Las concesiones a los violentos no traerán paz

Por Henry Kamen, historiador. Acaba de publicar Del Imperio a la Decadencia. Los Mitos que forjaron la España Moderna (EL MUNDO, 16/01/07):

Los Reyes Magos no dejaron en su última visita ningún regalo para el Gobierno español. El fracaso de su acercamiento a los terroristas de ETA puede ser también el preludio al fracaso de su acercamiento al mundo islámico. Los acontecimientos de los últimos meses confirman que no hay forma de mantener un diálogo con la intolerancia -ya se trate de ETA o de los islamistas fundamentalistas-. El islam, aún más que el cristianismo, ha sido a lo largo de los siglos una religión de tolerancia y, en consecuencia, muchos países occidentales con minorías islámicas, como Inglaterra y Holanda, han disfrutado por lo general de una excelente convivencia interreligiosa. Sin embargo, esta política de coexistencia se ve ahora amenazada no sólo por los violentos, sino aún más por los gobiernos e individuos que piensan que haciendo concesiones a los violentos se conseguirá la paz.

En un juicio sin precedentes, el jurado en un tribunal británico decidió hace escasos días que la intolerancia social y la incitación al asesinato son actos criminales. El acusado era un joven musulmán de 27 años, Muran Javed, uno de los líderes de una pequeña manifestación que en febrero del año pasado tuvo lugar frente a la Embajada danesa en el Reino Unido, para protestar en contra de la famosa publicación en un periódico de las caricaturas que representaban a Mahoma.

Javed incitaba a los musulmanes a bombardear Dinamarca y Estados Unidos. Sus partidarios esgrimían consignas diciendo: «Decapitad a los que insultan el islam». En un país donde docenas de personas (incluyendo musulmanes) perecieron como consecuencia de las bombas islamistas, es fácil entender el veredicto del jurado. Cuando las palabras violentas coinciden con actos violentos, las primeras deben tomarse con seriedad. El caso de Javed es característico de una tendencia que ETA ha practicado durante largo tiempo y que también han desarrollado los islamistas fundamentalistas: emplear la intolerancia y la coacción como una forma de conducta social.

Un caso notorio reciente de esta violencia es el caso Redeker. Aparte de mencionar brevemente los hechos en septiembre del año pasado, la prensa española ha pasado casi por alto lo que ocurrió, pero creo conveniente que no sea olvidado. Robert Redeker, profesor de Filosofía de un colegio de Toulouse, y colaborador de Les temps modernes, la revista fundada por Jean-Paul Sartre, escribió en septiembre un artículo en el diario francés Le Figaro, con el título: «Frente a las intimidaciones de los islamistas: ¿qué debe hacer el mundo libre?». Redeker criticaba la denegación de la libertad por los islamistas, y cuestionaba algunos actos históricos del profeta. El artículo levantó de inmediato furiosas reacciones en los países musulmanes, y su autor empezó a recibir amenazas violentas.

En una página en internet, se le sentenciaba a muerte y se daba su dirección y una foto de su casa para facilitar la tarea de los posibles asesinos. Un mensaje decía: «Nunca volverás a sentirte seguro en esta tierra. Mil millones de musulmanes están listos para matarte». Temiendo por él y su familia, Redeker buscó la protección de la policía local, que transfirió el caso a las autoridades nacionales. Bajo su consejo, Redeker, su esposa y sus tres hijos abandonaron su casa y buscaron refugio en un lugar secreto. Desde entonces, han ido de ciudad en ciudad, pagando sus propios gastos, y bajo protección policial. El Ministerio de Educación ha nombrado a otro profesor para reemplazar a Redeker, quien tal vez jamás volverá a ver a sus estudiantes. «Estoy obligado a mendigar: vivo dos noches en un lugar, otras dos en otro. Estoy bajo protección de gendarmes las 24 horas del día. Es muy triste porque yo ejercí mi derecho constitucional y por eso he sido castigado, en el territorio mismo de la República», se lamentaba recientemente.

Si Redeker hubiera sido culpable de insultar a la religión, debería haber sido llevado a los tribunales. Es obvio que la vasta mayoría de musulmanes no apoya la coerción. ¿Por qué entonces se le ha permitido a una pequeña minoría de extremistas dictar el modo de operar de la sociedad occidental? Ésa es la pregunta que Redeker se ha hecho tantísimas veces. Es la misma que se hacen los intelectuales que han tenido que salir del País Vasco. Y es, seguramente, la misma pregunta que se hace la alcaldesa de una ciudad navarra, que hace sólo unos días vio su casa bombardeada por los violentos proetarras. ¿Cómo es qué ya no podemos expresar libremente lo que pensamos?

La parte más lamentable del caso Redeker es la forma en que mucha gente por miedo ha cedido a la presión. Es un fenómeno muy extendido hoy. En Berlín, el pasado septiembre, la Deutsche Oper anuló la presentación de Idomeneo, de Mozart, por miedo a las reacciones islamistas. El mismo mes, en Londres, la directora de una galería de arte retiró unos cuantos dibujos de una exposición por miedo a que pudieran molestar a la población musulmana. Y la Tate Gallery, de esta misma ciudad, retiró casi a la vez una obra de arte por temor a la reacción de los integristas. En España, en la Comunidad Valenciana, varias localidades decidieron suprimir la actuación de moros en las celebraciones de las fiestas de moros y cristianos. Afortunadamente, hay gobiernos que no aceptan esta presión. En Alemania, Angela Merkel dijo: «La autocensura por miedo es insoportable. Tenemos que tener cuidado de no retroceder cada vez más por miedo a los radicales violentos.»

Sin embargo, en España pocos han expresado su protesta por la situación de Redeker. La capitulación ante la violencia parece haber inspirado -hasta hoy- el programa del Gobierno español, si hemos de guiarnos por las declaraciones contenidas en el informe de un así llamado Grupo de Alto Nivel de la Alianza de Civilizaciones, propuesta por el presidente Zapatero. Tengo delante de mí el informe oficial del Grupo de Alto Nivel, publicado a finales de 2006. Es notable su intento deliberado de evitar cualquier crítica al terrorismo islamista. En efecto, declara firmemente que no hay terrorismo islamista: «Afirmaciones de que el islam es intrínsicamente violento y muchas declaraciones vinculadas a algunos políticos y líderes religiosos en Occidente -incluyendo términos tales como terrorismo islamista y fascismo islamista- han contribuido a un alarmante incremento de islamofobia que agrava más aún el miedo de los musulmanes a Occidente». Así, ningún occidental debería, como Robert Redeker hizo, atreverse a criticar aspecto alguno de las sociedades islámicas. Por otro lado, los extremistas podrían atemorizar a los occidentales, como hicieron con Rushdie y ahora con Redeker. Ésa es, en resumen, la gran contribución hecha por el Grupo de Alto Nivel de Zapatero. Quienes lo integran creen que las concesiones a los violentos traerán paz.

El caso Redeker no sólo ha ayudado a revelar los recelos de muchos intelectuales occidentales, que deberían haber protestado por los acontecimientos. También ha revelado la tradición política que ha hecho posible tal caso. La clase política francesa en el siglo XIX se identificaba con las metas del nacionalismo musulmán en Oriente Medio, y al hacerlo dio apoyo a los líderes extremistas musulmanes y también a un sentimiento antijudío. El proceso ha sido descrito, recientemente, en un estudio del escritor inglés, David Pryce Jones, en su Betrayal: France, the Arabs, and the Jews (Francia, los árabes y los judíos). El acrítico respaldo a favor de líderes populistas como Jomeini y Sadam Husein iba conjugado a una política de apoyo a la inmigración musulmana dentro de Francia, que ahora tiene una masiva población que en los pasados últimos meses se ha ocupado en su propia intifada de violencia urbana contra el Gobierno francés. La inmensa presencia musulmana obviamente influyó en la manera en que los franceses reaccionaron ante el caso Redeker: sencillamente, dejando solo al perseguido autor. Por lo tanto, al mismo tiempo, abandonaron algunos de los valores culturales que han sido básicos en la Historia moderna francesa, tales como el derecho de libre expresión.

El modelo francés de apoyo a los movimientos islámicos lo sigue ahora fielmente el actual Gobierno español. Algunas de las consecuencias son, cuando menos, sorprendentes. En noviembre de 2006, por ejemplo, el Ejecutivo liderado por Zapatero dio, al parecer, su apoyo a una petición del II Encuentro de Alianza de Civilizaciones, celebrado en Marruecos, por la que todos los descendientes musulmanes de los moriscos (expulsados en el año 1614) tendrían el derecho automático a la ciudadanía española. Si ese derecho se convirtiera en ley, probablemente conferiría la automática ciudadanía a más de 10 millones de musulmanes. Eso pronto convertiría a España en un Estado islámico. ¿Reconocería ese Estado la tradición europea de una cultura basada en la libertad de expresión? ¿Serían imposibles casos como el de Redeker o se convertirían en la norma?

Hay mucho sobre lo que reflexionar, y no es demasiado pronto para empezar a hacerlo.