Las elecciones son irrelevantes

No todas las noticias en las últimas semanas han sido negativas para la izquierda. La clara derrota de la derecha francesa en las elecciones al Senado, las pérdidas sucesivas en elecciones locales de nuestra presidenta económica, Angela Merkel, más temida que amada pero todavía no despreciada, y las de Silvio Berlusconi, señalan que las próximas elecciones españolas no versarán sobre la aceptación o rechazo de, por ejemplo, un país más liberal o más socialdemócrata, o más o menos progresista en derechos ciudadanos. No son elecciones entre derecha e izquierda. No determinan ciclos políticos a largo plazo. No estamos ante un nuevo ciclo político en España, que sigue siendo desde José María Aznar difusamente conservador. Nos encontramos, por ahora, ante la sustitución de una única pieza de ese ciclo: la gubernamental. Simplemente, en Europa quien gobierna, sea cual sea su ideología, pierde, en lo que es una desconcertada, ansiosa y, hasta ahora, pacífica reacción antiélites por parte de la ciudadanía. Por eso, las elecciones son, estraté gicamente, irrelevantes.

La economía, donde las diferencias entre las dos fuerzas políticas mayoritarias son marginales, es un buen ejemplo de la intrascendencia electoral. Francisco González, del BBVA, ilustró bien esas escasas diferencias entre opciones políticas cuando afirmó, hace semanas, que aunque el presidente Zapatero hacía lo que tenía que hacer, al realizarlo sin entusiasmo y convicción profunda no acababa de ayudar a la recuperación. Lo que era crítica en el ánimo del banquero, el PSOE se lo debería tomar como elogio. Al fin y al cabo, los recortes de gasto que, de gobernar, la derecha hace con ánimo, discurso, celeridad y eficacia –la izquierda también lleva a cabo, pero a regañadientes, muda, tarde y mal. A eso han quedado reducidas las diferencias ideológicas. Pero gane quien gane, las políticas económicas básicas ya han escapado de nuestra soberanía.

En política territorial, tampoco las relaciones entre PP y CIU deberían depender del resultado de las elecciones. A ambas formaciones les conviene un alineamiento estratégico, lo que seguramente sabe mejor el PP que CiU. Al muy probable presidente Rajoy el pacto fiscal –el más espléndido instrumento de reivindicación que ha tenido CiU en toda su historia– no le es imposible económicamente: el resto del Estado puede sobrevivir más o menos igual –de mal– sin las transferencias catalanas. Su problema es estrictamente político: un acuerdo con Catalunya es el único flanco por donde le pueden atacar desde su derecha. De hecho, ya le están elevando preventivamente el precio político del pacto. Pero es una operación factible, porque el PSOE, el único que podría pararlo con una oposición frontal, con la torpeza estratégica que lo caracteriza últimamente, seguramente no aprovechará la oportunidad para realizar un giro radical en su posicionamiento autonómico –algo así como de la “España plural” a la “España solidaria”.

Y tampoco las elecciones supondrán una gran diferencia para el futuro de la democracia española y su dinámica partidista. Enric Juliana capta y revela la esencia de nuestro régimen actual cuando usa la analogía de la Restauración, la alternancia ordenada en el poder de dos partidos (por cierto, el gran sueño de Manuel Fraga). Mariano Rajoy será presidente de Gobierno porque, como bromea, o no, Woody Allen, “ninety percent of life is just showing up”. Todavía más, Juliana recuerda la naturaleza asimétrica de la primera Restauración: una alternancia, la conservadora, duraba más y era más poderosa que la liberal. Todo indicaba al principio de la democracia que en España los ritmos de alternancia iban a favorecer al PSOE y que el PP estaría episódicamente en la Moncloa. De hecho así ha sido hasta la fecha: la izquierda ha gobernado catorce años más que la derecha. Las votaciones de noviembre pueden iniciar una Restauración de dominio inverso, pero la causa no son las elecciones en sí. La razón es previa y tiene lugar en la primera legislatura del presidente Zapatero, cuando el PSOE no se da cuenta de que el autoritarismo de José María Aznar, rechazado por los electores el 14-M, no era el elemento central de la oferta del PP, sino su eficacia administrativa, su estilo descarado y chulesco que tanto agrada a nuestra clase media y su discurso de progreso económico. El PSOE no sacó conclusiones de que, por así decir, en el 2008 el PP ya ganó las elecciones en España –pero no en Catalunya. El PSOE es en ideas, cuadros y tácticas todavía un partido para enfrentarse al José María Aznar de su segunda legislatura, una derecha que ya no es. Y en las pocas semanas hasta las elecciones el candidato Rubalcaba no podrá recuperar el tiempo perdido.

Ninguna dinámica política sustancial, a largo plazo, se juega, por tanto, exclusiva o fundamentalmente en las próximas elecciones. Serán meramente administrativas, de selección de cuadros de gobierno.

A pesar de estos argumentos sobre la intrascendencia estratégica de las elecciones, querido lector, no deje usted de ir a votar. Es un necesario ejercicio de ciudadanía, más virtuoso y encomiable cuanto más irrelevante.

Por José Luis Álvarez, profesor de Esade.

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