Las detenciones no son milagros

Por José María Calleja (EL CORREO DIGITAL, 20/07/07):

La brillante idea de Mariano Rajoy, según la cual las múltiples detenciones de etarras realizadas por la Policía española en los últimos días serían un ‘milagro’, rezuman una mezcla de mala intención, profunda ignorancia y sectarismo. Cualquiera que haya tenido una mínima responsabilidad de mando sobre las Fuerzas de Seguridad del Estado -Rajoy, fue ministro de Interior, no sé si de milagro o por carambola- sabe perfectamente que en el trabajo de la Policía española hay muy pocas casualidades, mucha profesionalidad y ningún milagro.

Por los datos que se conocen, parece evidente que las detenciones han sido fruto de un trabajo paciente, sostenido en el tiempo, con buena información sobre la banda terrorista. El hecho de que los criminales sean capturados en el momento exacto en el que se entrega el explosivo en Francia, o que se intercepte un vehículo, cargado también de explosivos, nada más pasar la frontera con Portugal, o la detención de un etarra en la estación de autobuses de Santander, así lo atestiguan. Rajoy debe ser el único español que cree que cuando se habla de detenciones en un control rutinario, se trata de una pura casualidad.

Por otro lado, el perfil de los detenidos nos habla de sujetos que en muy poco tiempo pasan del terrorismo callejero a puestos de responsabilidad en la banda, o de individuos perfectamente detectables por sus reacciones, sin la pericia, desde luego, de sus anteriores conmilitones.

Hasta ahora, todos los intentos por asesinar después del 30 de diciembre pasado -atentado de Barajas- se han saldado con triunfos policiales, que son triunfos para la democracia y que deberían alegrar a todos, esté quien esté en el Gobierno. Sin embargo, da la sensación de que hay responsables políticos a los que les irrita que se detenga a etarras mientras gobiernen los socialistas. También hay un periódico amarillo que lleva a su primera página la no noticia de un no atentado no cometido en el sí perdido paraíso mallorquín, pero del que se avisa con gran despliegue, con lo que logra reduplicar la alarma que buscan los criminales sin necesidad de que atenten.

El hecho de que hasta ahora se hayan parado todos los balones no significa que alguno pueda acabar entrando en la portería. Sería deseable que, en ese indeseable caso, a nadie se le notara demasiado la alegría, la satisfacción por la autoprofecía apocalíptica cumplida. Resulta hiriente ver cómo de forma reiterada surgen portavoces políticos que, una y otra vez, atribuyen fortaleza, avances, presencia a una banda cuyos miembros, por ahora, han sido detenidos en el momento crucial, antes de cometer la barbarie. De manera que hay que felicitar a la Policía por su eficacia, que nunca podrá ser del cien por cien, y felicitarnos todos los que deseamos que no haya más víctimas.

Josu Jon Imaz ha dicho, con buen criterio, que la vía policial es imprescindible -y lo es más ahora, después de romperse el alto el fuego-, y que se trata de hacer un trabajo entre la población vasca que deslegitime definitivamente el uso de la violencia, que consiga que retiren su apoyo a los violentos cuantos más vascos mejor.

Somos un país de digestión lenta, demasiadas veces desesperadamente lenta, pero no creo que sea un exceso de optimismo pensar que personas del entorno violento, que se esperanzaron porque creían que la tregua del 22 de marzo de 2006 abría una vía seria para el final del terrorismo, están ahora en fase de replantearse sus anteriores apoyos. Y es que no puede ser, por pura estadística, que la culpa de los problemas de uno la tengan siempre los otros. No puede ser que la culpa de la existencia de la banda terrorista ETA la tenga lo mismo Franco que Zapatero, Felipe González que Aznar, Suárez que el breve Calvo Sotelo. No puede ser. Alguna responsabilidad tendrá la banda en su criminal pervivencia, alguna autocrítica tendrá que hacer, alguna responsabilidad deberá asumir por el fracaso de procesos tan distintos, pero idénticos en sus conclusiones, como los de Argel, Lizarra o este último.

Dentro de la propia banda terrorista ha habido dirigentes señeros, como Txomin, que en su día tuvieron una brizna de lucidez para saber que su historia era de lenta pero segura decadencia. Así lo reconoció Domingo Iturbe Abasolo al anunciar la secuencia de detenciones, de menos a más importancia dentro de la jerarquía criminal, como antesala de una eventual derrota política.

Los últimos detenidos nada tienen que ver con los etarras que en el paroxismo criminal de los ochenta hacían pensar que la cosa no tendría fin. Sigue siendo fácil matar y para volar un aparcamiento de la T-4 y asesinar a dos jóvenes ecuatorianos no hacen falta más ingredientes que ser un canalla y tener el explosivo necesario; por eso no es casualidad, ni tampoco milagro, que en los últimos cuatro años llevemos los índices más bajos de asesinados en atentados de toda la historia (crucemos todos los dedos).

Pueden seguir matando, pero, desde luego, la sociedad en la que se produzcan esos crímenes -como el crimen vigente de la extorsión mafiosa- es una sociedad en la que cada vez tienen menos apoyos, en la que pierden peso en quienes antes les seguían.

En este contexto son de radical importancia las palabras de Imaz. Sería una temeridad que el Gobierno vasco se lanzara ahora a una cruzada por el referéndum que, en las actuales circunstancias, sólo serviría para dotar de argumentos para su pervivencia a una banda casi sin aire, boqueante.

De manera que enhorabuena a la Policía, alegría para todos los que no queremos más víctimas, fracasos de los criminales y exigencia de responsabilidad para que no se les faciliten argumentos que puedan revitalizar su escaso fuelle.