Las izquierdas en su laberinto

Las actuales discusiones y luchas en los partidos de la izquierda, en el PSOE y en Podemos, no son una muestra de democracia interna, como dicen, sino que lo nuevo no acaba de nacer, y lo viejo no termina de morir. Es un momento de nueva identidad en los socialismos. Tras el desplome del mundo soviético, el paradigma socialdemócrata dio una vuelta de tuerca asumiendo la New Left aunque manteniendo el objetivo tradicional de forjar la Sociedad Nueva. A eslóganes como justicia social, sociedad sin clases, o distribución de la riqueza, se añadieron elementos procedentes de la Nueva Izquierda, como el multiculturalismo, el tercermundismo, o el ecologismo y el feminismo obligatorios, amén de los derechos de tercera generación, tales como la autodeterminación o la paz.

El método para llegar a la remozada Sociedad Nueva era y es ser revolucionario, pero sin hacer la revolución, como escribió Eduard Bernstein, uno de los padres de la socialdemocracia alemana; es decir, vencer la mentalidad liberal y democrática, dominar las creencias populares, imponer valores propios, y de ahí, llegar al Poder y usar la legislación.

La hegemonía cultural de la izquierda instalada en los medios, la cultura, la educación y el discurso político podrían hacernos imaginar que la Sociedad Nueva está por venir. No nos engañemos. Ya está pasando. Desde 1945 se van dando pasos para ello, como señaló Hayek en su Camino de servidumbre. Hoy el problema es el agente que debe dar el siguiente paso en el advenimiento del “paraíso”, y la naturaleza de dicho paso. Dicho de otra manera: el dilema es la palanca del cambio.

La encarnación consecuente del nuevo paradigma socialdemócrata es el populismo socialista. La razón es que es mucho más eficaz en sociedades infantiles y democracias sentimentales, como la nuestra, que todo lo esperan de un Estado no protector, sino paternalista y entrometido. Es el Estado Minotauro del que hablaba Bertrand de Jouvenel, en el que gobernar es cuantificar políticas sociales para mantener las necesidades físicas del hombre y, al tiempo, crear un laberinto estatista, mental y legal, del cual no se puede escapar.

Los populistas socialistas, en cambio, son una amalgama imposible de unificar por su naturaleza y territorialidad. Las izquierdas son visionarias, evangelizadoras, dogmáticas y proselitistas. Propagan una verdad que divide en bandos: los que ya la descubrieron, los que todavía no, y los que la ocultan. El carácter de religión laica del socialismo es innegable; incluso así lo decía el historiador marxista Eric Hobsbawm.

El sectarismo propio de esta ideología secular sólo aumenta el cainismo intrínseco a la política, su división y purgas. A esto se le une la ley de hierro de las oligarquías, que ya definió Michels hace cien años: toda organización, por muy democrática que se diga, articula mecanismos para el dominio continuo de sus dirigentes. Tampoco debemos olvidar los problemas derivados de un partido-movimiento; es decir, aquel compuesto por grupúsculos asamblearios y territoriales fundados en su autonomía y el poder de sus jefes, con un liderazgo histriónico y leninista en este caso, el de Pablo Iglesias.

El conjunto es tan inviable como ingobernable. Sin embargo, su capacidad para aprovechar el sustrato ideológico sentimental de la sociedad española, y el impagable auxilio de los medios, sobre todo la televisión, les ha valido para marcar la agenda política y sus conceptos. Esto ha desconcertado a la izquierda tradicional, al PSOE, pero sin llegar a construir una alternativa política capaz de arrasar en las elecciones. Por esto, la división tribal entre pablistas, errejonistas, garzonistas, anticapitalistas, los cabecillas locales y los que surjan era algo predecible por ser consustancial a una formación de este tipo. El resultado caótico es propio de la sociedad del espectáculo, aquella que tan bien definió Guy Debord: la importancia de las ideas, personas y cosas está en la eficacia de su teatralidad. Y Podemos es autor y víctima de su teatro.

El PSOE no es ya ni una sombra de lo que fue. Las apelaciones a la política socialdemócrata de los años de Felipe González, con dinero europeo, no hacen sino presentar a los socialistas como algo del pasado, sin futuro, y vinculado a lo que los populistas llaman “casta”. El fenómeno no es solo español: también está pasando en otros países europeos. La Tercera Vía de Blair y Schröder, y su adaptación francesa de Jospin a Valls, ha sido un espejismo. Los socialistas son un recuerdo, engullidos por la aceptación general del paradigma socialdemócrata, pero desbordados por el éxito de la New Left. Da igual el debate entre Susana Díaz y Patxi López. ¿Qué diferencia hay? Sólo matices y códigos de tribu, pero ambos representan a esa socialdemocracia pretérita. Pedro Sánchez, por otro lado, ha adoptado el nuevo paradigma, pero tarde, sin la virtud de la novedad de los podemitas, y con una maquinaria anticuada.

Los socialismos se encuentran perdidos en un laberinto existencial. Ni siquiera vale el viejo mito de la “casa común de la izquierda”, porque a la competencia por la hegemonía política y la supervivencia se ha unido el cada vez menor reparto de cargos y presupuestos -motor de los partidos viejos y nuevos-, y el rencor primitivo entre las familias de unos y otros. Sólo saldrá del laberinto el que encuentre la fórmula consistente y atractiva para su electorado de avanzar hacia la Sociedad Nueva, y se convierta en mayoritaria en el imaginario progresista; un nuevo altar donde sacrificar las pocas libertades que aún nos quedan.

Mientras, al fondo, Minotauro se frota las manos.

Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense y coautor del libro ‘Contra la socialdemocracia’ (Deusto).

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