Las futuras guerras del agua

Uno de los mayores desafíos internacionales a corto y medio plazo es la gestión del agua. Tenemos un grave problema de suministro a nivel global que se traduce ya en conflictos.

El Pacific Institute de Estados Unidos contabiliza en tiempo real todos los enfrentamientos por el agua a nivel global. En los dos últimos años pandémicos, suma ya 201. Según el Pacific Institute, "los conflictos se clasifican en tres grupos: el agua como raíz de la disputa; el agua como arma (por ejemplo, el control de presas para retener el flujo o provocar inundaciones); y el agua como objetivo para diezmar al enemigo".

La mayoría de estos conflictos son todavía  pequeñas disputas entre comunidades dentro de un país, pero también se cuentan algunas acciones de guerra. Como la destrucción, a finales de febrero, de una presa ucraniana por parte de Rusia para cortar el agua a Jersón y Crimea. O conflictos entre naciones, como la disputa legal entre Chile y Bolivia por los derechos del río Silala, que ya dura más de dos décadas.

Pero hay más. Esta situación es particularmente compleja en regiones áridas como el Sáhara u Oriente Medio, donde se dice que los conflictos ya no son por petróleo, sino por agua. El caso más célebre es el triple enfrentamiento entre Turquía, Siria e Irak, cuyas tensiones se remontan a la década de los 60 por el Tigris y el Éufrates.

Ambos ríos nacen en el país otomano, transcurren por el sirio y desembocan en la costa iraquí. Hasta la fecha no ha habido consenso entre las partes, siendo el agua, además, un elemento usado habitualmente como objetivo en la eterna guerra siria.

En 1975 ya hubo movilización de tropas sirias e iraquíes en la frontera, aunque ambos países acabaron uniendo fuerzas contra Ankara cuando esta decidió cortarle el grifo a los otros dos.

La situación se agrava hoy por la falta de responsabilidades. La región pierde agua más rápido que cualquier otra zona del planeta, mientras que Turquía está ejecutando un plan de construcción de 90 presas y 60 centrales eléctricas. En 2019, cuando Ankara comenzó a llenar una de sus presas por la pertinaz sequía, el flujo que llegó a Irak se redujo a la mitad, provocando multitud de problemas de salud, epidemia de cólera incluida.

Groenlandia, tradicionalmente poco relevante a lo largo de su historia, es hoy oscuro objeto de deseo a fuer de la mayor reserva de agua dulce del mundo. Nuuk es independiente de Dinamarca, pero aún forma parte de una suerte de Commonwealth con Copenhague. Su papel en la futura explotación del Ártico es fundamental y, por ejemplo, Estados Unidos ha porfiado en numerosas ocasiones para comprar la isla.

Las tensiones por el agua también son altas en el Nilo Azul. Etiopía prosigue con el megaproyecto de la faraónica Gran Presa del Renacimiento de Etiopía, lo que en mayo del año pasado provocó la reacción de Sudán y Egipto, quienes realizaron maniobras militares conjuntas bajo el explícito nombre de Guardianes del Nilo.

En el mar de Aral, los -stán (Kirguistán, Kazajistán, Turkmenistán, Tayikistán y Uzbekistán) viven momentos de estrés periódicos como dientes de sierra.

El río Jordán es además pieza clave en el conflicto de la cuenca del Mediterráneo entre Israel y los países musulmanes.

El norte indio es otro punto caliente. Allí, el Indo, el Ganges y el Sutlej nacen en el lado tibetano de la frontera (es decir, bajo ocupación china), y son capitales para el suministro tanto de la India como de Pakistán. Nueva Deli, cuyos enfrentamientos fronterizos con Pekín son cada vez más frecuentes (militares muertos incluidos), acusa a los chinos de construir estructuras para reconducir el flujo de los ríos. China, además, tiene sus propios intereses en el Mekong, donde pugna con sus vecinos del sudeste asiático por un río clave que es, hoy por hoy, de los más contaminados del mundo.

Indirectamente, el crecimiento demográfico y la falta de agua también provocan desplazamientos. En el Sahel, por ejemplo, hay informes frecuentes de violentos enfrentamientos entre pastores y agricultores.

Y es que, a lo largo del siglo XX, el uso mundial de agua creció más del doble que la tasa de aumento de la población. La falta de suministro afecta ya al 40% de los seres humanos y tanto la ONU como el Banco Mundial estiman que la falta de acceso al agua podría poner a 700 millones de personas en riesgo de desplazamiento para 2030.

En este punto, diferenciar entre escasez y falta de suministro es clave. Los datos y la realidad, como es habitual, nos muestran una realidad mucho más prosaica. Por ejemplo, según el Observatorio de la Sostenibilidad, las precipitaciones en España apenas han variado en los últimos cincuenta años en términos brutos. Sin embargo, en ese mismo periodo, las necesidades de agua en ciudades y núcleos de gran población se han incrementado. España, normalmente aludida como baremo de la salud del agua, es en efecto un reflejo de la situación global.

Verbigracia, Omán es mucho más seco que Irán o Irak, pero cuenta con una excelente estructura hídrica, así como ínfimos índices de corrupción. Por su parte, tras varios enfrentamientos, Sudáfrica, Botsuana, Lesoto y Namibia formaron la Comisión del Río Orange-Senqu (Orasecom), que lleva años generando beneficios para todas las partes.

Paralelamente, la ciencia avanza. Y aunque sus soluciones son costosas y de difícil implementación, comienza a dar sus frutos. El 50% del agua consumida en Arabia Saudí proviene ya de sus plantas de desalinización. Estados Unidos ha invertido más de 800 millones de dólares en el desarrollo de proyectos de investigación, y hay sobre la mesa revolucionarios planes como el Sahara Forest Project, que propone sacar agua del mar Rojo, desalinizarla con renovables, y cosechar unas 130 toneladas de vegetales al año sin agua y sin lluvia.

Igualmente, grandes empresas están entrando en la gestión del agua, lo que plantea un encendido debate sobre una privatización del agua que podría ser garantía de eficiencia gestora. Capitales como UBS, Allianz, Goldman Sachs, Deutsche Bank, HSBC o BNP han hecho poderosas inversiones en el denominado "mercado del agua".

Este es el escenario que algunos ya llaman "guerras del agua" u "oro azul". Pero lo cierto es que vivimos tiempos de superlativas predicciones, especialmente las que tienen que ver con el futuro de la humanidad. Y si bien la tentación de fustigarse con un escenario próximo a Arrakis o a la Australia de Mad Max es grande, la realidad demuestra que el problema no parece ser tanto la escasez de agua, sino (como decíamos ut supra) el propio suministro y la falta de consenso y cooperación.

Andrés Ortiz Moyano es periodista y escritor.

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