Las cosas por su nombre

Por Juan Luis de León Azcárate, profesor de Teología de la Universidad de Deusto (EL CORREO DIGITAL, 25/09/06):

Tengo que confesar que cuando leí el texto completo de la conferencia de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, enseguida pensé que sus alusiones a Mahoma y a la ‘yihad’ o guerra santa, no propias del Papa sino entresacadas de un texto del siglo XIV, podrían escandalizar a los amigos de lo políticamente correcto. Pero consideré que, al tratarse de una conferencia universitaria, casi nadie la leería y apenas tendría relevancia. Me equivoqué, aunque sigo pensando que son pocos los que la han leído a fondo, y menos de entre aquellos que se rasgan las vestiduras ante ella y actúan y vociferan de manera, una vez más, tan desproporcionada, incluida cierta falsa progresía española que suele callarse cuando los ataques son contra el Dios cristiano o la Iglesia católica. Conviene subrayar que se trata de un discurso o conferencia escrita y dirigida en un tono claramente académico y universitario. No es un documento doctrinal que requiera de ningún tipo de asentimiento por parte de los fieles. Y, como todo texto académico, susceptible de debate científico y racional, que no es precisamente por lo que se han caracterizado las reacciones de ciertos grupos musulmanes, a excepción de las sorprendentes, por positivas, del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, quien sí parece haber entendido muy bien el sentido del discurso: ‘Musulmanes, cristianos, judíos, todos, si verdaderamente son seguidores de Dios, son partidarios de la paz, de la hermandad’.

En mi opinión, dos ideas transversales cruzan esta conferencia de pensamiento muy sólido, como es habitual en el teólogo Ratzinger: No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios y, derivadamente, actuar violentamente en nombre de Dios es contrario a la verdadera naturaleza divina. Incuestionable teológicamente. Quizá el único error imputable a la conferencia, pero menor y discutible, sea la consideración de la sura 2,256 como «una de las suras del periodo inicial en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado», cuando los especialistas suelen considerar esta sura del periodo de Medina y no del de la Meca al que implícitamente alude el Papa. Pero la acusación principal contra el discurso, dejando aparte absurdas imputaciones de ser una llamada a una nueva cruzada, fue la de su profundo desconocimiento del Islam al identificar la ‘yihad’ con la ‘guerra santa’.

¿Es realmente un error semejante identificación? Conviene señalar que traducciones recientes del Corán nada sospechosas de filo-occidentalismo, como la de Muhammad Asad, ‘El Mensaje del Qur’an. Traducción del árabe y comentarios’, (traducción española de Abdurrasak Pérez), Junta Islámica, Córdoba 2001, utilizan la expresión «yihad o guerra santa», si bien en este caso únicamente entendida como guerra defensiva. En un sentido estricto, el concepto de ‘guerra santa’ como tal se remonta a la cultura griega y fue utilizado por Tucídides en el siglo V a. C. para denominar ‘guerras santas’ (hieroi polemoi) a las guerras entabladas por la anfictionía de Delfos contra los violadores de los lugares sagrados de Apolo (Tucídides, ‘Guerra del Peloponeso’, I, 112).

En la Biblia, particularmente en el Antiguo Testamento, el término no aparece propiamente como tal, pero nadie puede negar que la conquista de la Tierra Prometida por parte de Israel y las denominadas «guerras de Yahvé» están claramente enmarcadas en lo que se entiende es una guerra santa. De igual modo que se entendieron así más tarde las Cruzadas cristianas, contraviniendo el sentido auténtico del mensaje y la vida de Jesús de Nazaret. Lo mismo ocurre con el concepto de ‘yihad’, el cual, según la mayoría de expertos, tiene el sentido originario de ‘esfuerzo’, un esfuerzo que no se reduce a la lucha espiritual interior sino que también incluye el sentido de esfuerzo en la batalla. Así lo explica uno de los mejores conocedores del Islam de nuestros días, Bernard Lewis, en su libro ‘El lenguaje político del Islam’ (original en inglés de 1988), Taurus, Madrid (2004) 123-124: «En uno de estos mandamientos se basa la noción de guerra santa, en el sentido de guerra ordenada por Dios. El término que se traduce así es ‘gihad’, palabra árabe con el significado de ‘esfuerzo’, ‘lucha’ o ‘batalla’. En el Corán, y aún más en las Tradiciones, seguida general, aunque no invariablemente, por las palabras «en la senda de Dios», se ha entendido como «hacer la guerra». Todas las grandes colecciones de hadites contienen una sección dedicada al ‘gihad’, en la que predomina el sentido militar. Lo mismo vale para los manuales clásicos sobre la ley de la ‘sari’a’. Hubo quien afirmó que ‘gihad’ se debía entender en un sentido moral y espiritual más que militar. Estos argumentos fueron defendidos por los teólogos chiíes de la época clásica y con mayor frecuencia por los modernistas y reformistas de los siglos XIX y XX. Sin embargo, la inmensa mayoría de los teólogos, juristas y tradicionalistas clásicos entendieron la obligación del ‘gihad’ en un sentido militar y así lo han estudiado y expuesto».

Como sostienen muchos especialistas ante la evidencia de los acontecimientos históricos, no puede negarse que la ‘yihad’ puede invocar, al menos en cierta medida, al mismo Mahoma (él combatió en Badr y Umar, y ordenó asesinar a no pocos oponentes), y que, legitimada en un principio por la necesidad de defender a la comunidad musulmana de Medina y de recuperar la Meca, la ‘yihad’ no cesó al cumplirse rápidamente estos objetivos, sino que aumentó y se transformó en una guerra de conquista. Es obvio que hoy existen grupos terroristas islámicos que así la invocan y sería de agradecer que el islamismo moderado hiciera un esfuerzo mayor por deslegitimar, desde su misma fe, estas interpretaciones.

El necesario diálogo entre religiones debe serlo desde el respeto mutuo, y principalmente desde la razón y la irrenunciable defensa de los derechos humanos de todas las personas. Una razón, como dice el Papa en su conferencia de Ratisbona, no limitada a lo empíricamente verificable ni excluyente de las preguntas por la ética y la religión. Y en este sentido es necesario que todas las religiones hagan autocrítica (práctica que unas ejercen más que otras) y reconozcan su debe y su haber en el compromiso por la dignidad del ser humano. En el caso de los textos fundacionales y sagrados de las grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e Islam) es evidente que en ellos, de una manera u otra, la violencia está presente y justificada en nombre de Dios.

Estas tres religiones han sido puestas bajo sospecha porque su pretensión de poseer y de universalizar la verdad absoluta revelada por la divinidad habría propiciado la intolerancia e incluso la violencia hacia aquellas formas de pensamiento que no se ajustaran a dicha verdad. Y, hay que reconocerlo, esto ha sido cierto, en mayor o menor medida según casos, a lo largo de la Historia. Conviene, por tanto, que las religiones, cada una en la medida en que le corresponda, hagan autocrítica de esta realidad, así como reconocer que en sus distintos libros sagrados se encuentran justificadas muchas formas de violencia que deberían ser hoy superadas. Lo que no es admisible, como sucede en ocasiones, es buscar interpretaciones eufemísticas o traducciones forzadas de textos que relativizan, por no decir niegan, la existencia de dicha violencia. La lectura histórico-crítica de todo libro considerado sagrado (lo que no significa renunciar a su consideración de libro inspirado), en particular de sus tradiciones violentas, es necesaria para evitar toda forma de religión degenerada o morbosa. Pero esta lectura histórico-crítica, a la que el cristianismo (salvo excepciones sectarias), forzado en parte por la Ilustración, ya ha llegado hace tiempo, se hace imposible cuando el libro sagrado se entiende como una revelación directa de la divinidad dada de una vez y para siempre, y para todos los órdenes de la vida, sin distinción entre el mundo secular y el religioso. Y ésta es una cuestión que el Islam deberá resolver tarde o temprano, lo que no significa que renuncie a sus incuestionables valores ni que deba asimilarse, sin más, a una cultura occidental que muchas veces desconfía o reniega de Dios.

Este esfuerzo de autocrítica y racionalidad por parte de todas las religiones sería una lección también para muchas ideologías y partidos políticos excesivamente satisfechos de sí mismos, cuya historia está, sin embargo, en ocasiones manchada de sangre y de ignominia. Una lección de la que todos deberíamos aprender.