Las lágrimas de Dios

Por Tahar Ben Jelloun, escritor. Premio Goncourt 1987. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 19/04/06):

Israel y Occidente no sólo dejan malparados a Hamas y al pueblo palestino en Palestina, sino al propio principio de la democracia. Al rechazar los resultados obtenidos en las urnas y castigar al nuevo Gobierno palestino, no hacen más que ahondar el foso ya de por sí enorme que divide el mundo árabe y el mundo occidental. Un foso hecho de incomprensión e ignorancia.

Privar a los palestinos de las ayudas económicas que Europa les suministra habitualmente es una injusticia y un error; es, asimismo, un insulto. Un error, porque tal circunstancia no hará más que fomentar la radicalización de un movimiento que ha accedido al poder por medios democráticos; es rechazarlo, es confirmarlo en su fanatismo y en la negación de todo diálogo. Es un insulto al principio del sufragio universal, aceptado y respetado cuando lleva al poder a un George W. Bush que no para de abofetear los principios de la misma democracia al violar los derechos humanos y librar una guerra ilegal; un principio rechazado y combatido cuando los resultados electorales no gustan, al provenir de unos palestinos que han dado su voto de confianza a candidatos islamistas.

Personalmente, no comparto la filosofía ni los métodos de Hamas, pero ¿qué derecho hay a negarle la victoria, dado que estamos hablando del veredicto de la democracia y de las urnas? Como cuestión previa, se le exige que reconozca al Estado de Israel; de lo contrario, se le cortarán los medios de subsistencia. Leamos las palabras del historiador israelí Shlomo Sand (Le Monde, 14/ IV/ 2006): “El Estado de Israel -es un hecho- no ha reconocido nunca una Palestina según las fronteras de 1967, como tampoco ha reconocido a Al Qods (la parte árabe de Jerusalén) como capital del Estado palestino; ¿por qué, en estas condiciones, reconocer a un tal Israel?”.

Ante el anuncio de la victoria de Hamas, Israel asaltó el 14 de marzo una cárcel palestina en Jericó para evitar la fuga o la libertad de un líder radical -que fue trasladado a una cárcel israelí- condenado por la Autoridad Nacional Palestina por el asesinato del ministro de Turismo israelí Rehavam Zeevi. Todo el mundo pudo ver a los internos de la cárcel en calzoncillos, humillados de modo espectacular. Esta demostración de fuerza y de desprecio no puede menos que reforzar el sentimiento de frustración agravado por la falta de perspectivas de futuro de la población. Añádase a ello el aislamiento que aflige a este pueblo por haber nombrado representantes que no gustan y se obtendrá una situación explosiva.

El 17 de abril, un joven kamikaze de la Yihad Islámica se hizo saltar por los aires en el restaurante próximo a la antigua estación central de autobuses de Tel Aviv, con el resultado de nueve muertos y decenas de heridos. Una organización ha declarado que “este atentado constituye la respuesta a las agresiones israelíes contra Gaza”. Según los medios de comunicación israelíes, durante la primera quincena de abril más de 300 obuses cayeron a diario al norte de la franja de Gaza. Los palestinos ya no cuentan a sus muertos (Le Monde, 14/ IV/ 2006).

El padre del kamikaze, que ha sido detenido, ha declarado que su hijo había abandonado los estudios, ya que había perdido la esperanza de encontrar trabajo y vivir en paz. En realidad, se sacrificó llevando consigo a la muerte el número más elevado de inocentes posible. Esta lógica espantosa no data de ayer. Es el resultado de un encadenamiento de factores que no deja de agravarse. La ocupación y los ataques preventivos de que es objeto la población palestina comportan reacciones suicidas, que a su vez provocan represalias cada vez más mortíferas.

Israel construye un muro de separación bajo la mirada benévola de Estados Unidos e incluso de Europa, y lo hace no sobre su propio suelo, sino sobre el de los palestinos; el proyecto pretende no sólo aislar a este pueblo, sino también anexionarse la parte oriental de Jerusalén con sus santos lugares.

Esta política no franqueará ninguna puerta de la paz. Al contrario, radicalizará a quienes no tienen nada que perder. ¿Cómo salir, entonces, de este atolladero? ¿Qué hacer para que esta región del mundo recupere el pulso normal de las cosas?

Suele relatarse una historia en la que el Papa, al encontrarse con Dios, se pone a llorar. Dios le pregunta entonces el motivo de su llanto. Y el Papa le responde: “Señor, la influencia y el peso de la religión disminuye a ojos vistas, Estados Unidos bombardea pueblos inocentes…”. Dios le dice que deje de llorar pues Él lo arreglará todo. El Papa se enjuga las lágrimas derramadas y añade: “Señor, me he olvidado de hablaros del conflicto palestino-israelí”. Y, entonces, ¡es Dios el que se pone a llorar!

Confiemos en que esta guerra que dura desde hace más de medio siglo sea alcanzada por la gracia de un milagro, de una paz auténtica gracias a la cual, por fin, judíos y árabes aúnen su inteligencia -y sus pasiones- para dar lo mejor de sí mismos a la humanidad.

No hagamos llorar a Dios: ¡trae mala suerte!