Las historias húngaras y nosostros

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 28/07/07):

Hay pueblos de lectores y sociedades donde se lee a duras penas. Nosotros somos de los últimos y Hungría de los primeros. Un idioma endiablado respecto al que los propios húngaros tienen una actitud condescendiente; afrontan con ironía el problema de sus múltiples vocales y están exentos de ese gesto virulento de los paletos según el cual la lengua es la esencia del ser de un pueblo. La lengua es un medio para entenderse, no para enfadarse. Me da en imaginar que algún día un espíritu irónico e iconoclasta, posiblemente alemán y siguiendo la arrolladora estela de Heine, escribirá un artículo demoledor a propósito de aquella frase de Heidegger en la que afirmaba que sólo había dos lenguas para la filosofía, el griego y el alemán. ¿Y sabe usted alguna otra, maestro? No, la verdad es que no, fuera del latín del seminario y el griego de mesa camilla, que expresarme no sabría hacerlo ni en griego antiguo ni en moderno, y si viajé a Grecia fue ya jubilado. Y de francés, para andar por casa y para la visita ya tardía a Lacan por ver si tenía cura la perversidad ideológica. Recuerdo la sorpresa de Chillida, el escultor, cuando inició la conversación con Heidegger en Ginebra para la mierda de libro que les salió entre los dos – el negocio fue suculento, eso sí- y comprobó perplejo que el pastoreo del ser estaba reñido con hablar francés, porque al viejo filósofo se le abrían las costuras. Nos pasa a todos incluso fuera de la Selva Negra cuando no sabemos idiomas y nos apalancamos con el de nuestro propio paisanaje.

Abruma la cantidad de mitos filisteos sobre los que se ha construido nuestro canon cultural. La primera traducción española del Tractatus de Wittgenstein la perpetró en Salamanca don Enrique Tierno Galván.

Fue necesaria la transición democrática, y el silencio de la omertà académica, para que la editorial madrileña se decidiera a traducirlo de nuevo y no escandalizar por más tiempo a los letrados. Uno de los traductores punteros del pensamiento anglosajón en España, mi paisano don Fernando Vela, todo un tipo y toda una cultura, secretario de la Revista de Occidente y su principal traductor, periodista brillante, no tenía ni idea de hablar inglés. Sabía el inglés de diccionario y, si le preguntaban por la hora, en inglés of course,debían escribírselo en un papel.

Cuentan, y es verdad, que la embajada británica en Madrid, perpleja ante aquel caso insólito, le invitó cuando ya estaba en la últimas a hacer su primer y último viaje a Gran Bretaña. ¿Don Eugenio d´Ors, políglota? Digamos que hablaba francés con empaque, pero el alemán lo había perdido en las brumas de su propia leyenda y el italiano era teatral, como la inmensa mayoría de la inteligencia española, que cree entender el italiano por referencia, por mor del gusto clásico. Santiago Carrillo, otro paisano mío, le escribía una carta a Dolores Ibárruri – vivió cerca de 30 años en Moscú y no sabía descifrar los titulares de Pravda-, allá por los años sesenta, en la que comentaba cómo había descubierto durante un congreso del PCI que su italiano tenía acento toscano. ¡De Gijón y como el Dante! Está de más decir que Carrillo no tiene ni idea del italiano escrito, hablado, o por señas.

Nuestra inteligencia no fue políglota y aún pagamos ese peaje. Hay excepciones pero muchas menos de los que ha instituido el canon de la cultura. No creo que haya algo más indigno que la lectura de las críticas que se le hicieron al gran José Gaos cuando desde su exilio mexicano traduce a Heidegger y las lumbreras locales del franquismo, entonces empozadas en aquella mixtura de falangismo y nacionalcatolicismo de los Laín, los Aranguren y hasta el joven Valverde, le reprochaban cosas que luego ocultarían cuidadosamente. Me pondría a contar historias lingüísticas hispánicas y no pararía, empezando por los esfuerzos de los ilustrados por romper el cerco idiomático, hasta don Juan Valera, que tan poco uso hizo de su facilidad andaluza para la gracia y los idiomas, incluso Ganivet, o Unamuno y su leyenda danesa sobre Kierkegaard. O Antonio Machado, un profesor espantoso de francés. Con las lenguas, como con la música, hay que esperar a los años veinte y luego a la II República. Hasta entonces hay excepciones, muy pocas, y mucha zafia petulancia. Unamuno – un oído de madera de roble- reprochaba que los pianistas interpretaran los Estudios de Chopin. ¡Se estudia en casa!

¿Y adónde voy con este exordio sobre la impermeabilidad lingüística de la cultura española? Pues de momento a Hungría. Ya habrá ocasión de volver a la Península con especial delectación sobre el rectángulo portugués. (Ortega y Gasset vivió durante casi diez años, intermitentemente, en Lisboa, y tenía a orgullo no haber pronunciado jamás una palabra en portugués). Los húngaros y su relación con la lengua me han recordado a los holandeses. Si aquella mesnada golfa de intelectuales catalanes de baratillo, en vez de salir corriendo subvencionados hacia los países bálticos – ¿se acuerdan de aquel viaje letón? ¿O era Lituania?- hubieran ido a Holanda, ellos hubieran ganado en civilización y nosotros en tranquilidad. Conscientes de las dificultades auténticas de un idioma difícil, que constituye una singularidad con escasos apegos a otras lenguas, los húngaros traducen muchísimo y lamento no poder extenderme sobre las singularidades de sus traductores. Aquí sería impensable que una editorial se encandilara con Sánchez Ferlosio, o con Elvira Lindo – hay una-, o con algún autor contemporáneo que le plazca a un editor con personalidad. En el fondo, el futuro de las editoriales cada vez se parece más al de las galerías de arte. El marchante escoge lo que le gusta o bien selecciona lo que pueda darle más dinero. Cada cual cultiva su clientela.

Para hacernos una idea de lo que es una sociedad cultural y no esa ñoñería para avispados llamada cultura nacional,idea que hoy, en el siglo XXI, no es más que mezcla homeopática de paleto y de fascista, bastaría citar una historia que me impresionó. A nadie en la televisión húngara se le hubiera ocurrido nunca proponer a dos de sus futbolistas más emblemático – Ladislao Kubala y Ferenc Puskas- como jalones en su cultura durante el siglo XX. Pues bien, lo que no hacen los propios húngaros lo puede programar la Televisió de Catalunya. Entre las insólitas personalidades de la cultura catalana del siglo pasado figuraba, y en primerísimo lugar, un futbolista húngaro, Ladislao Kubala. En otra época hubiera pensado que se trataba de una deriva enfermiza; hoy no me queda más que adaptarme a esa peculiaridad de confundir cultura y culturismo.

Hablar de la cultura húngara en España exigiría referirse a los traductores. Cada traductor húngaro al castellano, o al catalán, ofrece una galería de tipos que merecería la pena reseñar. Ahí hay historia y cultura, y valor y orgullo del de verdad, no del que pagan las instituciones. Y también personalidades poco conocidas como Nicolás Muller. Nadie fotografió a Pío Baroja, a Ortega y Gasset, y a la España de los cincuenta como Nicolás Muller. Muller introdujo un tipo de fotografía centroeuropea que nosotros no conocíamos.

Si admiro la cultura húngara es por su permeabilidad. Un idioma imposible sobre el que ellos tienen chistes agudos, y que consienten, por ejemplo, buscar a Ricard Salvat para que les monte en el principal teatro de Budapest su obra más racial, más emblemática, La tragedia del hombre,de Madách, un autor del XIX, empapado de trascendencia telúrica y romántica. ¿Se imaginan el Teatre Nacional de Catalunya, esa gran mona pascual concebida por un milhomes y diseñada por un fantasma, contratando a un extranjero para representar Terra Baixa?Obviando, lo que es mucho obviar, que entre el ambicioso Madách y el humilde Guimerà hay demasiado trasiego literario.

¿Y qué decir de la cocina húngara? Hay un libro desaforado, escrito a cuatro manos y dos estómagos orondos, obra de Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias, una perla editorial hoy inencontrable que publicó Lumen en 1972 gracias a la magnífica editorial húngara Corvina, ya desaparecida. Ahí está todo, la riquísima tradición popular y la contundente cocina burguesa de Karoly Gundel y su mítico restaurante a la vera del parque municipal de Budapest – ¿se han fijado en que hemos permitido que liquidaran los restaurantes emblemáticos de la Barcelona burguesa mientras los plumillas se pasman ante tanto éxito posmoderno?-.

Algún día podremos reconstruir lo que fue el mundo húngaro y lo que aprendimos de él, no precisamente en el fútbol, sino en la literatura, en la música, – la casa de Bela Bartok en las afueras de Budapest se alquila para eventos-, en la fotografía, en la traducción – habría que reconstruir la cruel biografía de Judit Xantus, traductora fundamental del mundo hungárico- e incluso pedirle a Ricard Salvat que nos contara cómo una sociedad que acababa de salir de la tragedia del comunismo, que hubiera dicho Marai, fue capaz de ponerse a disposición de un extranjero para que les expusiera cómo abordar la literatura del país desde un ángulo nuevo.

Siempre nos quedará el Tokai. Un brindis y la seguridad de que al margen de nuestras ignorancias sobre Hungría, posiblemente el mejor vino de Tokai que se hace en esa hermosa región, lindando con Eslovaquia, se llama Oremus y pertenece a una bodega española de prestigio.

Pocas veces en mi vida me he sentido tan confuso como ante el espectáculo húngaro, el de una sociedad arrolladora y yo mirando. ¿De verdad esta gente va en serio? Si es así, nos arrolla.