Las dos muertes de Bismarck

Resulta curioso que la esperada reunión entre Mariano Rajoy y Artur Mas en el Palacio de la Moncloa se celebre el mismo día que murió Otto Eduard Leopold von Bismarck-Schönhausen, o, para hacerlo más sencillo, Otto von Bismarck, un 30 de julio de 1898. El canciller de hierro, apodo que se ganó el artífice de la unificación alemana tras una serie de contiendas militares, quedó definitivamente vinculado a la política catalana a partir del 10 de diciembre de 1918. Aquel día, Niceto Alcalá-Zamora como portavoz del Partido Liberal monárquico, que años más tarde llegaría a ser el primer presidente de la Segunda República, protagonizó un tenso debate con Francesc Cambó en la tribuna del Congreso de los Diputados. El motivo de la discusión no era nuevo, ya que giraba en torno a las reivindicaciones del catalanismo político de la época. Con su brillante oratoria, el político de Priego buscaba acorralar al de Verges que, como ministro de Fomento, le escuchaba desde su butaca de la primera fila del hemiciclo: “Usted debe escoger entre ser el Bolívar de Catalunya o el Bismarck de España, pero es imposible que quiera ser las dos cosas al mismo tiempo”.

Si hay algún lugar en Europa, aparte de Alemania, en que Bismarck asume un papel protagonista es Francia. Su actitud como canciller prusiano insultando a los franceses acabaría desatando en 1870 una guerra desigual entre ambos imperios, enzarzados en un pulso por la hegemonía en Europa. En el campo de batalla decantaron el desenlace los entonces imbatibles cañones Krupp de retrocarga de 80 mm. hechos de acero de gran calidad: a diferencia de los empleados por las tropas imperiales, permitían disparos más rápidos y precisos,pues se cargaban por la culata. En muy pocas semanas, el emperador Napoleón III sería hecho prisionero junto a miles de sus soldados, se proclamaría en París la Tercera República, la capital caería en unos meses en manos del ejército prusiano, y Alsacia y Lorena dejarían de pertenecer a Francia tras firmarse el tratado de Frankfurt. Bismarck, que había sido en sus primeros años de actividad pública embajador en París, durante una década, decía que no soportaba a los franceses por su corrupción burocrática cubierta con el manto de la Constitución. Polemizaba con ellos con frases tan hirientes como “soy un demonio teutónico, no un demonio gálico”.

Resulta fácilmente comprensible el diferente trato otorgado por las autoridades francesas a Simón Bolívar. Su estatua ecuestre fue trasladada en 1980 desde la modesta plaza de l’Amérique Latine, en el noroeste de la capital, hasta el magnífico puente de Alexandre III. Se trata sin duda de uno de los más espectaculares puentes de París, en el que destacan cuatro pilares coronados cada uno con estatuas doradas que representan el Comercio, las Artes, las Ciencias y la Industria. El puente, de 160 metros de longitud y unos 40 de ancho, cruza el Sena a la altura del Grand Palais y el Petit Palais, en el lado derecho, y la explanada de Les Invalides en la orilla izquierda. Por el cuadrilátero que hoy conforman la Avenida Roosevelt, Champs Élysées, Place de la Concorde y Cours de la Reine, solía dar largos paseos Bolívar durante la temporada que pasó en París a principios del XIX, cuando coincidió con la coronación de Napoleón Bonaparte como emperador.

Durante más de un siglo, el catalanismo político ha estado más cerca de Bismarck que de Bolívar. Como muestra un botón, el último: aunque las balanzas fiscales presentadas por el Gobierno de Rajoy esta semana tienen un intencionado sesgo político, al emplear para su cálculo únicamente el método carga-beneficio y no el de flujo monetario, que siempre se acerca más a los cálculos de la Generalitat, el déficit fiscal catalán es estratosférico: 8.455 millones de euros. Cierto que queda lejos de los 11.000 millones a que ascienden los números del conseller Mas-Colell cuando realiza el cálculo con el sistema de carga-beneficio, y aún más lejos de los 15.000 millones que denuncia cuando recurre a la metodología que prefiere el Govern. Pero vale la pena, aunque sólo sea para reconocer el suelo que acepta el Ministerio de Hacienda, quedarse con la cifra de 8.455 millones.

A pesar de reconocer que la deuda de la Generalitat -que asciende a casi 60.000 millones de euros- tuvo su origen en una muy mala gestión del gobierno tripartito, la situación para las arcas catalanas y, en definitiva, para sus más de siete millones de ciudadanos, sería muy diferente si el déficit fiscal fuera cero o se viera limitado por un tope de solidaridad autonómico que no resultara tan lesivo para los catalanes. Estamos hablando de más de tres décadas de una financiación injusta. ¿Alguien podrá discutir de nuevo sin sonrojarse la solidaridad de Catalunya con el resto del Estado? A los que argumentan que en la Comunidad de Madrid el déficit es, con los cálculos del ministro Montoro, el doble que el catalán, dos reflexiones: la primera es que la capitalidad del Estado, en España como en cualquier otro país, comporta para la zona administrativa en que se encuentra, en este caso la Comunidad de Madrid, unos importantes beneficios que no tienen el resto de comunidades. La segunda, Madrid sabrá cómo defender sus intereses. Es cosa suya. De la misma manera que Catalunya ha de encontrar su camino en el laberinto financiero en el que se encuentra. Por el sendero actual, no tiene salida. Sobre esta cuestión, la financiera, hay tan poca discrepancia en Catalunya que incluso el Partido Popular era enormemente crítico con el sistema vigente antes de llegar al presente enconamiento político.

Pero volvamos a la trascendental reunión entre Rajoy y Mas. En la política española la mayoría de las veces Convergència i Unió se ha seguido expresando con un discurso regenerador y comprometido, incluso ante la perspectiva de la consulta del 9 de noviembre. No obstante, su abstención en la ley de abdicación del rey Juan Carlos y, en consecuencia, en el trámite legal para facilitar la entronización de Felipe VI, destacó como una señal de distanciamiento de tal calado político que ha acabado forzando una reunión que la Moncloa no quería. En la cocina del recinto monclovita ya se había asumido el pétreo espíritu de la inflexible Soraya: el president debe quemarse en las llamas de un fuego que él mismo ha prendido. Quizás se queme o quizás no. La política siempre tiene golpes escondidos y tantas variables que es imposible controlarlas todas. Lo único cierto es que hace 95 años Alcalá-Zamora emplazó a Francesc Cambó a que se definiera y la pregunta quedó flotando entre las páginas de la historia. Casi un siglo después de aquel episodio, el líder de la fuerza política más importante del catalanismo durante décadas, que en este momento disputa la hegemonía política en Catalunya con Esquerra Republicana, ya está en condiciones de ofrecer una respuesta y llevarla a la Moncloa. Bismarck ha muerto. En la negociación con Madrid, las cartas de Mas sólo le permiten hacer de Bolívar. Todo o nada. ¿Y qué es todo? La consulta.

José Antich

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