Las cosas por su nombre

Por Bernabé López García, catedrático de Historia del Islam Contemporáneo en la Universidad Autónoma de Madrid (EL PAÍS, 26/09/06):

Decepción es el sentimiento que asalta al observar cierto viraje dado por el Gobierno en su discurso sobre inmigración. Tras un verano con sondas sobre la posibilidad de voto de los inmigrantes para su efectiva integración, en que se nos ha asegurado el aporte positivo de la inmigración a la riqueza de nuestro país (estudios como el de Caixa Catalunya ligan el incremento en la última década de nuestra riqueza al aporte de los inmigrantes), frustra ver que al final, lo que determina la política gubernamental es el miedo a los miedos de la opinión pública generados por el peso acumulado de tanto informativo con cayucos cargados de subsaharianos y su manipulación por la oposición.

Nuestra memoria es corta. Se fabrica cada día con el último titular que leemos. Así como pretendemos constatar el cambio climático al observar cada mañana el termómetro de nuestro balcón, hemos llegado a obsesionarnos con la “avalancha” inmigratoria de que hablan los periódicos, transformándola en toda una invasión en regla. Pero “avalancha” es una masa grande que se precipita con violencia y estrépito, y en este caso ni la masa es tan grande, ni la violencia se ejerce más que para los propios inmigrantes que sufren o mueren, y el estrépito es sólo el cacareo que hacen algunos.

La inmigración ha alcanzado la cota de las preocupaciones públicas. ¿No la alcanzaría la inseguridad ciudadana si cada mañana viésemos en portada la foto del último butrón, de la última joyería reventada? ¿Quién ha decidido que desde 1992 “la” noticia de cada día del verano sea la última patera o cayuco que llega? ¿Importa realmente el sufrimiento de los que llegan o suscitar una reacción de miedo invasionista?

Se denuncia que los inmigrantes llegados ilegalmente a Canarias en lo que va de 2006 han multiplicado por cuatro los de todo el año anterior. No se dice que sólo son el doble de los que llegaron en 2002 y 2003. Como tampoco que en 2005 se redujeron a menos de la mitad respecto a esos años, por lo que el incremento del año actual hay que verlo en una secuencia más amplia que normalmente se elude por malicia o torpeza.

Inútil tanto discurso de aparente dureza frente a un movimiento imparable, pero de dimensiones, todo hay que decirlo, reducidas. Porque no digamos que 25.000 personas constituyen una avalancha desestabilizadora, inasimilable por 25 países europeos. Decir que no se tolerará la llegada de inmigrantes ilegales y que se prohibirán futuras regularizaciones es tanto como prohibir la primavera. Entristece ver que ninguna voz reclama, ni en aras de la solidaridad ni de la caridad, ni tan siquiera de la compasión, el derecho a que se queden. Y que unas comunidades autónomas regateen con otras por librarse de unas decenas de menores inmigrantes menos. No puede uno por menos recordar el final amargo del Plácido de Berlanga, con su estribillo pesimista: “En esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá”.

Es probable que no se ganen elecciones desvelando la verdad de fondo del fenómeno de la inmigración. Reconociendo la necesidad de igualar un poco más el mundo de la miseria y el del despilfarro. Denunciando la responsabilidad de los plutócratas que no invierten en los países africanos y dejando el desarrollo de este continente en manos de una cooperación al desarrollo impotente en su solidaridad caritativa. Pero lo que sí deberían pensar los que gobiernan es que desde luego se pueden perder las elecciones cayendo en la trampa de los demagogos del discurso hipócrita y cínico de la firmeza.

Hace unos meses, cuando a raíz de los “asaltos” a las verjas de Ceuta y Melilla la inmigración africana llamó a nuestras puertas de manera clamorosa, se diseñó un Plan África por parte de nuestra diplomacia. Sus siete objetivos eran el afianzamiento de la democracia, lucha contra la pobreza y por el desarrollo, regulación de los flujos migratorios, una estrategia común europea para el continente más pobre del planeta, fomento de las inversiones, fortalecimiento de la cooperación cultural e incremento de nuestra proyección política y diplomática en África. No es tiempo aún de balance. La conferencia euroafricana sobre inmigración del pasado julio en Rabat tuvo, al menos, el efecto positivo de reconocer que la mejor manera de combatir la inmigración ilegal es crear empleo y oportunidades en África. Pero como desgraciadamente eso no está -del todo- en manos de los gobiernos europeos ni africanos, sino en las de los grandes grupos financieros y económicos que campean por sus respetos acá y allá, las únicas ideas que se manejan son la disuasión, el control de fronteras, la vigilancia de los océanos. Es decir, ponerle puertas al mar.

Crear nuevas embajadas en un continente desatendido por nuestra diplomacia es siempre saludable. Son un instrumento imprescindible para coordinar y canalizar la acción prevista en un ambicioso plan como éste. Pero como nos acordamos de África porque los africanos llaman a nuestras puertas, la aproximación a la cuestión de las migraciones es casi exclusivamente securitaria, estrecha, egoísta y, si cabe decir, mezquina. Pues lo que se resalta es el control de fronteras para impedir las salidas, el logro de acuerdos de readmisión y poco o nada la revisión de nuestras políticas de visados o del excesivo proteccionismo de nuestros productos agrarios que hacen difícil que las poblaciones africanas puedan preferir un día, como señalaba recientemente el presidente senegalés, “ganarse la vida en Senegal mejor que en Europa”.

El Gobierno de Portugal acaba de aprobar una ley de inmigración que prevé la creación de visados temporales para los extranjeros que aspiran a un contrato de trabajo. No desconozco la diferencia de peso de la inmigración en nuestros dos países, pero no puedo por menos que congratularme por que se imaginen nuevas fórmulas que impidan el negocio de los negreros. Por eso hubiera sido deseable ver en el Plan África alguna medida en este sentido, para paliar el hecho de que en toda el África subsahariana, para una población de 153 millones, nuestro país haya concedido en 2004 cuatro veces y media menos visados que para Rusia, con una población algo inferior. Estas discriminaciones claman al cielo y uno querría ver que si se despliega nuestra diplomacia por África, sea para que también se mejore un servicio de visados tan torpe, que hace que incluso los hispanistas del norte de África opten por venir a nuestro país con visados franceses y que es capaz de dejar sin visado al rector de la Universidad de Rabat para acudir a inaugurar un curso de verano en Santander.