Las hijas de Lilith

Una de mis películas favoritas del género negro sigue siendo 'Perdición' ('Double Indemnity', 1944), de Billy Wilder, sobre todo por esos diálogos tan punzantes que podrían competir en intensidad con una final en Wimbledon:

-Mire, nena, no podrá conseguirlo. Quiere acabar con él, ¿no?

-Es horrible lo que dice.

-¿Por quién me ha tomado usted? Un tipo que se encuentra con una mujer guapa y le dice: «Buenos días, hago seguros sobre maridos. ¿Tiene alguno que ya no le sirva?, ¿no le agradaría convertirlo en dinero? Sonríale y usted a cobrar». Me ha debido de tomar por tonto.

-Es usted un canalla.

-Usted no, mientras yo no sea su marido.

-Salga de aquí.

-Claro que saldré de aquí, nena. Y ahora mismo.

No me cansaría de rebobinar el duelo en blanco y negro entre el agente de seguros encarnado por el guapo soso de Fred MacMurray y la pérfida Barbara Stanwyck, una vampiresa de manual. Una de esas mujeres fatales ávidas de dólares, muy sexuales y ambiciosas, depredadoras, un poco borrachas, con un pasado poco recomendable y alguna imperfección a cuestas, como las medias rotas y los labios a medio pintar de Dinah Brand en 'Cosecha roja'.

El marbete 'femme fatale' -'fatale' significa «mortífera»- se acuñó en el siglo XIX como crisol de una larga retahíla de malvadas que se extendía desde el mito de Lilith, la primera esposa de Adán para la tradición judía, y aun de más allá. Según la leyenda, Lilith fue creada del barro, igual que el primer hombre -no de sus costillas-, y cuando Adán quiso dominarla, ella lo abandonó para acabar convertida en un demonio con un poder especial para dañar a los recién nacidos. En parte, Lilith representa el rechazo de la maternidad

Sin embargo, por muy pérfidas que resulten estas damas imaginadas, suelen ocultar un estigma, un rastro de vulnerabilidad, el tropiezo que las apartó del buen camino, tal vez porque, como aduce la escritora Marta Sanz en 'El libro de la mujer fatal' (451 Ediciones, 2009), el estereotipo de la 'femme fatale' es el producto de una mirada masculina. «Las fatales encarnan valores de una lucha por la existencia que se mira en el espejo de la competitividad, la masculinidad y el capitalismo -escribe Sanz-. Las fatales no parecen descendientes de aquellas primates hembra que bajaron de los árboles y se hicieron recolectoras de frutos, solidarias y comunitarias».

Por así decirlo, es como si no hubiera término medio en las criaturas femeninas de ficción: o la vampiresa masculinizada -la oveja que se descarrió- o bien la 'donna angelicata', la exaltación de la insulsez, esos personajes tan inocentes y bondadosos que rayan en la estupidez (la tara solo se perdona en la novela victoriana).

Viene todo esto a cuento por una polémica, un debate amistoso, que viene cociéndose en el mundo académico británico. Ha sacado el asunto a la palestra la doctoranda Charlotte Barnes, a quien, en la elaboración de una tesis sobre el personaje femenino violento, le ha sorprendido no tanto su infrarrepresentación como la práctica ausencia de debates feministas de fondo que admitan sin aspavientos la mera existencia de la mujer violenta. Como si también en la ficción la violencia fuera patrimonio masculino.

Pone como ejemplo el caso de la novela (y película) 'Perdida Gone girl', de Gillian Flynn, y las piedras que llovieron sobre la autora por pergeñar un personaje como Amy Dunne, una psicópata amoral, obsesiva y sin escrúpulos, en pie de igualdad con cualquier villano masculino. El argumento de la narración -ojo, que asoman 'spoilers'- se basa en buena parte en la maquinación por parte de la protagonista de al menos dos falsas imputaciones por violación.

Quizá por tratarse de un tema tabú, espeluznante e intocable, acusaron a la autora de haber creado en su novela «caricaturas misóginas» y de mostrar a lo largo de su obra una «profunda animadversión hacia las mujeres», aun cuando la misma Flynn se considera feminista. En su página web, la escritora asume haber dibujado un retrato poco complaciente con las mujeres, ¿pero no vendría siendo hora de asumir la parte fea? Dice tener hambre de malvadas en la ficción, no la típica madre gélida, ni la malcarada que solo piensa en agenciarse un par de tacones nuevos, sino malas de verdad. De las que no necesitan motivos.

Si nos fastidia el tópico de la mujer víctima, maternal y demasiado emotiva, tampoco deberíamos tildar como misógino todo aquello que desagrade o incomode.

Me atrevería a decir, sin embargo, que los cambios más interesantes en la representación de personajes femeninos se están dando precisamente en la literatura escrita por mujeres, criaturas de papel que desafían la maternidad tradicional, los modelos hegemónicos y van más allá de las variaciones en tono a la 'femme fatale' y la ninfómana. La cosecha está madura.

Olga Merino, periodista y escritora.

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