Las elecciones británicas y el problema separatista

Por Henry Kamen, historiador. Acaba de publicar The Disinherited: The Exiles who Created Spanish Culture, Londres, Allen Lane (EL MUNDO, 09/05/07):

Para alguien que ha sido, como yo, militante y, durante una época, concejal del Partido Laborista británico, el resultado de las elecciones locales y autonómicas que se celebraron la semana pasada en Gran Bretaña no deja de ser una píldora muy amarga. No ha sido el desastre que muchos vaticinaban, pero, sin duda, pueden verse como las elecciones más significativas de todo el recorrido del actual Gobierno.

Y haciendo un análisis más global, cabe destacar que al rechazo de la mayoría de los británicos a la alternativa socialista, le ha seguido la victoria del candidato antisocialista Sarkozy en las elecciones presidenciales en Francia. Si esta tendencia se confirmara en España, Zapatero recibiría dentro de unos pocos días una desagradable sorpresa.

No hay nada nuevo en los resultados británicos, ya que, simplemente, han confirmado el modelo de voto de las elecciones locales en Inglaterra de hace cuatro años, cuando el Partido Laborista ya sufrió pérdidas masivas. Y tras los acontecimientos que se han sucedido desde entonces, era de esperar que prosiguiera el desgaste del partido que sustenta al Gobierno. Ahora bien, la situación podía haber sido mucho peor, y Tony Blair tiene bastantes motivos para sentirse optimista sobre las posibilidades de que el laborismo salga victorioso en las próximas elecciones generales.

En muchos aspectos, los socialistas no han conseguido llevar a cabo los programas que habían prometido, y crisis como la de la Sanidad han dañado seriamente al Gobierno. Tampoco han ayudado varios escándalos menores. Y, por supuesto, hay que mencionar el problema más crucial: la participación en la Guerra de Irak, espinoso asunto del que Blair ya ha intentado escapar.

Sin embargo, los otros factores que contribuyen a que estas elecciones hayan sido a la vez decisivas y únicas es la evolución de los partidos nacionalistas galeses y escoceses. Las elecciones municipales en Inglaterra estuvieron al mismo tiempo acompañadas por los comicios autonómicos en Gales y Escocia. Los nacionalistas han aumentado de forma importante su representación en Gales, pero no han logrado desbancar la sólida hegemonía del Partido Laborista, que ha controlado la región, sin interrupción, durante el último siglo. Aun así, es posible que los laboristas encuentren dificultades para formar un gobierno regional estable.

Por su parte, en Escocia, el triunfo del Partido Nacionalista Escocés (SNP) no era de ninguna manera inesperado. De todas maneras, es un acontecimiento de importancia histórica -que seguro tendrá alguna lección también para España-. Por primera vez en la Historia del Reino Unido, un partido nacionalista ha ganado en las urnas democráticamente, sin tensiones, odio, ni terrorismo. No hay manera de saber si este éxito durará, pero los indicios auguran que sí. En el pasado, la gente no quería votar por el SNP, porque era un grupo minoritario que parecía no tener futuro. Una vez que se ha probado que esta idea es falsa, el partido probablemente consolidará su posición y se convertirá en un actor político sustancial en el país.

El contraste con la situación política vasca -tan influida por la existencia de ETA- no puede dejar de resultar impresionante. Los nacionalistas escoceses han puesto toda su confianza en un proceso exclusivamente democrático, y en poder ganar la confianza del electorado, que jamás había sido pronacionalista. Ha sido un largo proceso, de más de 70 años. Mientras ETA en medio siglo no ha conseguido otra cosa que barbarie y sangre, el nacionalismo escocés, en el mismo periodo de tiempo, ha alcanzado la victoria electoral.

La fe nacionalista en la democracia se ha traducido en Escocia -unida a Inglaterra desde 1707-, en que un considerable segmento intente obtener un grado de autonomía política -cuando no directamente la independencia- del que no ha gozado en 300 años. Es un logro similar en muchos aspectos al del nacionalismo en Cataluña, pero con una diferencia sustancial: los escoceses han ganado una proporción impresionante del voto sin provocar antagonismo cultural alguno.

El SNP, en su forma actual, se creó en 1934. En las elecciones generales de 1935, obtuvo el 1% de los votos emitidos en Escocia y no logró ningún escaño. En 1974 -el momento de mayor éxito hasta entonces-, ganó el 30% del voto escocés y obtuvo 11 escaños en el Parlamento de Londres. Después, los votos y escaños disminuyeron. Pero cuando Escocia consiguió la descentralización política en 1997 y una Asamblea propia, el voto nacionalista aumentó. En las penúltimas elecciones parlamentarias de Escocia, ganó 27 escaños y 24% del voto popular. La pasada semana, casi dobló el número de sus escaños: 47, en una Asamblea de 129 escaños.

Si el SNP consigue formar gobierno, por supuesto, habrá problemas para la unidad del Reino Unido. El partido ha prometido que, dentro de los primeros 100 días tras asumir el cargo, su Ejecutivo emitiría una ley para convocar un referéndum, con el objetivo de proponer que el Gobierno escocés entre en negociaciones con el del Reino Unido para revocar el Acta de Unión de 1707; de esta forma, se devolvería a Escocia su antigua condición de Estado independiente y soberano. Se ha propuesto que tal referéndum se comunicaría al electorado escocés hacia finales de la sesión parlamentaria de 2010. De momento, hay un activo debate en el Reino Unido sobre lo que esto significa y si tendría serias consecuencias.

Algunos comentaristas en España se han entusiasmado ante la posibilidad de que el Reino Unido deje de ser Unido. Con la pesadilla constante sobre sus cabezas del separatismo vasco y la independencia catalana, imaginan que la enfermedad que afecta a España se ha extendido al vecino del norte también. Sin embargo, aquí parece que hay pocos motivos por los que preocuparse, sobre todo, porque es muy poco probable que sucediera tal independencia. Los nacionalistas escoceses, en un futuro próximo, deberían contar siempre con los partidos antiseparatistas para poder sobrevivir. Esto eliminaría casi por completo el riesgo de una separación activa. Si los nacionalistas se niegan a abandonar los planes de independencia, no ganarán aliados y, quizás, no puedan formar un gobierno.

Pero aun si el SNP consiguiera obtener y ganar un referéndum, las consecuencias prácticas serían pequeñas. Ni la Historia ni la política ni tampoco la cultura han conseguido crear un abismo para separar a los ingleses de los escoceses. Durante muchos siglos han sido (casi) un solo pueblo. En cambio, ha existido siempre, desde el siglo XIII, una división fundamental entre los irlandeses y los ingleses, y la independencia de Irlanda de Inglaterra en el albor del siglo XX costó pasión y sangre. En Escocia, la sangre del conflicto fue derramada bastante antes de que la unión tuviera lugar. Ya no enciende pasiones (excepto cuando algún equipo de fútbol escocés juega contra un equipo inglés).

Pero también hay políticos que acogen bien la posibilidad de independencia. El mes pasado, la revista The Spectator publicó un artículo revelando que los líderes del Partido Conservador, que ha tenido una carrera desastrosa en Escocia, tienen un plan secreto para apoyar la causa de la independencia. Éste consiste, en primer lugar, en dividir el partido en dos secciones, una inglesa y otra escocesa. Esto en la práctica sería una simple restauración de la situación de antes de 1965, cuando las dos secciones de la formación estaban totalmente separadas.

La independencia, en resumidas cuentas, asusta a pocas personas, aunque puede molestar a muchos. El sector bancario escocés, posiblemente el más floreciente de la economía regional, ha indicado con franqueza que consideraría la independencia como beneficiosa. En mi opinión, tampoco veo veo ningún problema respecto a la independencia, aunque, en Escocia como en Cataluña, no veo ninguna necesidad de que se produzca. He vivido y trabajado en Escocia. Mi primer empleo después de graduarme en Oxford fue allí, en la Universidad de Edimburgo. Tengo múltiples razones para recordar con placer los años que pasé en la región. Pero, quién sabe, tal vez la corriente de la Historia haya cambiado de dirección.

Puede ser una señal del cielo que esta primavera marque el 300 aniversario del Acta de Unión de 1707 entre Inglaterra y Escocia, así que éste sería un año ideal para liquidar esa alianza. Puede ser otra señal que la disolución de la Unión se iniciara bajo un primer ministro británico -Brown- nacido en Escocia y con un impecable nombre escocés. Y aun hay una tercera señal: se materializaría bajo el mandato de una reina, Isabel II, que es totalmente escocesa y que tiene su residencia principal -Balmoral- en Escocia. Parece que los ciudadanos de la región seguirían aceptándola como soberana, porque es su reina. ¿O no?