se dejó caer en Bolivia. Ese año de 1967 del Che en las selvas bolivianas es estremecedor. Recién ha aparecido en España el libro de Siles del Valle Los últimos días del Che (editorial Debate), que recomiendo sólo para espíritus fuertes y poco dados a rezos y beaterías. Un cuadro implacable que destroza la leyenda para hacerla humana y grandiosa en su miseria. La perplejidad de los campesinos bolivianos ante aquellos marcianos que apestaban. Me emociona aún leer dos entradas del diario de Ernesto Guevara, la del 16 de mayo, junto a Laguna Pirirenda. “Al comenzar la caminata se me inició un cólico fortísimo con vómitos y diarreas. Perdí la noción de todo mientras me llevaban en hamaca; cuando desperté estaba aliviado pero cagado como un niño de pecho. Me prestaron un pantalón, pero sin agua hiedo a mierda a una legua”. Situación que debe ligarse a la otra entrada del 10 de septiembre, ya en Río Grande, a menos de un mes de su final trágico, “Se me olvidaba recalcar un hecho. Hoy, después de algo más de seis meses, me bañé”.

El valor, la coherencia y la dignidad de un derrotado no puede impedirnos orillar el mito y trascender a la política. La vía del foco guerrillero, de la lucha armada, fue un espejismo político que en vez de adelantar los procesos revolucionarios los retrasó y creó unas expectativas similares a lo que fue el leninismo en Europa occidental. Pero con una diferencia notable. La revolución rusa de octubre del 1917, de la que ahora se cumplen 90 años, fue para Rusia una catástrofe sin paliativos, pero se tradujo para la clase obrera occidental en una ayuda inestimable. El miedo a una revolución comunista en Occidente representó un acicate que permitió a la clase obrera occidental dar un salto de gigante. Por el contrario, la exportación del modelo cubano a América Latina produjo una sangría y abocó a la lucha armada como único modelo. ¡No había otra vía!, aseguran algunos. Siempre hay otra vía, y cuando uno declara una guerra no puede luego echarle la culpa al enemigo. Uno pelea para vencer, no para servir de icono a futuras generaciones. La utopía es religión, la política y el poder son realidades. “Bajarán los del monte y nos liberarán a todos”.

Esa fue la paradoja del Che. Sus cenizas sembraron la rebelión y la dignidad pero también la muerte. Cuando oigo gritar “Socialismo o muerte”, sé que están escogiendo muerte, o la antesala de la muerte que es la represión implacable. Imagino a Marx, a Lenin, a Rosa Luxemburgo, a Gramsci, a ese puñado de gente que no le tembló el pulso ante el dilema de hacer política, o lo que es lo mismo hacer una revolución o morir en el empeño, imagino, digo, a ellos escuchando a ese payaso venezolano gritando “Socialismo o muerte”, y preguntándose cómo es posible que una tarea tan digna como ser revolucionario se haya convertido en un oficio circense. Las cenizas del Che abonaron la muerte. Lo demás es espectáculo.