Las horas más oscuras de la diplomacia

En la actualidad, la diplomacia no goza de su mejor momento. Muy al contrario: la resistencia a las soluciones diplomáticas es una característica común de la mayoría de los conflictos más importantes.

Afganistán seguirá desangrándose hasta que los aliados finalmente reconozcan que solo negociando con los talibanes tienen alguna opción de poner fin a la guerra. Pero Occidente tendrá también que reconocer que los conflictos con un potente componente cultural y religioso no se pueden solucionar solo por vía militar, lo cual apunta al fin del ostracismo del islam político: Hamás y Hezbolá, por ejemplo.

Mientras tanto, el imparable impulso de Irán para desarrollar armar nucleares podría terminar convirtiéndose en la mejor demostración del fracaso de la comunidad internacional para atemperar la marea nuclear en la región. El conflicto palestino-israelí sigue siendo la misma farsa diplomática que ha sido tantos años. Y nada ha atenuado las tensiones de Israel con Siria y con Líbano.

La historia nos enseña con demasiada frecuencia que la diplomacia produce resultados solo cuando tras ella hay un país con un poder abrumador. Esa fue la visión de mundo del presidente estadounidense y premio Nobel de la Paz Theodore Roosevelt, gran promotor del expansionismo estadounidense: “En el largo plazo, una guerra justa es mucho más beneficiosa para el espíritu de un hombre que la más próspera paz”. Un siglo después, otro presidente estadounidense, Barack Obama, sumergido en dos guerras inútiles en Oriente Próximo, recibió su Premio Nobel de la Paz con una defensa de las “guerras justas”.

De hecho, en el listado de premiados con el Nobel de la Paz no faltan hombres -Roosevelt, George Marshall, Menájem Begin, Anuar el Sadat, Isaac Rabin, Yasir Arafat y Henry Kissinger- que acabaron reconociendo los límites del poder militar o simplemente siguieron la máxima de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política con otros medios. Los conflictos comienzan a abrirse a soluciones diplomáticas solo cuando las partes se ven atrapadas en un penoso y mutuo punto muerto. Sin esa condición, ni las resoluciones de Naciones Unidas ni las iniciativas de paz prematuras pueden interrumpir la dinámica de la guerra. Solo entonces las fórmulas de reparto del poder -como las de Irlanda del Norte, Líbano, Guatemala o Irak- surgen como una alternativa realista.

La sólida intervención militar de la OTAN, no la diplomacia europea, fue lo que creó las condiciones para el fin del genocidio y la limpieza étnica en la antigua Yugoslavia. Martti Ahtisaari me

-rece plenamente su Premio Nobel de la Paz por articular una solución diplomática para el impulso independentista de Kosovo, pero no podría haberla alcanzado antes de que Serbia hubiese sido humillada en el campo militar. Con todo lo alentador que pudo haber sido, el pacífico divorcio de terciopelo de Checoslovaquia en dos Estados no ha sido la norma en Europa u otros lugares.

Si no hubiera sido por la guerra de Yom Kippur de 1973, Israel y Egipto jamás habrían llegado a un acuerdo de paz. Y fue la primera guerra del Golfo y la Intifada palestina lo que creó las condiciones para la Conferencia de Paz de Madrid de 1991 y los Acuerdos de Oslo subsiguientes. Tras el asesinato de Isaac Rabin, ha ido cobrando fuerza la idea de que cualquier acuerdo entre israelíes y palestinos sería la “paz de los agotados”, no la “paz de los valientes” de Rabin.

No obstante, el conflicto palestino-israelí es sui géneris: o bien el punto muerto en que las partes se encuentran desde hace seis décadas no es lo suficientemente insoportable, o prefieren pagar el precio del conflicto en lugar de arriesgar su ethos nacional. Tal es la falta de esperanza en una solución negociada hoy en día que parecen estar ganando terreno los partidarios de una solución impuesta por la comunidad internacional.

Los conflictos internos que terminan no con un punto muerto de ambos sino con una abrumadora victoria de una de las partes, rara vez producen soluciones diplomáticas. Largos años de mediación e interminables propuestas de paz en el conflicto de Sri Lanka no pudieron poner fin a la guerra y a la devastación de comunidades tamiles enteras. La paz llegó solo con la derrota total e incondicional de los Tigres Tamiles rebeldes.

De manera similar, el que Chechenia, Biafra, Tíbet o las áreas kurdas de Oriente Próximo no hayan podido convertirse en Estados independientes se puede atribuir enteramente a su impotencia militar. En cambio, Eritrea, Timor Oriental y partes de la antigua Yugoslavia lograron la independencia al llevar al agotamiento a sus ocupantes y/o a sus rivales internos.

Hay pocos casos en que la diplomacia haya tenido éxito en prevenir la guerra. Casi invariablemente, los mayores éxitos diplomáticos se han alcanzado tras baños de sangre, en lugar de precederles.

En 1919, John Maynard Keynes pidió a los hombres de Estado de la Europa posterior a la I Guerra Mundial que abandonaran su estridente patriotismo para construir un futuro de paz basado en la integración europea. Lamentablemente, fue necesaria otra guerra mundial para convencer a los líderes europeos de la validez de su enfoque. La Unión Europea -imperio alcanzado a través de la diplomacia y el consenso- surgió de las cenizas.

No obstante, debemos resistirnos a caer en el fatalismo. El nuevo presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, demostró un genuino coraje al interrumpir una dinámica de guerra con Venezuela y bajar el tono con todo el eje bolivariano (Venezuela, Ecuador y Bolivia) al dar nuevos bríos a los canales diplomáticos de la región. Fue un paso realmente revolucionario desde la política del ruido de sables al duro trabajo de crear una paz regional.

No hay duda en que todavía hay muchas esperanzas en la diplomacia popular, en la sociedad civil que se moviliza por la paz. Con frecuencia, es necesario que los Gobiernos se vean obligados a aceptar la inevitabilidad de llegar a acuerdos debido al nivel de presión que reciben desde las bases sociales. El apoyo de la sociedad civil para cerrar la brecha psicológica entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte ayudó a cimentar el camino de la paz. Y la retirada de Israel de Líbano en mayo de 2000, tras 18 años de inútil ocupación militar, reflejó en gran parte el inmenso impacto del “Movimiento de las Cuatro Madres” sobre el Gobierno de Israel.

Sin embargo, la diplomacia popular por sí misma nunca obliga a las autoridades políticas a poner fin a las guerras y firmar la paz. La diplomacia oficial comienza donde termina el campo de batalla. Lamentablemente, en los conflictos militares más importantes de la actualidad todavía no se ve ese límite en el horizonte.

Shlomo Ben Ami, ex ministro israelí de Asuntos Exteriores y en la actualidad vicepresidente del Centro Internacional Toledo por la Paz. Es autor de Scars of war, wounds of peace: the israeli-arab tragedy (Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí). © Project Syndicate, 2010. Traducido por David Meléndez Tormen