Las guerras civiles iraquíes

El notable incremento del ritmo de atentados en las ciudades iraquíes anuncia la presencia de una amenaza de muy graves consecuencias, sobre todo después del inicio de la retirada de las fuerzas de Estados Unidos del país. Esta situación es muestra también de cómo el objetivo de los atentados no eran sólo las tropas estadounidenses, sino también Irak y la unidad de su pueblo. Hemos visto a grupos atacar numerosas iglesias y ahora destaca la fuerte controversia en torno a Kirkuk, que podría correr el riesgo de caer en una guerra civil que superaría los límites de esta ciudad kurda y podría llegar a convertirse en un conflicto devastador que acabaría tal vez en la fragmentación del país.
El ayatolá Alí Al-Sistani, gran autoridad chií del país, ha advertido de que los recientes atentados pueden desestructurar Irak hasta llevarlo al caos. Esta advertencia está justificada, pues los ataques recuerdan a los numerosos actos de violencia que precedieron a la llegada de las tropas extranjeras al país. Esta violencia también causó un estado de escisión sectaria con graves consecuencias a todos los niveles: político, económico y social. Este aviso coincidió también con el llamamiento realizado por parte del movimiento social denominado ‘El Frente Iraquí de Acuerdo’, en el que se proponía elaborar una ley que regule el proyecto de reconciliación nacional mediante la creación de un órgano independiente de trabajo. De esta manera, podría aplicarse un sistema que ayudase a superar todas las deficiencias y desequilibrios que afectaron y afectan al proceso político.

El Gobierno iraquí, por su parte, ha revelado por medio de un portavoz oficial su deseo de llevar a cabo una reforma política que verá la luz en un período en el que el debate entre las fuerzas políticas sigue causando estragos en la ley electoral. Todo esto no es más que una muestra de la profunda crisis que está viviendo Irak, una crisis cuyas soluciones no se encontrarán en los discursos sino en un razonamiento objetivo y lógico. Algunos diputados del Parlamento han advertido del peligro que supondría la creación de una sección sectaria a partir de las acciones de algunos bloques políticos que invitan a la fragmentación. Todo el mundo es consciente, con independencia de su secta, etnia o religión, de que actualmente no hay en Irak una estabilidad que propicie la seguridad ni la paz, sino un estado de cuestionamiento que está llevando al pueblo a una tumba perpetua.

Hasta el momento, no hay razón para creer que las cosas van en la dirección correcta. De hecho, Irak se está enfrentando a un serio dilema debido a los problemas étnicos y sectarios. Son divisiones que Estados Unidos ha contribuido a reavivar y a colocar en la vanguardia de la acción política debido a su método de distribución del territorio. De continuar este sistema, llevaría al país árabe a enfrentarse a una grave situación que desencadenaría numerosas y devastadoras guerras civiles cuyo único resultado sería la división del país. Hoy en día, si observamos la realidad de las zonas kurdas, sectarias y religiosas, la división se está haciendo cada vez más evidente y se sigue obstaculizando todo proceso de posible reconciliación política.

Recientemente, hemos podido escuchar cómo el viceprimer ministro trasmitía la demanda del ayatolá Alí Al-Sistani y la necesidad de seleccionar a funcionarios cualificados para cubrir los puestos de trabajo, independientemente de su religión, credo o raza. Sin embargo, la realidad va más allá y, actualmente, toda competencia política del país está organizada a partir de facciones sectarias y étnicas. Dominan, por tanto, grupos violentos y sangrientos que llevan a cabo acciones devastadoras y que están sumiendo a Irak en una división que crearía un territorio sin base para la supervivencia o la viabilidad.

En nuestras mentes quedan las innumerables tragedias que ha sufrido el país a causa de la presencia de fuerzas extranjeras, pero no hay que olvidar que todos esos atentados y actos de violencia han provocado algo peor aún: la acentuación de las diferencias entre los iraquíes, los del pueblo, organizados ahora en etnias y sectas que conllevan guerras de facciones e incendios devastadores. Estos enfrentamientos recuerdan a las dolorosas escenas de la guerra civil en Líbano (1975-1990) y es lamentable que los propios iraquíes sean incapaces de ver el grado de peligro que supone seguir con su comportamiento. Se abre paso un panorama de atentados con bomba, de escalada de violencia, frente a la gran tranquilidad y estabilidad que podría haber logrado el país con el comienzo de la retirada de los estadounidenses de las ciudades iraquíes.

Salah Serour, director del Centro de Estudios Orientales y Mediterráneos (El Faro), Bilbao.