Las elecciones más frías de Brasil

Por Clóvis Rossi, columnista del periódico Folha de S. Paulo. Traducción: David Meléndez Tormen (LA VANGUARDIA, 25/09/06):

Paulo Rabello de Castro, economista formado en la Universidad de Chicago y uno de los más agudos pensadores brasileños, llamó a las elecciones presidenciales brasileñas de octubre una opción entre más de lo mismo y lo mismo, pero sin más.Esto está a años luz de las intensas emociones que, por lo general, incitan las elecciones en los países en desarrollo.

La ironía de Rabello de Castro viene al caso, ya que es difícil decir qué candidato representa más de lo mismo:el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que se postula a la reelección y es el favorito según las encuestas, o el ex gobernador de São Paulo, Geraldo Alckmin, del Partido Socialdemócrata Brasileño (PSDB), que con Fernando Henrique Cardoso gobernó el país durante ocho años antes de Lula. La distinción es tan difícil que el mismo Cardoso afirmó que el proyecto del Partido de los Trabajadores (PT) de Lula es el proyecto del PSDB. Y agregó: “Tal vez lo que ocurre es que no hay otro. La historia no siempre produce un nuevo proyecto”.

Cardoso tiene razón. Excepto por la retórica política pero escasamente práctica de líderes como Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia, no hay nada nuevo que ofrecer en el mercado electoral del mundo y que difiera mucho de lo que normalmente se llama neoliberalismo o el consenso de Washington. En otras palabras, ya no existe en el interior de los países modernos una batalla entre diferentes proyectos, ni un enfrentamiento entre izquierdas y derechas (con sus matices) que pueda despertar las emociones de los votantes. En esto, Brasil no es diferente al Reino Unido, España o Uruguay.

De hecho, las elecciones brasileñas que se celebrarán este año parecen un partido de fútbol entre grandes equipos, en que los partidarios de uno y otro candidato se distinguen apenas por los colores de sus camisetas, ya que los equipos más fuertes aceptan las reglas del juego y hasta se parecen en sus tácticas.

Según el sociólogo socialista Francisco de Oliveira, la frialdad del panorama electoral se relaciona estrechamente con una realidad: la irrelevancia de la política debido a su financierización.En otras palabras, el gobierno ha visto tremendamente limitado su margen de acción frente a los potentes mercados financieros y su capacidad de desestabilizar cualquier gobierno que juzguen poco conveniente. Sencillamente, no hay otra forma de jugar el juego que según las reglas de los mercados financieros.

¿Es buena o mala esta falta de emoción en torno a la política, esta ausencia de enfrentamiento entre distintos proyectos? Para algunos analistas, es buena porque revela la madurez política de una nación. En el caso de Brasil, significa que la gente ya no está dispuesta a aceptar o refrendar con su voto las aventuras políticas y económicas heterodoxas que caracterizaron los años ochenta y principios de los noventa.

El problema es que esta supuesta madurez, sea real o no, ocurre mientras los problemas básicos del país siguen sin ser resueltos. De hecho, desde hace al menos 25 años Brasil no ha podido lograr un rápido crecimiento económico. Ésta es la condición sine qua non para comenzar a afrontar y corregir problemas intensa y profundamente arraigados, como la lucha contra la pobreza, la obscena distribución del ingreso, las vastas insuficiencias educacionales, el precario sistema de salud, una infraestructura devastada por los largos años de inversión insuficiente y el resto de una larga lista de miserias típicas del subdesarrollo. Rabello de Castro argumenta que “el país carece de un modelo institucional o un orden productivo que pueda producir un crecimiento rápido”.

Con respecto al proceso de financierización de la política planteado por Oliveira, hay un hecho interesante que tener en cuenta: el riesgo país llegó a su nivel más bajo, desde la creación del índice en 1994, el miércoles 9 de agosto, precisamente durante la serie de lo que los medios brasileños llamaron la tercera ola de ataques de un grupo criminal, el Primer Comando de la Capital (PCC), que quemó autobuses, destruyó agencias bancarias y puso bombas en edificios públicos (incluso en las oficinas centrales del Ministerio Público del Estado de São Paulo y la entidad policial a cargo de reprimir el crimen organizado).

Esto significa que el mundo financiero mide el riesgo según sus propios intereses. Si un país no se demora en pagar sus deudas y aplica las políticas consideradas sanas por los mercados, bingo, el riesgo del país es bajo. Para la población general, en particular la clase media y/ o la gente de escasos recursos, los riesgos de salir a la calle ese mismo día pueden haber sido altísimos, pero eso no afecta las estimaciones financieras.

Entonces, ¿por qué, en esas circunstancias, el presidente Lula está cerca de ser reelegido? En pocas palabras: trabaja para ambos lados. Entre enero del 2003 (cuando comenzó su gobierno) y junio del 2006 (los datos más recientes disponibles), la Administración de Lula asignó 530.000 millones de reales (casi 242.700 millones de dólares) al repago de los tenedores de bonos del gobierno, mientras que dedicó 30.000 millones de reales (13.800 millones de dólares) a un programa denominado Bolsa-familia, que distribuye dinero directamente entre las familias pobres.

No parece la mejor manera de alcanzar una verdadera distribución del ingreso, pero ha bastado para lograr dos objetivos: mantener satisfechos a los inversionistas locales y extranjeros. (En la campaña electoral del 2002, los inversionistas locales y extranjeros apostaron fuertemente contra la moneda brasileña por temor a Lula, que parecía un candidato radical.) Esta estrategia también gana los votos de los segmentos más pobres de la sociedad, que forman la mayoría del electorado de Brasil y reciben muy poco, pero ven que los subsidios son mejor que nada.

Todo indica que esto bastará para que Lula gane la reelección. Pero, ¿se puede jugar indefinidamente este juego político? Comenzaremos a tener una respuesta a partir de enero del 2007, cuando el nuevo (o, más probablemente, el antiguo) presidente asuma sus funciones.