Las democracias pueden ganar la carrera tecnológica

Las democracias pueden ganar la carrera tecnológica
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El mundo está al borde de una guerra fría tecnológica: los regímenes autoritarios están desarrollando nuevas herramientas digitales que ponen en peligro a las sociedades abiertas y amenazan los valores democráticos, por lo que Occidente debe decidir si competirá contra ellos o se dará por vencido. Hoy día el combate por la libertad tiene lugar en Ucrania, pero la línea de batalla podría desplazarse en algún momento a Taiwán, nodo tecnológico mundial —donde se producen los chips más avanzados del mundo— y próspera democracia a menos de 150 kilómetros de la costa de China (que parece empecinada en anexar a esa isla).

Para ganar la carrera de las tecnologías del futuro hay que crear una alianza; así como Occidente se unió para disuadir a los soviéticos del expansionismo y poner freno a la difusión del comunismo en el período de posguerra, Estados Unidos y la Unión Europea deben revitalizar la alianza transatlántica para ganar la competencia por el liderazgo tecnológico mundial. Eso implica desarrollar una nueva estrategia conjunta, combinar recursos y capacidades, optimizar la normativa y aprovechar sus fortalezas —como las herramientas avanzadas para semiconductores y láseres, inteligencia artificial, computación cuántica y genómica en Europa, y la energía de fusión, operaciones espaciales comerciales y biología sintética en EE. UU.—.

También tendrán que crear cadenas de aprovisionamiento resilientes. China domina la oferta de los metales y tierras raras necesarios para producir baterías, semiconductores y otras tecnologías, por lo que EE. UU. y la UE caminan, sonámbulos, hacia una crisis de minerales críticos. Por ejemplo, la participación china en el mercado de imanes permanentes de alta potencia para turbinas eólicas es de casi el 90 %.

Finalmente, tanto EE. UU. como la UE deben centrarse en lograr adelantos decisivos en sectores fundamentales, entre ellos, la IA, la biotecnología, las redes avanzadas, las energías limpias y las tecnologías manufactureras del mañana. Para ello, la Ley de Semiconductores y Ciencia (CHIPS) de EE. UU. y la Ley Europea de Chips ofrecen un modelo —o, al menos, un punto de partida— para impulsar la competitividad de las principales tecnologías del futuro.

La cooperación tecnológica no es nada nuevo, desde el Consejo de Europa en Estrasburgo y la Unión Internacional de Telecomunicaciones en Ginebra hasta la OCDE y la Ley de IA Europea, la carrera de la inteligencia artificial parece a veces una competencia entre las políticas para controlarla (y, en algunos casos, por buenos motivos). Por ejemplo, los principales riesgos que el Órgano Consultivo sobre IA de la ONU identificó en su informe provisional incluyen los riesgos a la estabilidad de los sistemas financieros y la infraestructura crítica, así como tensiones ambientales, climáticas y en los recursos naturales.

Son temas demasiado importantes como para ignorarlos; en un informe reciente, la Comisión de IA de Francia solicitó la creación de una Organización Mundial de IA que «evalúe y supervise a los sistemas de IA». Tal vez sea una buena idea, pero no es la única manera de seguir adelante; después de todo, la existencia de la OMS es fundamental, pero aunque desempeñó un papel vital en la erradicación de algunas enfermedades, no evitó la pandemia de la COVID-19.

Además, la regulación no puede ser un fin en sí misma, sino que debe tener un objetivo. A pesar del llamado «efecto Bruselas», la supuesta capacidad de la UE para fijar normas mundiales —la regulación señera de ese bloque para los vehículos eléctricos o su Reglamento General de Protección de Datos— no la convirtió en una superpotencia de la movilidad eléctrica ni de la privacidad de la información. Por eso se debe ampliar la cooperación transatlántica para incluir programas de investigación y desarrollo, y grandes proyectos audaces y ambiciosos.

Así como las sanciones por sí solas no limitaron la agresión rusa contra Ucrania, la normativa no será suficiente para evitar que los malos actores usen a la IA de manera perjudicial. De manera similar, Occidente tendrá que pasar a la ofensiva contra el modelo tecnoautoritario chino. Se puede compartir inteligencia para identificar vulnerabilidades en las cadenas de aprovisionamiento y facilitar la «localización en sitios amistosos». Además de desarrollar ecosistemas tecnológicos con socios con ideas afines, será fundamental que los responsables políticos estadounidenses y de la UE expongan a aquellos emprendimientos privados miopes que entren en el juego de quienes ven a la tecnología como una herramienta de opresión en vez de para la liberación.

Por otra parte, EE. UU. y la UE no pueden pretender ganar la carrera tecnológica —que es además una guerra de ideas— cuando sus ciudadanos han sido arreados hacia las cámaras de resonancia de las redes sociales y el 44 % de los niños del mundo usa TikTok. En este campo de batalla cognitivo, Occidente debe encabezar la ofensiva para desarrollar tecnologías que alienten el pensamiento crítico y protejan la privacidad; y para detener la fragmentación desestabilizadora de la esfera digital, y la difusión del odio y la desinformación en línea.

Una alianza transatlántica revitalizada debe garantizar que las tecnologías emergentes reflejen principios democráticos que impulsen la autonomía estratégica. La creación de alianzas con países con ideas similares —como Australia, India, Japón y Corea del Sur— y una mayor cooperación entre los miembros del G7 y la OCDE podrían servir de apoyo a esos esfuerzos. Juntos podrían desarrollar un modelo alternativo de empoderamiento tecnológico —libre de represión y autoritarismo digital— tanto para los países desarrollados como para aquellos en desarrollo.

Los líderes occidentales debieran inspirarse en las vacunas contra la COVID-19, desarrolladas en un tiempo récord de ocho meses gracias a la colaboración, la experimentación masiva y décadas de investigación pura. Debemos mantener vivo ese espíritu, las democracias corren el riesgo de perder la partida de las tecnologías que darán forma al futuro, lo que tendría graves consecuencias económicas y para la seguridad. Una asociación tecnológica transatlántica robusta es fundamental... el destino de las sociedades libres y abiertas depende de ello.

Ylli Bajraktari, a former chief of staff to the US National Security Adviser and a former executive director of the US National Security Commission on Artificial Intelligence, is CEO of the Special Competitive Studies Project. André Loesekrug-Pietri is Chairman and Scientific Director of the Joint European Disruptive Initiative, the European advanced research projects agency.

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