Las elecciones en México demuestran una democracia sólida

Imagen de las elecciones intermedias de México, en la ciudad de Guadalajara, el 6 de junio de 2021. (Francisco Guasco/EPA-EFE/Shutterstock)
Imagen de las elecciones intermedias de México, en la ciudad de Guadalajara, el 6 de junio de 2021. (Francisco Guasco/EPA-EFE/Shutterstock)

El lunes 7 de junio, las y los mexicanos nos levantamos con los resultados de la elección intermedia en la que más de 49 millones de votantes —más de la mitad de quienes teníamos derecho a ello— renovamos la Cámara Baja del Congreso, 15 gubernaturas y numerosas alcaldías. Con la excepción de un puñado de incidentes, la elección se celebró en paz y los contendientes aceptaron los resultados.

El gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), del que formo parte, celebró el triunfo de nuestro partido, Morena, en 11 de las 15 gubernaturas en disputa; además de haber retenido, con nuestros aliados, la mayoría en el Congreso. Una alianza de partidos opositores, por su parte, resaltó sus logros en la Cámara de Diputados, así como el triunfo en algunas gubernaturas y zonas metropolitanas. Todas las fuerzas políticas intentaron convencer a la opinión pública sobre lo bien que les había ido en los comicios.

¿A qué suena lo anterior? Ciertamente, más a lo que se acostumbra tras el día electoral en cualquier democracia consolidada que al “inicio” de la regresión democrática sobre el cual algunos alertaban días antes de los comicios.

En las semanas previas, un número de observadores y medios internacionales, y algunos comentaristas mexicanos, habían alertado sobre el riesgo de un supuesto retroceso en México, de la mano del “populista y autoritario” AMLO, al que acusaban de intentar incidir en las elecciones y desmantelar las instituciones de nuestro país. A manera de prueba, citaban su predilección por las consultas ciudadanas, y sus opiniones directas y críticas sobre actores políticos y medios de comunicación. El semanario británico The Economist llegó al extremo de invitar a votar contra él, alertando sobre este riesgo.

Esta nueva falsa alarma revela un problema de fondo de ciertos críticos en México y el extranjero: en su rechazo por el estilo personal y las políticas públicas de AMLO, enfocadas en priorizar a los más pobres, lo han intentado caricaturizar como un autoritario en lo político y un populista en lo económico.

Esta es, al menos, la tercera vez que se equivocan. Primero, predijeron que jamás podría ganar la elección presidencial, pero lo hizo con una votación histórica. Después de su victoria, advirtieron que México —el mayor socio comercial de Estados Unidos— descendería al caos económico caracterizado por hiperinflación, devaluación y sobrendeudamiento, así como de un choque inminente con Washington.

En cambio, una vez que asumió el poder, AMLO logró reorientar las políticas públicas del gobierno hacia los pobres, que hasta 2018 sumaban 52.4 millones de personas. En los últimos 38 años, la participación del trabajo se ha reducido constantemente en comparación con la participación del capital en los factores productivos de la economía mexicana, y el Producto Interno Bruto per cápita ha crecido anualmente menos de 1% en promedio.

Ante este escenario adverso heredado, el presidente promovió un incremento histórico del salario mínimo, manteniendo nuestras finanzas sanas. Después del descalabro económico global provocado por la pandemia, este año estamos en camino de crecer alrededor de 6%. Todas estas razones están detrás de la clara victoria de AMLO en las elecciones de mitad de período, a pesar de las crisis económica y de salud derivadas de la pandemia que, como todos los países, México tuvo que enfrentar.

La reciente visita a México de la vicepresidenta estadounidense, Kamala Harris, es una prueba de que estamos lejos de un enfrentamiento con Estados Unidos. De hecho, tenemos una relación cercana, respetuosa y colaborativa con nuestro vecino.

La última predicción fallida es que habría un retroceso democrático en México. Los críticos nacionales e internacionales emplearon las últimas semanas para cuestionar el talante democrático de AMLO. Quizás hayan olvidado que fue una de las fuerzas más importantes para el cambio político en un país como México que, hasta hace no tanto, se caracterizaba por contar con elecciones fraudulentas, censura abierta o encubierta y represión política.

No estamos aún donde quisiéramos, pero hoy México tiene elecciones justas, libertad de prensa, disidencia y pluralidad política. El gobierno consulta sobre las grandes decisiones directamente al pueblo (como ocurre con autoridades locales en Estados Unidos y otras grandes democracias). Sí, el presidente ha manifestado su desacuerdo con decisiones de la autoridad electoral o la cobertura de medios de comunicación, pero en todo momento ha respetado su actuar.

México es una gran democracia en proceso de transformación. Por primera vez en décadas, el foco del gobierno está en cerrar la brecha entre ricos y pobres, que hizo del nuestro uno de los países más desiguales del mundo, y en atacar de raíz la corrupción que caracterizó por décadas a los gobiernos en México. Este proceso se ha llevado a cabo manteniendo buenas relaciones con Estados Unidos y el mundo, preservando la disciplina fiscal y promoviendo la consolidación de la democracia.

Los críticos se han equivocado repetidamente en sus intentos por definir al presidente López Obrador y en sus advertencias sobre caos económico, regresión democrática y choque con Washington, que nunca ocurrieron. Quizás es tiempo de que se den cuenta de que lo que les molesta es que un líder político pueda ser tan exitoso como AMLO mientras adopta ideas completamente opuestas a las que ellos han defendido durante los últimos 30 años. Quizás es tiempo de que le den un poco más de crédito a AMLO y a la democracia mexicana.

Marcelo Ebrard es Secretario de Relaciones Exteriores de México.

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