Las lágrimas de Isinbayeva

Hay deportes que se las tienen con la duración, y otros que se la juegan contra el tiempo y el espacio. Los primeros son deportes de resistencia y, en su máxima expresión, de elaboración refinada y de fuerza desplegada, a veces, hasta la extenuación. En ellos, prima la mirada a larga distancia, la estrategia, el cálculo y, cuando se tercia, la previsión geométrica de las formas. La duración, en ocasiones, permite incluso la belleza del ornamento, los destellos fugaces y gratuitos, la ingeniería orgánica de una totalidad compuesta de elementos heterogéneos. Y, sobre todo, lo que bien puede considerarse como la victoria sobre la duración: el dominio de los periodos de espera, la paciencia encarnada en dosis alternas de prudencia y atrevimiento. Entre los deportes de grupo, el fútbol puede considerarse de estos, pero sólo cuando está en manos de arquitectos refinados como Guardiola. Entre los individuales, el paradigma sería el ciclismo y, también, el tenis o el maratón. Puesto que el combate es contra la duración, tienen que ver con la épica y, a veces, con la tragedia. Su grandeza se mide por la desmesura, y su miseria, por derrochar la duración en forma de tedio.

Sin embargo, hay otros deportes, decíamos, que se la juegan contra el espacio y el tiempo. Son los deportes metafísicos, incluso poéticos. Se concentran hasta la destilación. No se despliegan, sino que se encierran en sí mismos hasta convertirse casi en un soplo. Son deportes en esencia y no disponen de margen para lo accidental, pues todo es nervio. Como lo humano es espacio y tiempo, en estas coordenadas, que son las que nos definen como especie, trazan su combate. Los romanos lo entendieron muy bien: citius, altius, fortius.Más rápido, más alto, más fuerte. Ahí están los límites de la corporeidad humana: la fortaleza en la rapidez y en la altura. Todo está en contra, empezando por la pesadez, pues miren que somos pesados los humanos, bueno, unos más que otros. Y contra lo pesado se rebelan estos deportes, llevando el cuerpo de algunos más rápido y más alto de lo que la gravedad tolera. Y, cuando esta rebelión sucede, en su vertiginosa rapidez, los cuerpos aparecen tan fugaces que casi rascan lo invisible: visto y no visto. Suerte tenemos de la cámara lenta, que los muestra, ralentizados, una y mil veces, en su fuga hacia la casi desaparición.

Por eso no es extraño que los momentos más gloriosos de los Mundiales de atletismo en Berlín se los hayan llevado algunos de esos privilegiados que cultivan estos deportes metafísicos y poéticos. En primer lugar, por encima de todos, Usain Bolt, que empezó arrasando en la, con justicia, considerada prueba reina del atletismo: los cien metros lisos. Un partido de fútbol o de tenis permite una cabezada y, muchas veces, todo continúa estando ahí, igual, como si nada hubiera pasado. Con las tres semanas de un Tour o un Giro, ni les cuento: casi permiten una hibernación. Sin embargo, cuando corre Bolt, hasta un bostezo nos deja sin verlo. Ganó y, además, pulverizó su propio récord. En once centésimas: una barbaridad. Nadie antes había roto el récord del hectómetro con esta diferencia. Luego llegaron los 200 metros, la carrera con que la tradición consagra al hombre más rápido del planeta. Todos daban por segura su victoria. Pero Bolt hizo más, aparte de ganar: volver a rebajar aquí el récord del mundo... ¡en once centésimas! Los cabalistas tienen carnaza para elucubrar de lo lindo. Pero cuenta otro detalle: sacó diez metros, ¡diez!, al segundo clasificado: tampoco aquí hay precedentes en la historia del atletismo. Ya es leyenda, como escribió en estas páginas Carlos Martín. Ahora sólo corre contra sí mismo, como los más grandes.

También saltaba sólo contra sí misma la reina de la pértiga, Yelena Isinbayeva, la perfección de la altura. Medalla de oro olímpica en Atenas y Pekín, oro en los Mundiales de Helsinki y Osaka. La encarnación contemporánea de aquel enigmático tuffatore de Paestum,en Pompeya, pintado en un sepulcro en el momento de saltar por los aires, hacia el vacío, sin esperar más recompensa que la belleza gratuita de su gesto. Como sucede con las carreras de Bolt, los saltos de Isinbayeva consiguen la prodigiosa ilusión de que lo imposible parezca fácil, cotidiano, casi al alcance de cualquiera. Pero no es así: esos segundos mágicos destilan años de esfuerzo, siglos de historia. Pero en Berlín Isinbayeva no pudo saltar, ni acercarse a esos cinco metros que dejó abajo en Pekín en lo que ya constituye una de las imágenes míticas de unos Juegos Olímpicos. Y su caída fue la viva imagen de la desolación. Isinbayeva rompió a llorar, desconsolada, balbuceando frases sin demasiado sentido. Pero esas lágrimas no eran las de una derrota o un fracaso. Sus lágrimas llevaban la sal de la vulnerabilidad, la esencia de lo frágil. Un casi nada, pero que lo es todo. También de eso se alimenta la leyenda. De lo que, por ser tan grande como es, puede, sin que se sepa cómo, acabar en nada. Humano, demasiado humano.

Xavier Antich