Las épocas difíciles

Los valores y las capacidades de los pueblos se ponen de manifiesto en todo género de situaciones, incluyendo las situaciones de bonanza. Pero la prueba más seria, la más real, la más reveladora, es, sin duda, la que se refiere a los comportamientos humanos en épocas difíciles, Es ahí donde hay que dar la talla, es decir donde hay que demostrar la altura y la grandeza de los sentimientos. ¿La está dando el pueblo español? ¿La estamos dando los españoles?
Es triste contestar que no. Hemos vivido —nadie puede negarlo— una larga época de crecimiento económico y de desarrollo sociológico tremendamente positivo. Pocas veces en la historia de España hemos gozado de un ciclo tan largo y tan beneficioso para el conjunto de los ciudadanos. Pero en cuanto el viento ha dejado de soplar a nuestro favor, el país en su conjunto, y todos nosotros en particular, no solo hemos perdido la calma y el sosiego, sino que nos hemos vuelto mezquinos de mente, sectarios irresponsables, pescadores en río revuelto, descalificadores y catastrofistas absolutos, cazadores de brujas, y otras muchas y graves cosas que están generando un ambiente amargo, envenenado, irrespirable.
Reducir la situación actual a un proceso político contra el Gobierno es la primera de las sinrazones. Es tanto como exclamar al modo italiano: «¡Piove, porco Goberno!». El Gobierno español tendrá, desde luego, que aceptar y pagar sus culpas porque no ha hecho todo lo que tenía que hacer ni todo lo que podría haber hecho, pero creer que este gobierno o cualquier otro gobierno hubieran podido evitar o mejorar sustancialmente la situación en la que nos encontramos es entrar en el reino de la necedad. ¡Ojalá fuera así! ¡Ojalá fuera cierto que España pudiera resolver sus problemas por sí misma!

La profunda y creciente interdependencia económica a escala global, unida a las complejidades de un sistema financiero que está operando no ya al margen sino contra el sistema económico básico, es el primer factor que reduce
sensiblemente la capacidad de acción de unos estados nacionales que, como afirma Daniel Bell, se han hecho demasiado grandes para los temas pequeños y demasiado pequeños para los temas grandes. El escandaloso papel que están jugando los paraísos fiscales al amparo de una inconcebible tolerancia del mundo occidental, la insensibilidad frente a una corrupción institucionalizada que crece geométricamente, el dramático juego del poderío económico del narcotráfico, el amplísimo margen operativo de todo tipo de especuladores del sistema legal y las dilaciones en los procesos judiciales… son algunas de las causas que están convirtiendo el mundo económico en una especie de gran casino universal donde los valores auténticos y los criterios objetivos carecen de toda significación. Como ha dicho el economista francés Patrick Artus, nos encontramos frente al riesgo de una gigantesca especulación que puede producir devaluaciones gigantescas sin la menor justificación económica.

Pero, con ser grave el tema anterior, no es sin duda el más peligroso. Es en el proceso de integración comunitaria donde los europeos estamos jugando al mismo tiempo con fuego y las cosas de comer. En su último libro, «Head to head», el economista norteamericano Lester Thurow analiza admirablemente la fascinante e inexorable batalla económica entre Europa, Japón y los Estados Unidos, en la que habrán de decidirse las fuerzas dominantes del siglo XXI. Japón y USA (con Canadá y México, por si fuera poco) llevan ya varios años pensando y definiendo sus estrategias y estableciendo tanto las áreas de competencia feroz como las de colaboración pacífica en muchos sectores. Mientras tanto, la bella y culta Europa, con ese triángulo sentimental perverso entre Inglaterra, Francia y Alemania, parece decidida, a veces, a iniciar un histórico proceso de autodestrucción, un glorioso descenso hacia la nada, antes de afrontar los problemas políticos, económicos y culturales que lleva consigo un proceso de integración.

La farsa socialista que están presentando los líderes europeos y, muy especialmente, los líderes políticos es uno de los ejercicios más tragicómicos, más desesperantes y más peligrosos de las últimas décadas. Aun reconociendo las ingentes dificultades de una Europa unida, aun discrepando sobre el ritmo del proceso y, asimismo, sobre la inevitabilidad de la moneda única, y también sobre los límites de la cesión de soberanía, alguien tendrá que explicar a los europeos —incluyendo de una vez a los agricultores— que en las condiciones actuales la capacidad para sobrevivir en esa batalla económica global que se nos avecina es prácticamente nula y que la tormenta monetaria que nos está desarbolando es solo una pequeña muestra, una pequeña anticipación de la travesía que nos espera.

Por el momento, la única respuesta mínimamente sensata es la nueva «línea Maginot» entre Francia y Alemania, que pretenden asegurarse un liderazgo más o menos compartido que obligue a Inglaterra (y de paso a su amigo americano) a reaccionar con menos ambigüedades en esta crítica situación. Este eje franco-alemán (a pesar del recelo que está levantando en los demás países porque no está claro «si van a lo suyo o a lo nuestro») tendrá que ser aceptado como un primer paso hacia la sensatez, pero en ningún caso como la solución definitiva. Lo queramos o no, van a seguir pasando cosas que obligarán a nuestros líderes europeos a abandonar para siempre tanta estéril prudencia, tanto doble y triple lenguaje, tanta pereza imaginativa. En algún momento se darán cuenta de que la sociedad civil europea está harta de que se firmen acuerdos sin saber cuál es su alcance real ni sus propósitos concretos, y se decidirán a hablar de tú a tú a los ciudadanos. Tendrán, eso sí, que gritar un poco, porque tengo la sensación de que ya estamos muy alejados, muy por delante de ellos.

En el laberinto actual, España, que no puede aspirar por el momento a un protagonismo decisivo, tendrá que saber alinearse desde el primer momento con el eje franco-alemán antes citado sin caer en la tentación de la neutralidad. En estos momentos, jugar a muchas barajas sería tanto como jugar a perdedor. Esa es la labor en la que el Gobierno actual no puede cometer nuevos errores y esa es la labor en la que todos los estamentos de la sociedad (incluyendo el estamento autonómico) tienen que colaborar plenamente sin aprovecharse, por razones electorales o por cualesquiera otras, de las debilidades ajenas. Salvo que nos empeñemos ferozmente en ello, España no es un país de pandereta. Es, al contrario, una nación que puede aspirar a continuar aceleradamente su admirable proceso de modernización y participar activamente en la construcción de una Europa fuerte. Esta crisis, tengámoslo por seguro, acabará bien. Es decir, acabará produciendo —para eso están justamente las crisis— aquellos cambios y ajustes que permitan un funcionamiento más racional del sistema económico. Recuperemos, pues, la calma, el buen sentido y la grandeza de ánimo. Ya hemos llenado de piedras el propio tejado. No cabe ni una más. No sigamos añadiendo confusión a lo confuso, ni dificultad a lo difícil. Ya tenemos bastante de una cosa y de otra.

Este es el texto literal del artículo que publiqué en ABC el 5 de octubre de 1992.

Antonio Garrigues Walker, jurista.

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