Las consecuencias de la guerra

Hanif Kureishi, nacido en Londres en 1954 de padre pakistaní y madre inglesa, autor de ‘Mi hermosa lavandería’ y ‘El buda de los suburbios’ (LA VANGUARDIA, 31/07/05).

Ya no sabemos lo que es ser persona religiosa, y así estamos desde hace un tiempo… Durante los últimos dos siglos, las personas sensatas y juiciosas de Occidente han criticado nuestras religiones y nuestras convicciones religiosas por carecer, a su juicio, de suficiente enjundia, sustancia y fuerza. Actualmente, tales religiones exigen poco al individuo y -lo que constituye, a mi modo de ver, una perspectiva acertada- desempeñan un exiguo papel en nuestra vida política. Como la familia real inglesa, suelen mostrar incluso ribetes cómicos y recordarnos ideales y modelos teñidos de un autoritarismo que ya no reverenciamos.

No obstante, los verdaderos creyentes, en la lógica de la sumisión y obediencia a sus ideales políticos y morales, y a los absolutos designios de Dios, nos aterrorizan en estos momentos hasta el punto de tornarse incomprensibles a nuestras mentes. Así las cosas, cabrá convenir en que esta fe representa para nosotros un peligro y, ciertamente, no nos complace pensar que podamos compartirla en mayor o menor medida. Más bien, y ante su singular desafío, a nuestro progresismo y amplitud de miras puede costarle trabajo metamorfosearse para poder plantear una postura de oposición coherente y, en definitiva, puede costarnos un esfuerzo ímprobo sopesar adecuadamente el precio que podríamos tener que pagar por ello…

La verdad es que tampoco podemos imaginarnos siquiera lo que es arder de indignación, presa del sentimiento de injusticia y opresión, perpetrar actos nacidos de este impulso, sacrificar nuestras vidas en aras de una causa, hallarnos tan desesperados y resueltos a alcanzar nuestro objetivo. Pensamos que tales actos son locos e insensatos, indiscriminados y criminales, más que atribuibles a un intercambio claro y evidente de violencia recíproca… El candente sentimiento de injusticia que numerosos jóvenes pueden experimentar al acceder a la adultez, caracterizada por el doble rasero y la falsedad, nos impresiona a los que somos más cínicos y avispados. Sin dejar de tener este rasgo por una actitud encomiable, experimentamos un sentimiento de inequívoca incomodidad. Hace tiempo que la sociedad de consumo ha trocado sus ideales morales por otros placeres y satisfacciones, y una de las cosas que deseamos exportar -disfrazándola de libertad y democracia- es ese mismo consumismo, si bien nos guardamos de hablar de las consecuencias -adicciones, alienación, atomización o desintegración social- de perseguirlo.

Asimismo, nos complace creer que podemos hablar sobre todo, pero somos renuentes a considerar tanto nuestras propias muertes como el mismo significado del asesinato. Terribles actos de violencia en nuestro propio vecindario -no muy distintos de terribles actos de violencia que suelen subcontratarse y se perpetran en las áreas más pobres del Tercer Mundo- dan al traste con la plácida noción de la guerra virtual que primorosamente hemos concebido a fin de vencer el pensamiento de la muerte.

Las guerras virtuales son conflictos en los que uno puede matar a otros sin necesidad ni de presenciar sus muertes ni de asumir responsabilidad alguna por ellas. Se nos dijo que la guerra de Iraq sería rápida y moriría poca gente. Es más, que las víctimas de la acción bélica en su suelo nos recibirían con flores y besos. Así, George W. Bush dijo al predicador evangélico televisivo Pat Robertson: “¡En absoluto! ¡No tendremos ninguna víctima!”.

Es como si creyéramos que apretando un botón y liquidando gente muy alejada de nosotros no experimentaremos sentimiento alguno de culpa o aflicción… en lo que a nosotros concierne. Los funerales por los soldados muertos -y el dolor de sus familias- no es algo que nos interese demasiado o merezca excesivamente nuestra atención. Ya sea intimidando o halagando a los medios de comunicación, los gobiernos pueden ocultar el alcance de su participación o compromiso en cualquier guerra… , aunque sólo por un tiempo.

Y si nos detenemos en el caso de los niños y jóvenes que están siendo corrompidos por los videojuegos -imitar la violencia les inmuniza contra la realidad de la violencia auténtica-, conviene que vayamos haciéndonos a la idea de que más bien se trata de algo que ha afectado a nuestros políticos. Los modernos políticos occidentales creen que podemos asesinar a otras personas tan de carne y hueso como nosotros en lugares distantes sin que ello nos suceda a nosotros y sin que suframos daño físico alguno ni experimentemos ningún dolor moral. Se trata ciertamente de una idea peligrosa, más peligrosa para los adultos que para los niños, extremadamente sensibles a la violencia con la que conviven a diario.

La guerra virtual es una fantasía de matanzas sin sangre y, en consecuencia, sin responsabilidad, pesar o aflicción. Nuestro lenguaje revela engaño y fraude una y otra vez. Claro que podemos decirnos a nosotros mismos que no se trata de carnicería, sino de acabar con instalaciones enemigas clave. Rumsfeld dijo de la guerra de Iraq: “Puede dudar seis días o seis semanas; dudo que seis meses”.

Sin embargo, estar dotado para el eufemismo no basta. La única salida es condenar toda violencia, o reconocer que la violencia constituye una útil e importante opción moral en nuestro mundo. Y pese a nuestra capacidad de autoengaño, no dejamos de ser conscientes de lo necesario que es, a veces, matar a otros para lograr nuestros propios objetivos y salvaguardar nuestra seguridad e integridad. Ahora bien, si adoptamos esta postura, no podemos pretender que sea una cuestión moralmente sencilla en tanto tratemos de eludir las consecuencias…

Nos vimos arrastrados a esta guerra ilegal y lamentable merced a numerosas mentiras y desunión. Una importante parte de nosotros se opuso a ella, no porque seamos candorosos, sino porque la historia del siglo XX nos ha enseñado al menos que tales actos de violencia a gran escala engendran más violencia, y que las consecuencias de tales actos son siempre im-predecibles y quienes lo pagan son los inocentes. En el curso de las guerras, los ciudadanos sienten que carecen de suficiente información y orientación moral, mientras que los gobiernos actúan resueltamente y de forma brutal. Como dijo Sigmund Freud en 1915, “las guerras nos despojan de las últimas capas de civilización para dejar al desnudo el hombre primario que hay en nosotros”.

Los gobiernos pueden ser representativos, pero ellos y los ciudadanos no son lo mismo. En medio de nuestra decepción, es esencial que lo recordemos. Los estados se comportan de forma tal que avergonzaría a una persona en particular. Los gobiernos alientan y convencen a las personas de que se comporten de una manera que estas últimas saben que es moralmente equivocada. En consecuencia, los gobiernos no hablan en nuestro nombre; nosotros tenemos nuestra propia voz y criterio por amortiguados o apagados que puedan parecer.

Si nuestras sociedades no quieren ser corrompidas por el gobierno, el único patriotismo posible es aquel que rehúsa la superficialidad de limitarse a tomar uno u otro partido para empeñarse en el debate arduo y difícil. Y tal es la razón por la cual tenemos literatura, teatro, periódicos; una cultura, en otras palabras.

La guerra degrada y envilece nuestra inteligencia, mofándose de cuanto llamamos civilización, cultura y libertad. Si bien es verdad que nos hallamos sumidos en una espiral de violencia, represión y desesperación que tardaremos años en desenredar y desentrañar, nuestra única esperanza se cifra en afrontar con toda honradez y rectitud lo que nosotros mismos hemos provocado.

Y no únicamente nosotros. Si queremos garantizar que lo que denominamos civilización conserve su propia postura crítica frente a la violencia, los grupos y movimientos religiosos han de desembarazarse de su propios rasgos autoritarios y profundamente autoritarios. El odio al cuerpo y el terror ante la sexualidad que caracteriza a la mayoría de las religiones pueden conducir a la gente no sólo a tapar avergonzada su cuerpo, sino a llegar a imaginarse a sí misma como una bomba humana. Esta actitud crítica por ambas partes es la única manera de mitigar un ineludible legado de amargura y rencor, odio y conflicto.