Las cosas que van bien

¿Qué tienen en común las cosas que van bien? Más concretamente, ¿qué tienen en común las empresas que van bien y han crecido en plena crisis? Si pudiésemos encontrar una respuesta a esta pregunta, estaríamos en condiciones de hacer recomendaciones útiles sobre estrategias empresariales de éxito, y también sobre políticas públicas orientadas a extender las cosas que van bien al conjunto del sistema productivo.

Esta forma de enfocar la cuestión me parece más útil que hacerlo en términos de cambio del modelo productivo, como a veces se hace. Desear un nuevo modelo es un deseo piadoso, pero no nos orienta sobre qué hacer. Parece querer decir que hay sectores productivos obsoletos y otros de futuro. Este es un mal enfoque. Un sector puede ser maduro, pero no por eso estar podrido. El del automóvil, del que ahora hablaré, es un ejemplo. Lo que hay es empresas que van bien y otras que van mal en todos los sectores.

Si supiésemos algo de los rasgos que son comunes a las empresas que van bien, independientemente del sector en el que estén, estaríamos en condiciones de dar contenido más preciso a la cuestión del cambio del modelo productivo.

Me atrevo a sugerir una respuesta. Las empresas que van bien son aquellas cuya rentabilidad está basada en la productividad de un proyecto empresarial de largo plazo, y no en unas condiciones crediticias excepcionales y/o en salarios bajos.

Vale, me dirán, pero ¿qué rasgos hacen que un proyecto empresarial sea productivo y sostenible a largo plazo? Hay tres que parecen comunes a las empresas que van bien: 1) dimensión adecuada; 2) inversión en formación y baja rotación de los empleados; 3) capacidad de innovación y mejora de la calidad del producto.

Cuando se dan esas tres condiciones, las empresas van bien, al margen del sector en que estén. Un ejemplo lo tenemos en la industria automovilística, un sector maduro y, sin embargo, muy competitivo.

La semana pasada tuvo lugar un debate en el Cercle d’Economia, en colaboración con el Pacto Industrial de la Región Metropolitana de Barcelona, sobre la industria del automóvil. Hace unos años se anunciaba que, dada la globalización y la competencia de países de salarios bajos, esta industria no tenía futuro en nuestro país. Ha sucedido lo contrario. Esta industria se ha consolidado en el conjunto de España. De hecho, es el único país desarrollado que no ha cerrado ninguna planta en las últimas tres décadas.

¿Qué es lo que va bien en las empresas de esta industria? La respuesta de los representantes de Volkswagen, Nissan y expertos independientes fue clara: a) constante innovación de proceso y mejora de producto; b) inversión en formación de los empleados (en Volkswagen, en el 2000 el 23% de los empleados no tenían estudios y el 11% eran universitarios. En el 2010, los empleados sin estudios se habían reducido al 13% y los universitarios eran el 17%); c) búsqueda de colaboración con centros tecnológicos para lograr un conocimiento útil a las empresas; d) colaboración estratégica con el sector público para inversiones en logística y otros factores que reducen costes y hacen más competitivas a las empresas. Quizá se pueda objetar que lo que es válido para las grandes empresas automovilísticas no necesariamente es válido para las empresas de tamaño medio. No es así. Las empresas que tienen dimensión adecuada al sector en que desarrollan su actividad comparten estos rasgos.

Para comprobarlo, veamos la cuestión desde otra perspectiva. Preguntémonos por qué la crisis ha tenido en España un impacto mayor que en los demás países de la Unión Europea, en términos de recesión y paro. La respuesta está en buena medida en dos tipologías de empresas.

Primera, aquellas que por su escasa dimensión, y depender de mercados locales, no tienen capacidad para invertir en formación de su personal y en la calidad de su producto. Su escasa dimensión hizo que cuando llegaron los vientos huracanados de la crisis la única vía para reducir costes fuese la destrucción de empleo no la mejora de productividad.

Segunda, aquellas que nacieron o se desarrollaron al calor de las favorables condiciones crediticias y de demanda de los años de la expansión. Su supervivencia no estaba basada en un proyecto empresarial sostenible, sino en inversiones improductivas cuya rentabilidad estaba basada en un endeudamiento excesivo y en el empleo de mano de obra de salarios bajos y alta rotación. No eran propiamente proyectos empresariales, sino negocios basados en una rentabilidad efímera.

Por el contrario, las empresas que han mostrado resiliencia a la crisis y que van bien están basadas en proyectos empresariales cuya rentabilidad está apoyada en la mejora constante de la productividad. Esa es la lección que podemos aprender de las cosas que van bien.

Antón Costas, catedrático de Economía de la Universitat de Barcelona.

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