Las dificultades de un nuevo imperio

Por Manuel Escudero, profesor de Análisis Político Internacional en el Instituto de Empresa (EL PAÍS, 17/03/03):

Debería preocuparnos que la noción de nuevo imperio estadounidense, aunque sea como expresión vaga y referencial, esté tomando carta de naturaleza sin que se reflexione sobre su viabilidad.

Diré de partida que ese imperio se está, efectivamente, gestando, si bien de modo muy peculiar. Si preguntamos a cualquier persona representativa de la actual Administración estadounidense, negará de plano la voluntad de construcción de un imperio. Pero defenderá, a continuación, el “derecho soberano” de los EE UU a defenderse contra amenazas posibles… en cualquier rincón del mundo. Estamos ante un proyecto de imperio “defensivo”, si se quiere, pero imperio al fin y al cabo.

No faltan quienes, desde el campo del pensamiento, comienzan ya a dar por supuesta su existencia. Como muestra, dos recientes artículos escritos, respectivamente, por Paul Kennedy y Michael Ignatieff, publicados en EL PAÍS. En el primero se hacía una cierta glosa admonitoria del mismo, por medio de su comparación con el imperio británico y con el español. En el segundo, a pesar de la posición del articulista en alguna medida adversa a esa nueva realidad, le da carta de naturaleza, puesto que presupone su existencia.

Pienso que, en la era de la globalización, la existencia de un imperio entra en contradicción con aspectos esenciales de la realidad. Y además, me niego a admitir que el nuevo orden que se pueda estar preñando en el mundo tenga tan anacrónico resultado.

En primer lugar, comparar, como hace Kennedy, la realidad de hoy con la de hace doscientos o cuatrocientos años no es adecuado, pues ni en el plano económico, ni en el tecnológico, ni en el político pueden existir hoy hegemonías indiscutibles.

A diferencia de hace doscientos o cuatrocientos años, el mercado es un fenómeno tremendamente descentralizado, y crecientemente liberado de ataduras políticas unívocas a un país. Cierto que hay grandes empresas globales norteamericanas, pero también las hay europeas, y asiáticas. De acuerdo con Fortune, de las 500 grandes empresas mundiales, un 40% son norteamericanas; el 31% son europeas, y el 20%, asiáticas. En una época en que las empresas globales tienen al mundo como su mercado y al planeta como su patio de operaciones, el poder económico empresarial, en muy buena medida, se ha desligado de los Estados-nación.

Un argumento parecido se puede utilizar si hablamos de las estructuras tecnológicas. Incluso la indudable supremacía norteamericana en este terreno no es sino lo que Schumpeter denominó un monopolio de innovación que, a través de un ritmo trepidante de adaptaciones y adopciones tecnológicas en el resto de países, desaparecerá en un lapso de tiempo comparativamente breve. Las nuevas tecnologías son de red, y la red, por definición, no tiene un epicentro inamovible de localización. Hace menos de diez años no se hubiera considerado posible la aparición de nuevas concentraciones productoras de innovación. Pero, tras Silicon Valley, han surgido Bangalore en la India, Dublín o Catania.

Finalmente, en lo que hace a la supremacía política no se puede olvidar que, otra vez a diferencia de lo que ocurría hace doscientos o cuatrocientos años, hoy el mundo se ha consolidado en Estados-nación, cada uno con su soberanía, sus reglas internas de juego y un particular rechazo, comparativamente reciente en la historia de la humanidad, frente a las injerencias externas.

Digámoslo con toda claridad: la única hegemonía indiscutible de los EE UU en el mundo actual es la militar. Ésta es, ciertamente, sustantiva. Si no recuerdo mal, la segunda potencia mundial armamentística tiene un tercio del poder militar de los EE UU. Sin duda, más de un partidario de la realpolitik diría a estas alturas de la reflexión que, efectivamente, los imperios se construyen y mantienen sobre el pilar desnudo del poder, del músculo de las armas. Muy cierto.

Pero esto es olvidar el mundo en el que vivimos, al menos en tres aspectos muy relevantes.

En primer lugar, desde el punto de vista de los grandes modelos de pensamiento económico/político que han moldeado las sociedades contemporáneas, la doctrina mercantilista, la que basaba el bienestar de una nación en la supremacía de su poder militar sobre los demás países, ha dado paso a otras visiones del mundo que han sido asimiladas por las naciones, conforman su cultura política y no tienen vuelta atrás. Me refiero en particular a dos: a la doctrina del nacionalismo económico o político, que enfatiza la soberanía de los pueblos, y al liberalismo, que habla de la cooperación entre naciones para construir instituciones comunes internacionales. En este último sistema, si existe un país hegemónico, ha de actuar más por la persuasión y la política que por la fuerza bruta.

Si esto es así, retrotraernos ahora a la noción de un imperio por la fuerza, basado en la supremacía militar, traerá consigo muchas dificultades.

Es muy posible que, efectivamente, eso es lo que esté ocurriendo en los EE UU, después del 11 de septiembre y de la mano de su actual Administración. Cada país tiene una mezcla específica de estas grandes ideas que han moldeado el mundo. Los EE UU, en concreto, es un país que en el plano interior representa, quizá mejor que ningún otro, los postulados del liberalismo político: un sistema democrático y de libre empresa muy desarrollados. Sin embargo, en lo que hace a su proyección exterior, ha combinado estos grandes ideales del liberalismo con rastros de nacionalismo económico y de mercantilismo. Estos últimos rasgos explican peculiaridades como su falta de entusiasmo, cuando no su negativa rotunda, a participar o financiar instituciones internacionales que puedan interferir con su soberanía. También explican su prioridad nacional acerca de la necesidad de tener un suministro asegurado de petróleo. Tras el 11 de septiembre de 2001, han sido estos rasgos los que han pasado a primer plano y constituyen el sustrato de ideas de esta peculiar noción de imperio “defensivo”. Pero esa deriva entraña enormes dificultades: de legitimidad ante una comunidad de naciones que no acepta ya liderazgos por la fuerza o injerencias en su soberanía. Y dificultades en la propia escena política interna en los EE UU, donde este nuevo desarrollo entrará cada día en mayor contradicción con los fundamentos liberales que han constituido la quintaesencia de la sociedad norteamericana.

La segunda dificultad proviene de que en el mundo actual existen los embriones de un nuevo orden multilateral como desarrollo lógico de una globalización económica que pide más gobernanza política global. Está, en primer lugar, el hecho imparable de los procesos de integración regional, que surgen con vocación de imprimir una nueva multipolaridad a la escena global. Y está, en segundo lugar, la aparición de instituciones “de nueva generación”, genuinamente multilaterales, como la Organización Mundial de Comercio, el Protocolo de Kioto o el Tribunal Penal Internacional. Si el orden mundial estaba, hasta la fecha, en una situación de encrucijada entre los viejos esquemas de una gobernación global dictada por superpotencias y estas nuevas dinámicas, el proyecto de imperio global agudiza la situación de encrucijada.

En tercer lugar, el mundo en el que vivimos ha celebrado el triunfo del ideal democrático sobre el autocrático y de los derechos humanos individuales sobre la coerción. Estos valores han permeado la conciencia de millones de ciudadanos a lo largo y ancho del mundo. Y lo han hecho en una era en la que ya no existen masas manipulables, sino individuos con capacidad reflexiva. Ya no vivimos en el mundo de la manipulación de la información (por más que se intente), sino de su flujo descentralizado, que crea una conciencia pública mundial con tanta rapidez como capacidad para juzgar la distancia entre los ideales en los que se fundamentan las sociedades y las realidades que se separen de las mismas. El salto de reflexividad, la capacidad de que emerja una conciencia global de la noche a la mañana, es quizá el fenómeno social más novedoso e importante de nuestros días, como bien se puso de manifiesto el 15 de febrero de 2003. Ese día no nació una nueva “opinión pública mundial”, ni una nueva dinámica de “lucha de masas global”, como han venido diciendo algunos, sino algo más poderoso y novedoso: la ciudadanía activa global, es decir, la capacidad de respuesta de millones de seres individuales, al unísono y cada uno de ellos con sus propios criterios, sobre cómo debe ser gobernado el mundo en el futuro.

En esencia y en resumen: en este siglo XXI, aunque en el concierto de las naciones puedan seguir existiendo liderazgos, éstos se habrán de ganar más por la fuerza de la razón que por la razón de la fuerza, y, en todo caso, para ser legitimados tendrán que actuar como genuinos primus inter pares y no como epicentros absolutos e incontestables.

Es, pues, prematuro dar carta de naturaleza a ese nuevo imperio; está justificado atreverse a pensar en otras alternativas futuras de orden mundial, multilaterales, descentralizadas, más justas y democráticas. Lo que estamos viendo en estos meses con la crisis de Irak, aparte de cómo se juega con el destino de centenares de miles de inocentes, son las grandes dificultades políticas y de legitimidad de un proyecto imperial en nuestros días.

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