Las guerras de la señora Thatcher

Por Fred Halliday, profesor visitante del Institut Barcelona d´Estudis Internacionals (IBEI) y profesor de la London School of Economics. Autor de Revolución y política mundial: auge y caída de la sexta gran potencia (Palgrave, 1999). Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 28/05/07):

Hace pocos años, en mi despacho de la London School of Economics, recibí la visita de una extraña aunque sagaz e inteligente personalidad, el fallecido Guido Di Tella, que fue ministro de Asuntos Exteriores argentino y en la época de nuestro encuentro profesor visitante de la Universidad de Oxford. La familia de Di Tella goza de reputación y varios de sus miembros se cuentan entre los más destacados intelectuales liberales argentinos. En una ocasión ya había tenido ocasión de oír a Guido en el curso de su intervención en un seminario de la LSE sobre las relaciones de Argentina con el resto del mundo. Tras repasar los dramas de dos regímenes presididos por el líder militar populista Juan Domingo Perón y sus esposas Evita e Isabel (1945-1955, 1974-1976), la insurrección proletaria, la feroz represión militar, la llamativa pero fatídicamente errada lucha guerrillera, la economía extremadamente cíclica que en los años veinte del siglo XX fue una de las más prósperas del planeta y – tema no menos importante- la guerra de las Malvinas de 1982, Di Tella pronunció un sincero alegato en favor de que Argentina pudiera ser un día un país normal, incluso aburrido. «Por una vez – dijo- ¡seamos como Austria o Nueva Zelanda!». A los oídos de cualquier persona argentina presente en la sala o de alguien que, como yo, fue durante años susceptible y vulnerable a la seducción y la retórica de su política y a quien incluso habían conmovido las cambiantes e imprevisibles pasiones tan vivas en su fútbol y sus tangos, tal propósito sonó a vana esperanza. No obstante, siendo como era un liberal optimista e inveterado anglófilo, Di Tella persistió en su empeño.

No obstante, su visita obedecía a un motivo más concreto. La guerra de las Malvinas había terminado hacía más de diez años, no se habían registrado más combates y recientemente, en 1995, Gran Bretaña y Argentina habían alcanzado un acuerdo sobre el acceso a caladeros de pesca próximos a las islas, la autorización de vuelos regulares entre el sur de Argentina y Puerto Stanley y, en términos generales, habían acordado reducir la tensión. El presidente Menem, remoto vástago del populismo de Perón, había efectuado incluso una visita a Gran Bretaña rindiendo homenaje a los británicos muertos en la guerra. Sin embargo, Di Tella no las tenía todas consigo: el gobierno británico y los propios habitantes de las islas Falkland se engañaban a sí mismos figurándose que se trataba de una paz duradera. Conociendo a Argentina como la conocía – y a sus fuerzas internas que fomentaban el nacionalismo-, Di Tella juzgaba que esta extraña y desusada conciliación corría el riesgo de no funcionar y era menester mantener conversaciones sobre soberanía conjunta u otros mecanismos para acercar las posturas entre ambas partes. Di Tella había impulsado varias iniciativas para llamar la atención de la elite política británica sobre la cuestión e incluso, en una de las iniciativas de paz más extraordinarias de los tiempos modernos, trató de congraciarse con los isleños en Navidad enviando a cada familia una felicitación junto con un osito Winnie the Pooh.

La iniciativa de Di Tella no dio pie a variación alguna en las posturas públicas británica o argentina. Ha sucedido, por el contrario, lo que Di Tella predijo. El clima político de Argentina está cambiando. El presidente actual, Néstor Kirchner, ha recusado el acuerdo de 1995 negándose a reconocer algunos de sus puntos clave. La odisea de esta situación de punto muerto en el plano nacionalista y militar acabará tarde o temprano por estallar – como predijo Di Tella- para descrédito de los sucesivos gobiernos británicos que han rehusado coger el toro por los cuernos. La reivindicación británica de estas islas a 13.000 kilómetros de Gran Bretaña es insostenible desde cualquier punto de vista racional, geoestratégico y de sentido común, como si Japón reivindicara parte del territorio de Suffolk. Se trata de una de las reliquias del colonialismo que como tal debería abordarse y dársele solución. Debería reconocerse a los isleños el correspondiente derecho a la indemnización y el reasentamiento – como en el caso de todas las personas desplazadas-, pero llevar esta tarea a cabo en beneficio de una población de menos de 3.000 personas apenas constituye dificultad, aparte de que estos residentes encontrarían gran número de lugares donde se sentirían a gusto en Escocia, Gales, Nueva Zelanda o Australia.

El argumento de que Londres ha de respetar los deseos de los isleños es, asimismo, ridículo: conceder a una población inferior a 3.000 habitantes el derecho de decidir asuntos en materia de estrategia, diplomacia e interés económico es consentir de manera grotesca y absurda en una actitud que, por cierto, no cabe deslindar del todo de una sospecha de racismo dado que en el momento en que las fuerzas armadas británicas defendían las islas, el mismo gobierno Thatcher negociaba con Pekín la cesión de más de 6 millones de ciudadanos de Hong Kong sin siquiera consultarlos.

Sin embargo, las lecciones de la guerra de las Malvinas son más profundas, pues dan cuenta de una de las principales cuestiones implicadas en la valoración de la legitimidad de cualquier guerra: la de su proporción. Los isleños no se veían amenazados de carnicería alguna, expolio ni deportación por parte de los argentinos. Alrededor de 100.00 británicos o de descendencia británica – incluida la madre de la princesa Diana- vivían tranquilamente y sin problemas en Argentina: tenían un Harrods en Buenos Aires, cantidad de clubs y colegios privados estilo inglés y jugaban al polo.

La guerra no atañía, por consiguiente, al propósito de salvar vidas sino al de proteger una forma y modo de vida. Sin embargo, en pos de esta causa vaga y nebulosa aunque de alto voltaje emotivo y sentimental, hubo de morir un millar de jóvenes, 649 argentinos y 258 miembros del personal británico aparte de otros 1.068 heridos en el lado argentino y 777 (algunos con terribles quemaduras y cicatrices de por vida) en el lado británico. Sin asomo de lógica, ley ni humanidad se legitimó así que en apoyo de una guerra ilegítima y sobrevalorada este conflicto arrojara un balance de víctimas igual o mayor que la población total de las propias islas. Esta guerra fue un crimen de alcance paradigmático del que deberían haber sido responsabilizados ambos gobiernos y que mostró al mundo un terrible ejemplo de vidas perdidas y consentimiento en reivindicaciones y demandas disparatadamente desproporcionadas: imperialistas en un lado, nacionalistas en el otro.

Las consecuencias de esta guerra fueron, en varios sentidos, paradójicas. Gran Bretaña y Argentina restablecieron paulatinamente relaciones, ayudados en la empresa por el regreso de la democracia a Argentina en 1983, acontecimiento que la derrota de las Malvinas indudablemente había acelerado. Como se ha apuntado, las islas han conocido una gran prosperidad. En cierto modo, la guerra no entraba en el marco más general de la política internacional del momento: mientras la URSS condenaba el papel desempeñado por Gran Bretaña, comprobé en una visita a Moscú en julio de 1982 que la señora Thatcher era muy popular tanto entre la población general como entre el estamento militar. El corresponsal de The Times en Moscú, Richard Owen, me dijo que aunque mucha gente consideraba que su periódico era el órgano oficial de la clase dirigente y del propio gobierno británico, había recibido cientos de mensajes de felicitación dirigidos a él y a la señora Thatcher por la «gran victoria técnica y militar en el Atlántico sur». Pude también comprobar (extremo desconocido para el mundo exterior) en una visita a Zagorsk cerca de Moscú que una misión militar de compras argentina de alto rango había estado en la URSS durante la guerra y había estampado su firma en el libro de huéspedes dispuesto al efecto en el monasterio de esta localidad. Pero todo ello pasa por alto un factor aún más importante que tenía lugar en ese momento y que la secreta colaboración entre Estados Unidos y Gran Bretaña durante la guerra contribuyó a consolidar. Y es que, mucho más que las absurdas carnicerías de la guerra de las Malvinas, el impacto principal de la política de la señora Thatcher se haría sentir a largo plazo. Porque, al tiempo que con gran fanfarria y revuelo neoimperialista se dirigían las operaciones militares en el Atlántico sur, seguía su curso, sin publicidad alguna, otro empeño militar británico – en este caso más trascendental e importante-: esto es, el compromiso en la guerra de Afganistán. Y así fue como en esta campaña militar – en la que Gran Bretaña se sumó a Estados Unidos, Pakistán y Arabia Saudí en las tareas de instruir, financiar y armar a las guerrillas de los muyahidines y alentar a jóvenes árabes activistas a ir a luchar allí- se sembraron las semillas de futuros conflictos y estallidos. Se enviaron fuerzas especiales británicas del Special Air Service (SAS) a Pakistán y a Afganistán para ayudar a las guerrillas afganas en tanto se enviaban combatientes afganos a Gran Bretaña a recibir instrucción; se empleó a tal fin, sobre todo, un valle escocés dada su similitud con ciertas áreas de Afganistán para entrenar a los militantes en el derribo de helicópteros soviéticos. Es posible que la guerra de las Malvinas haya ejercido un limitado impacto en el panorama internacional, pero el conflicto afgano, con todo lo que significó luego para Asia y para el auge del terrorismo islámico, tuvo indudablemente un gran impacto. Y este factor debería también formar parte del balance de la señora Thatcher y de sus guerras.