Las consecuencias de Angela Merkel

Alemania ha estado encabezando el rechazo en la Unión Europea a hacer cualquier reducción de la deuda soberana de los miembros de la eurozona que este en dificultades. En cambio, ha aceptado establecer instrumentos de rescate como el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera y el Mecanismo Europeo de Estabilización Financiera, que en combinación, pueden ofrecer créditos de hasta 500 mil millones de euros (680 mil millones de dólares), y el Fondo Monetario Internacional puede dar otros 250 mil millones de euros adicionales.

Se tratan esencialmente de mecanismos de refinanciamiento. Los miembros de la eurozona fuertemente endeudados pueden solicitar créditos a una tasa menor a la comercial, con la condición de que se comprometan a aplicar una austeridad fiscal cada vez más drástica. El capital principal y los intereses de la deuda pendiente quedan intactos. Por lo consiguiente, -los acreedores –principalmente los bancos alemanes y franceses- no esperan tener pérdidas en sus créditos existentes, mientras que los prestatarios ganan más tiempo “para poner orden en sus casas.” Eso, al menos, es la teoría.

Hasta ahora, tres países –Grecia, Irlanda y Portugal- han aprovechado este mecanismo. A mediados de julio de 2011 la deuda soberana de Grecia alcanzó los 350 mil millones de euros (160% del PIB). El gobierno griego actualmente debe pagar el 25% de sus bonos a diez años, que se están comercializando con un descuento del 50% en el mercado secundario.

En otras palabras, los inversionistas esperan recibir aproximadamente solo la mitad de lo que se les debe. La esperanza es que la reducción en los costos crediticios de los nuevos préstamos, más los programas de austeridad que han prometido los gobiernos, permitirá que los precios de los bonos recuperen su valor original sin que los bancos acreedores resulten perjudicados.

Estas son ilusiones. A menos que se le perdone una gran parte de su deuda, Grecia no recuperará su solvencia. (De hecho, según la opinión de la mayoría, está a punto de caer en impago.) Y lo mismo es cierto, aunque en menor grado, de otros países fuertemente endeudados.

Para que cualquier plan de rescate sea creíble se requiere que los bancos acreedores acepten perder al menos la mitad de su dinero. En los Estados Unidos, en el exitoso Plan Brady de 1989, los deudores –México, Argentina y Brasil- aceptaron pagar lo que pudieran. Los bancos que les habían otorgado créditos sustituyeron la vieja deuda con nuevos bonos a valor nominal, que equivalían en promedio al 50% de los viejos bonos y el gobierno estadounidense ofreció algunos incentivos.

Las condonaciones y devaluaciones, no los programas de austeridad, son las que permitieron la recuperación de los precios de los bonos. En el caso griego, los acreedores todavía tienen que aceptar la necesidad de condonar deudas, y los gobiernos europeos no les han dado incentivos para hacerlo.

El rechazo de Alemania para condonar deuda es por consiguiente un error de economía, de política (excepto en casa) y de historia. Los alemanes deberían recordar el fiasco de las reparaciones de los años veinte. En el Tratado de Versalles, los aliados victoriosos insistieron en que Alemania tenía que pagar “los costos de la guerra.” Hicieron la suma y en 1921 presentaron la cuenta: Alemania “debía” a los victoriosos 6.6 mil millones de libras (85% de su PIB), a pagar en 30 abonos anuales. Esto equivalía a transferir anualmente entre el 8% y el 10% del ingreso nacional de Alemania, o el 65%-76% de sus exportaciones.

En un año, Alemania pidió y obtuvo una moratoria.  Nuevas emisiones de bonos, seguidas de una gran condonación de deuda en 1924 (el Plan Dawes), permitieron a Alemania obtener créditos para reanudar sus pagos. Entonces se produjo un sistema incoherente: Alemania obtuvo crédito de los Estados Unidos para pagar a Gran Bretaña, Francia y Bélgica; mientras que éstos últimos tomaron un poco para pagar a Gran Bretaña; y Gran Bretaña tomó un poco más para pagar a los Estados Unidos.

Este gran laberinto de deudas finalmente se condonó de facto en 1932 en medio de la depresión global. Sin embargo, Alemania continuó cubriendo los créditos que había contraído para pagar las reparaciones hasta 1980.

Desde el principio, el economista John Maynard Keynes había criticado ferozmente la política de reparaciones impuesta a Alemania. Habló de tres aspectos principales: Alemania no tenía la capacidad de pagar ni siquiera para recuperar un nivel de vida normal; cualquier intento de obligarla a reducir su nivel de vida produciría una revolución; y en la medida en que Alemania pudiera aumentar sus exportaciones para pagar las reparaciones, lo haría a costa de las exportaciones de los acreedores. Lo que se necesitaba era la cancelación de las reparaciones y de las deudas entre los aliados a causa de la guerra, junto con un gran crédito de reconstrucción para que las quebrantadas economías europeas pudieran recuperarse.

En 1919 Keynes elaboró un gran plan de cancelación global de deuda, junto con una nueva emisión de bonos garantizados por las potencias aliadas cuyos rendimientos beneficiarían tanto a los vencedores como a los vencidos. Los estadounidenses, que habrían tenido que dar la mayor parte del dinero, vetaron el plan.

El punto que Keynes repetía era que el intento de obtener pagos de deuda durante muchos años tendría consecuencias sociales desastrosas. “La política de reducir a Alemania al servilismo durante una generación, de degradar las vidas de millones de seres humanos y de privar de felicidad a toda una nación debe ser aborrecible y detestable, aunque ello no siembre la decadencia de toda la vida civilizada de Europa”, escribió.

La historia nunca se repite exactamente, pero hay lecciones que se tienen que aprender de ese episodio. Los alemanes dirían ahora que a diferencia de las reparaciones, las deudas griegas y las mediterráneas, se contrajeron voluntariamente, no a la fuerza. Esto plantea la cuestión de la justicia, pero no las consecuencias económicas de insistir en el pago. Además, hay una falacia de composición: si hay muchos cobradores de deudas, entonces van a empobrecer a las mismas personas de las cuales dependen para su propia prosperidad.

En los años veinte, Alemania al final solo tuvo que pagar una pequeña fracción de su cuenta de reparaciones, pero el largo tiempo que le llevó llegar a ese punto impidió a Europa tener una plena recuperación; hizo de la propia Alemania la víctima más visible de la Gran Depresión; y provocó un resentimiento generalizado que tuvo pésimas consecuencias políticas. La canciller alemana, Angela Merkel, haría bien en considerar esa historia.

Por Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica, es profesor emérito de Economía Política de la Universidad de Warwick. Traducción de Kena Nequiz.

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