Las Fuerzas Armadas y de Seguridad y las revueltas en Túnez y Egipto

Tema: Las Fuerzas Armadas de Túnez y de Egipto han jugado un papel componedor en el marco de las revueltas vividas en ambos países.

Resumen: En las revueltas tunecina y egipcia, el prudente papel de las Fuerzas Armadas, apareciendo para el caso tunecino como garantes de la estabilidad y como apoyo al proceso de reformas que se abre, y para el caso egipcio como columna vertebral del Estado mientras se aclara la situación en términos políticos, ha contrastado con la resistencia que aún se plantea desde unas potentes Fuerzas de Seguridad que constituían los verdaderos instrumentos de control de ambos regímenes.

Análisis: En este análisis del impacto de las revueltas tunecina y egipcia en los ámbitos de la seguridad y de la defensa se hará una aproximación a cada uno de los países comprobando cómo en ambos las Fuerzas Armadas han venido jugando un papel componedor mientras que las Fuerzas de Seguridad, en las que los presidentes Zine El Abidine Ben Alí y Hosni Mubarak concentraban los esfuerzos en términos de control, constituyen verdaderos obstáculos de cara a la transformación de ambos países.

Las Fuerzas Armadas y de Seguridad tunecinas en la etapa post-Ben Alí

Las revueltas iniciadas el 17 de diciembre en el interior del país y que llegaron en pocas semanas a la capital, provocando la huída de Ben Alí el 14 de enero, tuvieron dicho desenlace gracias en buena medida a que las Fuerzas Armadas no se involucraron en la represión de las mismas. La negativa del jefe de Estado Mayor de la Defensa, el general Rachid Ammar, a utilizar a sus efectivos como apoyo de las Fuerzas de Seguridad fue determinante para que Ben Alí decidiera marcharse. Tras ello, y en el marco de las complejas negociaciones en las que se está intentando diseñar la transición, las Fuerzas Armadas se erigen, según palabras del propio general Ammar pronunciadas el 24 de enero, en “garante de la revolución” y en “protector del pueblo y del país”, tranquilizando aún más si cabe al afirmar: “Protegemos la Constitución y no saldremos de este marco”. Ammar, en este cargo desde que en 2002 falleciera su predecesor, Rachid Skik Abdelaziz, en un accidente de helicóptero en el que también murieron cinco coroneles, cuatro comandantes y dos tenientes, había sido ascendido por Ben Alí el pasado verano de general de División a general de Cuerpo de Ejército.

El centenar largo de víctimas mortales de las revueltas hubieran sido muchas más si las Fuerzas Armadas hubieran estado involucradas en los esfuerzos para sofocarlas, especialmente en la capital. Para explicar el porqué de esta reacción es necesario destacar, por un lado, las diferencias entre las reducidas Fuerzas Armadas comparadas con las muy nutridas Fuerzas de Seguridad, y, por otro, las desavenencias entre ellas. Las Fuerzas Armadas cuentan con 35.800 efectivos (27.000 para el Ejército de Tierra, 4.800 para la Marina y 4.000 para el Ejército del Aire), según el último balance anual realizado por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), frente a unas Fuerzas de Seguridad sobredimensionadas: junto a los 12.000 efectivos de la paramilitar Guardia Nacional, diversas fuentes coinciden en contabilizar unos 150.000 miembros en los abundantes cuerpos policiales. Guardia Nacional y fuerzas policiales estuvieron involucrados en la represión de las protestas iniciadas en diciembre y fueron los que tras la huída de Ben Alí protagonizaron días de violencia contra la población y de refriegas con los servidores de las nuevas autoridades. En esas semanas las Fuerzas Armadas se limitaron a proteger instalaciones sensibles para la defensa, y cuando Ben Alí trató de utilizarlas en labores represivas se produjo el plante del general Ammar, el 13 de enero, que provocó su destitución y arresto domiciliario. Luego, ante el vacío de poder creado, sí jugaron un papel constitucional en la recuperación de un marco de seguridad sofocando polos de resistencia, y contribuyeron a la detención, en Ben Guerdane el 15 de enero, del jefe de Seguridad de Ben Alí, el general Alí Seriati, quien como otros servidores directos del presidente huido trataba de alcanzar Libia. A título de ejemplo, Ammar jugó un papel crucial para salvar la vida del ministro del Interior Fargat Rahji, un magistrado al frente de tan sensible cargo del que habían sido destituidos en pocos días dos predecesores, Rafik Belhaj Kacem y Ahmed Friaa, cuando el 31 de enero fue atacado por entre 2.000 y 3.000 fieles a Ben Alí. Junto a ello, el almirante Ahmed Chabir era nombrado el 2 de febrero nuevo director de la Seguridad Nacional, se destituía a 30 oficiales de la Policía y se nombraba a nuevos comandantes policiales en siete provincias clave. Todo ello está provocando tensiones en el seno del aparato de seguridad heredado que toman a veces la forma de reacciones violentas, especialmente cuando el Comité para el Respeto a las Libertades y a los Derechos Humanos publicaba a principios de febrero una lista de 133 individuos que simplemente han cambiado de puesto pero que siguen presentes en órganos como la Dirección de Seguridad, la Policía, la Guardia Nacional y la Administración de Prisiones. Una lista que se añade a esta y que fue publicada por el periodista opositor Rachid Bagga, que incluye las biografías detalladas de 14 altos cargos, ha hecho aún más estragos y un momento especialmente delicado en términos de seguridad se está viviendo ahora, cuando a dichas publicaciones se han añadido el nombramiento de nuevos gobernadores en las 24 provincias del país, el resurgimiento de actos violentos protagonizado por funcionarios policiales con resultado de muertes en lugares como El Kef, junto a la frontera argelina, abusos en Gafsa y en Kasrine, disparos de nuevo en la capital, o el sospechoso abandono de sus puestos de agentes en muchas comisarías. Todo ello provoca movilizaciones populares de protesta, contra nombramientos que se interpretan como cosméticos o contra ejemplos de impunidad como el intento de Habib Ammar, compañero de promoción de Ben Alí y jefe de la Guardia Nacional en 1987, de desembarcar en la política.

Tal situación ha llevado a que el Ministerio de Defensa haya llamado, el 7 de febrero, a quienes hayan pasado a la reserva de todas las armas desde 2006 y a los soldados de reemplazo de los dos últimos años a volver a filas, en un intento de compensar el desequilibrio que aún existe entre Fuerzas Armadas y Fuerzas de Seguridad que es y será uno de los desafíos más importantes en la deseada transformación de Túnez en un Estado libre, democrático y de derecho.

Las Fuerzas Armadas y de Seguridad egipcias y su papel en los recientes acontecimientos

Las Fuerzas Armadas egipcias son la verdadera columna vertebral del Estado, han luchado en sucesivas guerras convencionales contra Israel y han desarrollado a la vez con respecto a este enemigo histórico unas relaciones nuevas a raíz de la firma, el 26 de marzo de 1979, de los Acuerdos de Paz de Camp David. A pesar de ello guardan entre la población la imagen de esforzados combatientes –los egipcios perciben que en la guerra de octubre de 1973 jugaron un papel ejemplar, y el hoy tan vilipendiado presidente Mubarak es un héroe de la misma– y su intervencionismo en los asuntos del Estado se explica por su papel en la construcción y protección del mismo. Es bueno recordar ahora que la cairota Plaza Tahrir se ha convertido con las revueltas iniciadas el 25 de enero en un escenario conocido mundialmente, que fueron las Fuerzas Armadas las que le dieron ese nombre en 1952, tras el golpe de Estado ejecutado por los Oficiales Libres con Gamal Abdel Nasser al frente para derrocar al Rey Faruk.

Aquí, las Fuerzas Armadas han jugado, como en Túnez, un papel discreto en el marco de las revueltas iniciadas el 25 de enero, y ello se explica por varios motivos. El primero está relacionado con una de las cualidades que distinguen a los militares por doquier: la disciplina. Debemos de recordar que la cúpula del poder político egipcio y la cúpula de las Fuerzas Armadas han sido históricamente una desde que Egipto se hiciera de verdad independiente. La convulsa década de los 50 estuvo marcada por el susodicho golpe de Nasser, por la nacionalización del Canal de Suez, por la guerra inmediata de 1956 y por el esfuerzo post-bélico para poner en marcha de verdad el Estado. Nasser aún hubo de librar otra guerra con Israel, la de los Seis Días en junio de 1967, y tras su fallecimiento en 1970 fue sucedido por otro miembro de la cúpula militar: el general Anuar El Sadat. Este último libró en 1973 esa guerra del Yom Kippur o del Ramadán, en octubre de 1973, que cualquier egipcio hoy considerará que fue ganada por los árabes, aunque para la Historia el resultado final fuera otro, y fue también el líder que decidió dar el paso, valiente y muy arriesgado en la época, de firmar una paz en solitario con Israel. Tras ser asesinado Sadat en octubre de 1981 por islamistas radicales infiltrados en el Ejército, en un magnicidio liderado por un teniente y televisado en directo al mundo al producirse durante un desfile militar, Hosni Mubarak, general de la Fuerza Aérea y héroe de la guerra de 1973, subió al poder, donde permanece hasta hoy.

En Egipto las revueltas comenzaron de forma mucho más improvisada que en Túnez, y produjeron resultados rápidos que fueron desconcertantes incluso para quienes las iniciaron, pues tuvieron como sorprendente resultado el arrinconamiento de Mubarak que se vería obligado a tomar medidas como fue el nombramiento, el 29 de enero, como vicepresidente del general Omar Suleimán, en un cargo que llevaba vacante tres décadas, y como primer ministro del también general Shafiq, para llevar adelante las reformas que se le exigían desde dentro y fuera del país. Los graves disturbios producidos en Suez el 25 de enero, con tres muertos, en una jornada bautizada en los medios de conexión social como el “día de la ira” que producía también choques en El Cairo y Alejandría, se producían en la jornada en que se celebraba el “Día de la Policía”.

Los nombramientos de los generales Suleimán y Shafiq deben de ser entendidos como una reacción política ejecutada entre cuadros que son a la vez líderes políticos y militares. Suleimán había sido hasta entonces el responsable de los Servicios de Inteligencia, bien conocido y muy valorado dentro y fuera de Egipto, y es el hombre al que se le situaba en cualquier caso en todos los escenarios de futuro para el país, y Shafiq había sido anteriormente jefe de la Fuerza Aérea, entre 1996 y 2002, y ministro de Aviación Civil desde entonces. Las otras dos figuras centrales en términos militares en estas semanas son el jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el general Sami Hafez Enan, también procedente de la Fuerza Aérea, y el ministro de Defensa, el mariscal Mohamed Hussein Tantawi, quien fuera anteriormente jefe del Ejército de Tierra. La sorpresiva revuelta obligó al general Enan a volver precipitadamente al país el 28 de enero desde Washington DC, donde se encontraba celebrando reuniones en el Pentágono enmarcadas en la jugosa cooperación bilateral en materia de Defensa. Llegados e este punto es importante destacar que, aunque blindada, la cúpula militar sí había llegado a mostrar a su comandante en jefe su disgusto ante la tendencia a ir posicionando a su hijo, Gamal Mubarak, como sucesor. La penetración progresiva de los jóvenes tecnócratas de Gamal en la cúpula del Partido Nacional Democrático y del poder había ido creando molestias en un aparato que había funcionado durante décadas con una lógica castrense. Altos mandos de las Fuerzas Armadas egipcias, como ocurre con sus homólogos chinos y entre los países árabes con, entre otros, los argelinos, suelen abundar en la dirección de actividades varias como industrias, hoteles y otras. Aunque no se sabe si el presidente había tomado en consideración las discrepancias de sus camaradas lo cierto es que las reformas obligadas de ahora han resuelto al menos esta cuestión y Mubarak, como su homólogo yemení Saleh, ya ha renunciado a presentar a su vástago como heredero político.

El papel de las Fuerzas Armadas en las últimas semanas de presiones sociales pero también de sangrientos disturbios –saldados hasta ahora con alrededor de 300 muertos– ha de ser calificada pues como de componedora y ello por varios motivos. Por un lado, su misión formal no es la de involucrarse en esfuerzos de seguridad interior, para lo que ya existen unas bien nutridas Fuerzas de Seguridad, y, por otro, es preciso también referirse al efecto sorpresa dada la velocidad con la que se produjeron los primeros acontecimientos. Ello se une a la ya explicada cohesión forjada en torno a su jefe máximo. Aunque en un primer momento la tranquilidad de su reacción pareció dar impulso a las protestas hemos de recordar que, tras el primer discurso presidencial, las Fuerzas Armadas desplegadas en los primeros momentos en las calles cairotas transmitieron a la población el mensaje de que había que volver a casa, dificultaron con sus controles las concentraciones en el centro de la capital y en concreto en la Plaza Tahrir y nada hicieron para impedir el paso a los grupos pro-Mubarak que el 2 de febrero atacaron a las masas opositoras. Por otro lado, detalles como la presencia del ministro Tantawi, de uniforme, en la Plaza Tahrir el 4 de febrero, puede interpretarse como parte de ese esfuerzo de unas Fuerzas Armadas populares por confraternizar y tranquilizar a la población. Dicho esfuerzo nos recuerda al desarrollado en Túnez por el general Ammar, y en Egipto era el portavoz del Ejército, Ismail Teman, quien el 31 de enero aseguraba que “el Ejército no tiene intención de utilizar y no utilizará la fuerza contra el pueblo”.

Las Fuerzas Armadas egipcias cuentan hoy, según el IISS, con 468.500 efectivos, que se doblan cuando se le añaden los 479.000 integrantes de la reserva. En cuanto a las Fuerzas de Seguridad en sus distintos cuerpos, están integradas por 397.000 efectivos, 325.000 pertenecientes al Ministerio del Interior, 60.000 a la Guardia Nacional y 12.000 a la Guardia Fronteriza. En clave de futuro es importante preguntarse qué papel jugarán esas Fuerzas Armadas para coadyuvar a recuperar la calma, y ello e independientemente de la fórmula política que se encuentre tras haberse sufrido días y semanas de caos, con prisiones –al menos las de Abu Zaabal, Tora, Fayoum y Wadi Natroum– que eran vaciadas de presos comunes y también de terroristas, incluyendo algunos palestinos que huyeron a la franja de Gaza por los túneles de Rafah, con comisarías asaltadas por todo el país y con robos de armas que serán difíciles de recuperar, y con una población que ha tenido que organizarse y armarse para hacer frente a los saqueos. La recuperación del control obligará además a un renovado trabajo de las impopulares Fuerzas de Seguridad –curiosamente desaparecidas de las calles el 28 de enero para luego aparecer de nuevo el 31, e impasibles ante los ataques contra los manifestantes opositores de seguidores de Mubarak que provocaron el 2 de febrero más de 1.500 heridos– avaladas desde la penumbra por unas Fuerzas Armadas que en principio no tienen por qué intervenir en tales operaciones. Los militares son hoy visibles en puntos estratégicos de El Cairo y de urbes también sensibles como Alejandría, y su actitud era considerada ejemplar por el secretario de Defensa estadounidense Robert Gates el 8 de febrero, pero aún está por ver si se verán obligadas a intervenir si la violencia crece y las impopulares Fuerzas de Seguridad no son capaces de controlar la situación, como ha venido ocurriendo puntualmente en Túnez. Para tratar de sanear dichas Fuerzas de Seguridad y hacerlas más eficaces y mejor aceptadas se producía en el marco de la remodelación ministerial de 31 de enero la sustitución del ministro del Interior Habib Ibrahim El Adly, responsable de las reacciones policiales de los primeros días y objetivo de las iras de los manifestantes, por el general en la reserva procedente de la Policía y antiguo responsable de la Administración de Prisiones Mahmoud Wagdi. El Adly era ministro del Interior desde noviembre de 1997, cuando su predecesor, el general Hassan Al Alfi, fue destituido fulminantemente al producirse en Luxor el 17 de aquel mes la matanza de 62 turistas por terroristas de Gama’a Al Islamiya. En esa línea, y en paralelo a sus tranquilizadoras palabras pronunciadas el 31 de enero por Ismail Teman, portavoz del Ejército, con las que transmitía que las Fuerzas Armadas no utilizarían la fuerza contra el pueblo, también afirmaba que “el Ejército no permitirá actos violentos que pongan en peligro la seguridad del país o causen graves daños en la propiedad”. En cualquier caso la labor de saneamiento político y de seguridad en Egipto será ímprobo dada la desvertebración de una sociedad que podría ser más fácilmente manipulable que otras más estructuradas: recordemos que una teoría conspiratoria como la que ubicaba al general Enan en la capital estadounidense preparando un golpe de Estado es sólo un botón de muestra de lo que pueden ser intentos futuros de manipulación de la población.

En términos regionales, la situación no es mejor y aunque este aspecto queda para un análisis posterior cabe señalar que, en las vecindades israelí y palestina (franja de Gaza), a través de la tradicionalmente vulnerable Península del Sinaí, se abren múltiples incógnitas. Para Israel la previsible desaparición de la Jefatura del Estado de Mubarak es una mala noticia y, aunque la cohesión de la cúpula militar y la presencia de Suleimán como vicepresidente es tranquilizadora, el nuevo mapa político que a buen seguro se dibujará en el país preocupa. Sean cuales sean las líneas maestras de este, ascenderán en protagonismo grupos y líderes que sienten una gran animadversión por Israel, comenzando por los Hermanos Musulmanes que dirige Mohamed Badie y que cuentan al menos con medio millón de miembros.

Conclusiones: De lo anteriormente expuesto deducimos que, hoy por hoy, las Fuerzas Armadas de Túnez y de Egipto han jugado un papel componedor en el marco de las revueltas vividas en ambos países. Como quiera que estas aún no han terminado y que los procesos de transición son aún muy vulnerables, se verán obligadas a ser protagonistas, en Túnez apoyando una urgente y obligada reforma y redimensionamiento de unas Fuerzas de Seguridad sobredimensionadas y aún con numerosos fieles a Ben Alí, y en Egipto manteniendo un difícil equilibrio entre su fidelidad a quien ha sido su jefe supremo durante 30 años y las exigencias de cambio que emanan de la sociedad. También en Egipto se hace obligada la reforma de unas Fuerzas de Seguridad que, como en Túnez, constituían los instrumentos de control de sus regímenes personalistas y autoritarios. Sin dicha reforma del aparato de seguridad las transiciones en marcha en ambos países se verán puestas, más pronto que tarde, en entredicho.

Por Carlos Echeverría Jesús, profesor de Relaciones Internacionales de la UNED.

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