Las elecciones europeas más importantes

Los europeos estamos llamados a elegir entre los días 6 y 9 a 720 eurodiputados que conformarán el único parlamento multinacional del mundo elegido por sufragio directo. No serán unas elecciones europeas más y, desde luego, no son unas elecciones de segundo nivel como dicen algunos por el hecho de no comprometer directamente la responsabilidad política del gobierno de turno. Por el contrario, serán las euroelecciones más importantes de la historia, ya que asistimos a un desafío sin precedentes a nuestro modelo sociopolítico. «Nuestra Europa puede morir», afirmó Macron en La Sorbona el 25 de abril. Las amenazas son internas y externas.

Fuerzas de ultraderecha con protagonismo creciente amenazan el proyecto desde dentro proponiendo una 'batalla cultural' sobre nuestros valores e impugnando nuestra democracia liberal. Representantes ultras tratarán de condicionar la agenda comunitaria como nunca antes lo habían hecho (y estarán integrados también en el seno de la próxima Comisión, no lo olvidemos). Probablemente veremos unas políticas migratorias aún más restrictivas, prescindiendo así de una mano de obra que necesitamos más que nunca; y una paralización o ralentización de las políticas medioambientales y de transición ecológica que se han erigido en uno de los principales activos de la Comisión Von der Leyen -Pacto Verde Europeo-, en el momento en que los efectos perniciosos del cambio climático son más acuciantes que nunca. Corresponderá también al próximo Parlamento Europeo estar vigilante ante las transgresiones a los valores de la Unión recogidos en el artículo 2 del Tratado.

Pero los desafíos son también externos. Cuando Von der Leyen compareció en Estrasburgo en julio de 2019 para su nombramiento como presidenta, habló de que la suya sería una Comisión «geopolítica». No podía saber entonces hasta qué punto efectivamente iba a serlo. Cuando ya no quede un centímetro de tierra por arrasar en Gaza y cuando Estados Unidos considere que Rusia está suficientemente exhausta para bastantes años, probablemente se empezarán a diseñar sendos acuerdos de paz; pero el desafío geopolítico no disminuirá.

La intolerable agresión rusa ha dinamitado la arquitectura de seguridad europea construida tras la Guerra Fría, en una peligrosa coyuntura de erosión creciente del multilateralismo. La seguridad se deteriora en nuestro entorno inmediato, sea en Oriente Próximo o en el Sahel, donde nuestra presencia es sustituida por la penetración rusa. Asistimos a un imparable ascenso chino que lidera un Sur global cada vez más asertivo y menos condescendiente con nuestras posiciones. La llegada de la guerra a Europa y el fin de la 'pax americana' y de la garantía de seguridad estadounidense modifican la naturaleza de nuestra Unión: de ser un proyecto de paz basado en nuestra capacidad normativa y comercial, a avanzar hacia un rearme que creíamos superado.

Y también somos desafiados en nuestro tradicional campo de juego: el comercio. Nos vemos obligados a competir en una aldea global cada vez más proteccionista. Europa tiene que blindarse ante el proteccionismo de Estados Unidos (Biden o Trump, tanto monta en este aspecto) y la sobrecapacidad de unas empresas chinas dopadas con subvenciones estatales y otras indias alimentadas con salarios de miseria.

En esta situación, defender el proyecto europeo es más que nunca defender nuestro modelo social y nuestra democracia como la mejor forma de organización política, por muy mejorable que pueda -y deba- ser. Si la legislatura que acaba se ha caracterizado por las crisis (Brexit, Covid-19, guerra en Ucrania y en Gaza), la próxima no se augura mucho más halagüeña. Ante ello, la UE tiene que reforzarse también internamente. Hay que dar pasos decididos hacia una mayor integración: voto por mayoría cualificada y supresión del veto siempre que se pueda, financiación común, unión fiscal y unión de mercados de capital, nuevas competencias comunitarias.

El camino está trazado, lo hizo la Conferencia sobre el Futuro de Europa en sus conclusiones finales presentadas en mayo de 2022; y la Comisión de Asuntos Constitucionales del Parlamento Europeo en noviembre de 2023 con una propuesta de modificación de los Tratados apoyada por el Partido Popular Europeo, Socialistas, Liberales, Verdes y la Izquierda. El próximo Europarlamento deberá reabrir la reflexión sobre este texto. Máxime si queremos afrontar el desafío de la próxima ampliación que, aunque no se materializará en la siguiente legislatura, habrá que prepararla probablemente construyendo espacios intermedios en los que los candidatos no estén ni plenamente fuera de la UE ni plenamente dentro. Los desafíos son suficientemente relevantes para no quedarnos en casa el próximo día 9.

José Luis de Castro Ruano, profesor de la UPV/EHU y Cátedra Jean Monnet. Grupo de Investigación Bitartez.

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