Las despensas de los Reyes Magos

En realidad lo celebro todo: desde el año nuevo hasta la fiesta de los patrones y patronas de Melilla o Ciudad Rodrigo. Obviamente siempre que puedo acudo a sus pregones. Me siguen encantando sobre todo los Reyes Magos. Comprendo que puedan gustar la ironía, la provocación, la inocentada, la novatada, el canular: yo nunca conseguí apreciarlos.

En Ciudad Rodrigo, los Reyes Magos disponían de despensas de juguetes mayores que las de Brueghel. En el Juegos de niños de éste se pueden contar hasta cerca de ochenta juegos y treinta juguetes: peonzas, bolos, tabas, nueces, zancos, molinillos, aros, carracas, ballestas, sonajeros, garrotas, muñecas, vejigas de cerdo, pompas de jabón, caballos de palo… El universo lúdico de mi infancia se hubiera podido dividir en juegos de maña, de transporte, de locomoción, de fuerza, de roles, de procesiones, de guerra, de espectáculo (como mi teatro de cartón), e incluso juegos bárbaros, como los torneos, las pedreas o los martirios. Sin enredar la madeja, no puedo olvidar la «madejilla», otro juguete tan ventajoso como aventajado. ¿Que inspiró la teoría matemática de fractales en tiempos del No-Do?

Esperando a los Reyes Magos practicábamos una especie de golf junto a la muralla con bolas de madera, seguramente parecidas a las nueces de que habla Ovidio en Nux Elegia. «A menudo el niño coloca a una cierta distancia un vaso en el cual debe caer la nuez que lanza». Corríamos cerca del castillo de Trastámara con cometas de papel que entonces se llamaban papelotes o volantines o chichiguas y se hacían con engrudo, varillas, y cintas. Para Kant, «son juguetes irreprochables… porque no se trata de un puro juego, además tienen una finalidad». Un personaje de Las Nubes de Aristófanes asegura que los niños helenos (como los mirobrigenses 24 siglos después) «fabricaban con ingenio ellos mismos sus juguetes… Mi hijo modelaba casas, esculpía barcos, construía carritos de cuero y con la corteza de granadas hacía ranas de maravilla». Nuestro primer animal esculpido en Ciudad Rodrigo fue un cerdito, nada guarro, con el cuerpo de una bellota y dos medias cáscaras de pipas como orejas. En Melilla se me ha mostrado un biberoncito de la época fenicia que parece un juguete de casa de muñecas visitada por Ibsen. Diderot elogia el cuadro de Greuze que representa a otra niña que agarra con amor y pucheros a un capuchino del tamaño de su bracito. «Vean a esta niña, es de carne y el capuchino es de juguete». Kant recuerda que «la gallina ciega» que nos divertía con un palo y un pañuelo a los niños en los fosos de Ciudad Rodrigo era ya conocida por los griegos. El filósofo tanto odiaba al ruido que pidió que se tapiaran las ventanas de la cárcel para no oír las canciones de los prisioneros emigrantes. «Pero qué bien que los niños tallen una caña para aprender a soplar y hacer música dulcemente». En Ciudad Rodrigo hacíamos no sólo flautas, sino también pujo-pujos con vejigas de cochino para cantarles villancicos a los Reyes Magos. A Kant también le gustaba la sorpresa que suscita el ritmo del columpio: «Incluso los adultos deben utilizarlo para su salud». Para Rousseau: «Dan movimiento al cuerpo del niño sin apremios y le permiten aprender a estimar las distancias». Mi abuelo creó uno con una soga de galeote y un cojín de gala en la galería de la casa.

Plutarco habla de niños «que cabalgan en un palo como si fuera un caballo». Como el que yo montaba en la plaza del Buen Alcalde. Para Horacio: «Este juego consiste en subirse a horcajadas encima de una larga caña». Mi abuelo me había cortado una capa violeta de caballista morado con un retal de su morada y tienda. Durero, en Ecce homo, pinta, entre la muchedumbre, a un niño con su caballito de juguete, ¿para que pensemos en el del diablo? El Bosco representa al Niño Jesús con una pollera de tres ruedas en su mano izquierda, y en la otra, un molinillo de niño bueno; en el cubiletero, un niño-Duguesclín con el mismo juguete ayuda a su señor sin quitar ni poner. Sócrates le dice a Alcibíades: «Te veía cuando jugabas de párvulo a las tabas y no parecía desconcertarte la justicia». Rousseau, que olvidó a sus propias hijas en la Inclusa, sentenció: «El niño debe jugar a jardinear para aprender la idea de que la propiedad se remonta naturalmente al derecho del primer ocupante por el trabajo».

Nosotros decíamos que la peonza «dormía» cuando, girando vertiginosamente, parecía inmóvil…, pero se movía circularmente como el mismo cielo. Soñábamos despiertos y hasta creíamos comprender con gravedad descomunal la gravitación universal. Nos hubiera sorprendido saber que Rousseau (con todas sus obras en el Índice) había escrito: «La peonza está desprovista de todo valor de diversión, pero es el mejor medio de comprender la cosmografía». En la Eneida, Virgilio se refiere también a ella: «Los niños ven cómo da vueltas tras lanzarla con un látigo en el atrium desierto». Según Kant, este juguete, que ya no trae el rey mago de pago, «contendría un principio ontológico si los padres observaran a los hijos con inteligencia». Montaigne se queja de «los padres que se gastan mucho dinero con sus hijos, porque sólo piensan en divertirse ellos mismos con los regalos que les ofrecen». Y añade: «No puedo albergar esa pasión por los niños: no tienen movimiento del alma ni forma reconocible en el cuerpo que pueda hacerles amables». Se diría que describe a Gargantúa. Rabelais detalla la amplia panoplia de este nene de pena y pene gordinflón: «Su espada no era valenciana ni su puñal zaragozano, pues su padre odiaba a todos esos hidalgos borrachos y marranizados como diablos». Para el novelista hispanófobo los juguetes eran lujos inútiles.

Mi primer juguete, en Melilla, no fue ni lujoso ni olvidable: fue la arena de la playa, la de los niños de la Ilíada. Homero dice: «… los pequeños hacen castillos de arena y después se divierten destruyéndolos con el pie o con la mano». Mi padre fabricó en la cárcel de Burgos mi regalo de Reyes más emocionante… los adultos intentaron tapar la inscripción: «Recuerda a papá». Fénelon asegura que gracias a las muecas de la muñeca la niña «aprende a distinguir el alma del cuerpo». Algunos pedagogos dieron galletas o polichinelas por liebres para aprender latín. A Kant, le gustaba «el juego de balón; es uno de los mejores porque se une a la carrera, que es muy sana».

El día de los Reyes Magos, bajo la dirección de la la madre Mercedes, en el patio del colegio nos entrecruzábamos jugando «al laberinto». Describíamos con nuestra marcha en fila india, al filo del viento, complicadísimos arabescos que nos transportaban a un paraíso de humor, misterio y alucinación. Tras ochenta años añorando aquel múltiple periplo perdido, lo vuelvo a recorrer, como un rayo en mis recuerdos. La madre Mercedes para enseñarnos la arquitectura fabricó juegos de construcción nada frágiles, y para enseñarnos la geografía, una especie de rompecabezas llamado «paciencias». Distinguía, con el mismo mimo, el racimo de los juegos lúdicos de los pedagógicos. Y nos encandilaba con sus graciosos juguetes (¡gratuitos!) del día de Reyes. Pero si el juguete y el juego eran pedagógicos, la educación era un arte, y no una ciencia dependiente siempre de la experiencia. Gracias a la madre Mercedes comprendimos que para saber jugar, o saber andar, o saber escribir o saber reír, se requiere fomentar el don, la gracia, el duende, la esencia. Gracias a ella en Ciudad Rodrigo nos formaron juguetes incluso «ecológicos» que nada costaban y ¡tanto contaban! La mayoría han desaparecido, al ser imposible mercantilizarlos. Para Platón, como para la madre Mercedes, el juguete permite adquirir un primer concepto de lo justo y de lo injusto para llegar a ser sabios (su esperanza).

Fernando Arrabal es dramaturgo.

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