Las fiestas de la vergüenza

Desgraciadamente, como suele ser costumbre en el País Vasco en los últimos años, la llegada de las fechas estivales, lejos de constituir momentos para la relajación y el asueto, supone el recrudecimiento de la estrategia proetarra con motivo de las fiestas patronales de cada una de las localidades de la Comunidad Autónoma. De esta forma, las conmemoraciones festivas se convierten en motivo de homenaje y exaltación del terrorismo y de denigración de sus víctimas mediante la pública y continua alabanza a los integrantes de la banda terrorista ETA por parte de los miembros de muchas cuadrillas (grupos de personas de la localidad creados en principio para tomar parte de manera activa en el desarrollo de las fiestas) y de sectores vecinales de los pueblos. De la realidad de lo que aquí expreso puede dar testimonio cualquier persona de buena fe que haya visitado el País Vasco durante estas fechas y que seguramente habrá podido comprobar la profusión de carteles, pancartas y octavillas en favor de ETA, exigiendo el acercamiento de los presos al País Vasco o por cualquier otro motivo similar en las txoznas, bares y calles de la mayor parte de nuestros municipios durante el periodo de fiestas respectivo.

Evidentemente, lo hasta aquí expuesto reviste una enorme gravedad y, en mi opinión, su denuncia y erradicación debería constituir el objetivo inmediato de cualquier demócrata; no obstante, y como el País Vasco es diferente, por evidenciar hechos como los anteriores eres ya susceptible de ser calificado como un «frentista» o directamente, como «enemigo del pueblo vasco» por algunos de los líderes de la cruzada anticonstitucionalista que pululan por nuestra selva política autonómica.

Personalmente, y cuando tras muchos años practicando la política en el País Vasco creía haberlo presenciado y escuchado todo, he de reconocer que los acontecimientos de los últimos días en Amurrio suponen una de las circunstancias más graves e indignantes de las que he tenido conocimiento en mi andadura personal. Por cuanto, si ya de por sí resulta enormemente grave que se permita impunemente la apología del terrorismo durante las fiestas patronales de muchas localidades vascas, absolutamente delirante e impropio de una democracia es que el equipo de Gobierno del referido municipio alavés con su alcalde, Pablo Isasi (perteneciente al Partido Eusko Alkartasuna), a la cabeza designe dama de honor y primera dama de manera simbólica a dos figuras representativas de sendos presos de la banda asesina ETA de la localidad.

Lo inaceptable de tales hechos movió a la denuncia de los mismos por parte de Montserrat Canive, concejal del Partido Popular en dicho municipio, que, tras poner en marcha la medida, se convirtió en el objeto de ataques furibundos por parte del alcalde de Amurrio y de un buen número de personas pertenecientes al llamado nacionalismo democrático (no olvidemos que la propia presidenta de Eusko Alkartasuna, Errazti, se desplazó al mencionado municipio para expresar su solidaridad con su conmilitón y, de paso, lanzar las andanadas correspondientes contra aquellos que criticamos actuaciones como las referidas). Personalmente, y como el valor y el arrojo de la concejal del Partido Popular en Amurrio Montserrat Canive, quien debe luchar diariamente en favor de la democracia en circunstancias de hostilidad extrema, me parecen admirables, consideré oportuno desplazarme a la referida localidad el día en el que iba a presentar su denuncia contra el alcalde y los miembros del equipo de Gobierno por lo sucedido, con el fin de expresarle mi solidaridad y cercanía.

En este sentido, puedo asegurar que lo vivido aquel día en Amurrio difícilmente lo olvidaré durante el resto de mi vida. El odio que se palpaba entre muchos de los vecinos que se encontraban o pasaban por el bar al que nos acercamos para tomar algo, los comentarios y comportamientos que por parte de algunos de ellos pudimos escuchar y observar (incluso había quien escupía al pasar cerca de nosotros), constituyen escenas que me traen a la cabeza los peores momentos del nazismo.

Las posteriores declaraciones de Isasi, quien calificaba mi actitud como «provocación» por haber acudido al pueblo en ese momento, acabaron de confirmar mis augurios: realmente la enfermedad que vive la democracia en el País Vasco puede que resulte incurable.En todo caso, lo que le puedo asegurar al mencionado regidor municipal es que si hasta el momento no me he plegado ante la amenaza de una banda terrorista como es ETA, difícilmente me van a amedrentar o a causar en mí el mínimo efecto las palabras de un responsable municipal capaz de imponer una distinción en fiestas a miembros confesos de un grupo de asesinos.

Por cierto, aunque yo fui sola a apoyar a la concejal del Partido Popular (a diferencia de Isasi, no necesito que algún dirigente de mi partido, como hizo en su caso Errazti, acuda personalmente a avalar mis actuaciones, ya que dispongo de suficiente criterio y capacidad de autonomía para asumir las consecuencias de mis actos políticos sin necesidad de ulteriores refrendos) siento que dicho gesto no hacía más que expresar el sentimiento de millones de españoles que en el fondo de sus corazones participan de la misma causa de los que defendemos la libertad en el País Vasco.

En cualquier caso, me gustaría poner de manifiesto que los acontecimientos ocurridos en Amurrio suponen una nueva muestra del verdadero talante de muchos miembros del Partido Nacionalista Eusko Alkartasuna.En concreto, y en lo que a mi persona respecta, he tenido que padecer en lo que va de año no sólo la actitud del mencionado señor Isasi, sino igualmente la del consejero de Justicia, Azcarraga, perteneciente igualmente a dicho partido, que hace escasos meses presentó contra mí una denuncia por gritar «asesinos, asesinos» en una concentración convocada en contra de la banda terrorista ETA tras colocarnos un coche-bomba, que explosionó en una zona de nuestro municipio de Getxo.

Lo delirante de la situación es tal, que si no fuera verdad conduciría al chiste o a la risa, ya que probablemente la actuación de Azcarraga constituya la primera vez en la Historia de un país democrático en la que se procesa a alguien por increpar a un grupo de asesinos.Lo grave de todo lo anterior es, sin embargo, que en el País Vasco el peligro de acudir a una concentración contra el terrorismo no sólo deriva de la posibilidad de ser identificado por personas del entorno de ETA, sino que puede conducir asimismo a una denuncia promovida por las autoridades públicas. Con ello, lo que se está pretendiendo por parte de determinados dirigentes políticos es cercenar la libertad de expresión de aquellos elementos que nos hemos convertido en políticamente incómodos, y conseguir así a medio plazo que nos marchemos todos del País Vasco y lo dejemos en manos de quienes se consideran sus legítimos dueños. Con tristeza he de admitirlo y quiero volver a repetirlo, el asedio que sufrimos muchos constitucionalistas en el País Vasco cada vez me recuerda más al fenómeno de persecución antisemita propio de la Alemania nazi.

En definitiva, circunstancias como las anteriores ponen de manifiesto lo crítico de la situación democrática en el País Vasco, donde la estrategia de los partidos nacionalistas pasa por la confrontación y la negación de aquél que no asume los postulados propios del nacionalismo. Actitudes como la del alcalde del municipio en el que fui elegida concejal (Getxo), Zarraoa, quien ha promovido una campaña de identificación pública de los vascoparlantes mediante la distribución de un distintivo, suponen una peligrosa deriva hacia la marginación y la muerte civil de aquéllos que disienten o no pertenecen a la tribu dominante. Los que nos consideramos demócratas no podemos permitir que conductas como las de Amurrio, las del consejero de Justicia del Gobierno vasco, Azcárraga, o las promovidas en mi municipio por el señor Zarraoa y su equipo de Gobierno municipal se produzcan sin denunciar su gravedad y su significado más profundo. La advertencia ya está hecha, ahora corresponde a los responsables políticos nacionales tomar el guante y actuar en consecuencia. Si no lo hacen, pueden estar seguros de que se plantearán en un futuro graves consecuencias para los españoles y para la democracia en España.

Gotzone Mora es concejal del PSE-EE en Getxo y profesora de la Universidad del País Vasco (EL MUNDO, 25/08/05).