Las fronteras del liberalismo

Por Alan Wolfe, profesor de Ciencias Políticas en el Boston College. Copyright: Project Syndicate, IWM, 2007. Traducción: David Meléndez Tormen (LA VANGUARDIA, 15/07/07):

Cuando se trata de saber si hay que regular la economía y cómo debe hacerse, las sociedades occidentales encuentran siempre una historia de teoría liberal en la que basarse. Pero cuando se trata de inmigración, no hay mucha teoría a la que recurrir. Como resultado, tanto en Europa como en Estados Unidos gran parte del debate está dominado por voces no liberales, y la más insistente proviene de políticos que prometen proteger la integridad cultural de la patria contra la supuesta degeneración del extranjero.

La xenofobia es una respuesta no liberal por parte de la derecha hacia la inmigración, pero el multiculturalismo representa prácticamente lo mismo por parte de la izquierda. Muchos teóricos multiculturales, aunque comprometidos con la apertura hacia los inmigrantes, no lo están con la apertura de los inmigrantes hacia su nuevo hogar. Para ellos, los recién llegados, que viven en un clima hostil a su estilo de vida, necesitan conservar las prácticas culturales que traen consigo, incluso si algunas de ellas – por ejemplo, matrimonios arreglados, segregación por sexo, adoctrinamiento religioso- entran en conflicto con los principios liberales. La supervivencia del grupo cuenta más que los derechos individuales.

Una manera de salir de este esquema es reconocer que el cosmopolitismo es un camino de dos vías. Immanuel Kant nos enseña que las circunstancias en las que nos encontramos siempre se deben juzgar en relación con las circunstancias en las que, si no hubiera sido por la fuerza del azar, nos podríamos haber encontrado. Desde esta perspectiva, es injusto que alguien a quien le tocó nacer en EE. UU. probablemente viva más que alguien nacido en Kenia. Pero eso significa que un neoyorquino debe reconocer que las ventajas que pueda tener sobre un nacido en Nairobi se deben a la suerte más que a su mérito. Desde la perspectiva del cosmopolitismo kantiano, lo menos que puede hacer un estadounidense es abrirse a un cierto nivel de inmigración desde África.

Sin embargo, abrazar el cosmopolitismo también significa que, una vez que una sociedad admite nuevos miembros, éstos están obligados a abrirse a su nueva sociedad. Los multiculturalistas son reticentes a apoyar esta parte del trato cosmopolita, pero los liberales deben hacerlo. Uno puede entender por qué, viviendo en un país extranjero que perciben como hostil, los inmigrantes optan por cerrarse, y algunos países receptores – Francia, por ejemplo- pueden apresurarse demasiado en exigir a que acepten nuevos estilos de vida. Sin embargo, intentar vivir una vida cerrada en una sociedad abierta es una actitud condenada al fracaso y que no debería estimularse.

Un ejemplo aleccionador del trato del cosmopolitismo ocurrió en el 2006, cuando el ex ministro de Exteriores de Gran Bretaña, Jack Straw, planteó su inquietud acerca del niqab, el velo que oculta completamente la cabeza usado por algunas mujeres musulmanas. Straw defendió el derecho de las mujeres de usar prendas para la cabeza que sean menos invasivas; no obstante, también argumentó que algo anda verdaderamente mal cuando, al conversar con otra persona, uno no puede tener una interacción cara a cara.

Straw estaba diciendo que la persona que usa el niqab decide cerrarse a todos quienes la rodean. No estaba planteando un argumento xenófobo de que los musulmanes no pertenecen a Gran Bretaña, o un argumento multiculturalista de que a los musulmanes se les debería permitir usar las prenda que crean que expresa mejor sus sensibilidades culturales y religiosas. Tampoco estaba pidiendo la completa asimilación de los inmigrantes a las costumbres británicas. En lugar de ello, con un ejemplo escogido cuidadosamente, Straw ilustró lo que significa estar abiertos a los demás esperando que ellos también se abran.

Algunos argumentaron que Straw estaba interfiriendo en la libertad religiosa. De hecho, los valores liberales a veces se contradicen entre sí. Por ejemplo, históricamente el islam ha permitido ciertas formas de poligamia, pero ninguna sociedad liberal está obligada a extender la libertad religiosa de modo que socaven su compromiso con la igualdad de sexos. Afortunadamente, el ejemplo de Straw no plantea un dilema así de difícil.

Como lo hizo notar, el uso del niqab no es un mandato del Corán y representa una opción cultural, no un deber religioso. En tanto haya a disposición de las mujeres musulmanas otras maneras de cubrir sus cabezas, aceptar no usar el niqab es una manera de señalar la propia pertenencia a una sociedad liberal, con un mínimo coste en términos de los compromisos religiosos personales.

Para los liberales, la pregunta nunca es si las fronteras deben estar completamente abiertas o cerradas; una sociedad abierta a todos no tendría valores que valiera la pena proteger, mientras que una sociedad cerrada a todos no tendría valores que mereciera la pena imitar. Si se busca un principio abstracto para seguir con respecto a la inmigración, el liberalismo no puede proporcionarlo. Sin embargo, una sociedad liberal permitirá entrar a las personas y hará excepciones acerca de las condiciones bajo las que se les impedirá la entrada, en lugar de mantener a las personas afuera y hacer excepciones sobre cuándo se les permite entrar. Además, una sociedad liberal verá el mundo como un lugar lleno de potencial que, no importa lo amenazante que pueda ser para los estilos de vida que se dan por sentados, obliga a las personas a adaptarse a nuevos retos en lugar de internar protegerse de lo extranjero y desconocido.

Finalmente, una sociedad liberal no se centra en lo que puede ofrecer a los inmigrantes, sino en lo que ellos pueden ofrecernos. La apertura como objetivo – implícita en la inmigración- es algo que vale la pena preservar, en especial, si se ponen en la práctica tanto sus exigencias como sus aspectos más promisorios.