Las lecciones de China para el Banco Mundial

Por Jeffrey D. Sachs, catedrático de Economía y director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. © Project Syndicate, 2007 (EL PAÍS, 27/05/07):

El periódico China Daily publicó hace poco en su portada una información en la que contaba que Paul Wolfowitz empleaba amenazas y groserías para presionar al personal del Banco Mundial. Al mismo tiempo, mientras se producía el escándalo de Wolfowitz, China acogía al Banco Africano de Desarrollo (BAD), que celebró la asamblea de su junta directiva en Shanghai. Ésta es una clara metáfora del mundo de hoy: mientras el Banco Mundial se ve atrapado en la corrupción y la controversia, China eleva hábilmente su perfil geopolítico.

Durante la asamblea de la junta del BAD, tuve la oportunidad de participar en reuniones entre altos funcionarios chinos y africanos. Los consejos que recibieron los líderes africanos de sus homólogos chinos fueron sensatos y mucho más prácticos que los que suelen obtener del Banco Mundial.

Las autoridades chinas subrayaron el papel crucial de las inversiones públicas, sobre todo en agricultura e infraestructuras, como forma de sentar las bases para un crecimiento que luego esté dirigido por el sector privado. En una economía rural, pobre y hambrienta, como era China en los años setenta y es hoy la mayor parte de África, aumentar la productividad agraria es un punto de partida fundamental. Los pequeños agricultores necesitan las ventajas que proporcionan los fertilizantes, los regadíos y las semillas de alto rendimiento, elementos que constituyeron la base del despegue económico de China.

También son necesarias otras dos grandes clases de inversiones: carreteras y electricidad, sin las que no puede existir una economía moderna, porque los agricultores podrían aumentar su producción pero no podrían llevarla a la ciudad, ni la ciudad podría enviar suministros al campo. Los representantes chinos destacaron que el Gobierno ha hecho un gran esfuerzo para garantizar que la red de electricidad y transporte llegue a todos los pueblos del país.

Como es natural, los líderes africanos agradecieron especialmente el mensaje que vino a continuación: China está dispuesta a ayudar a África de forma sustancial en los sectores de la agricultura, las carreteras, la energía, la sanidad y la educación. Y los dirigentes africanos ya saben que no son promesas huecas. China está financiando y construyendo infraestructuras básicas en toda África. Durante la reunión, los líderes chinos destacaron su voluntad de apoyar también la investigación agraria. Hablaron de las nuevas variedades de arroz de alto rendimiento, que están dispuestos a compartir con sus colegas africanos.

Todo esto contribuye a mostrar qué es lo que no funciona en el Banco Mundial, aparte del liderazgo fallido de Wolfowitz. Los fallos del Banco comenzaron a principios de los años ochenta, cuando, bajo el influjo ideológico del presidente Ronald Reagan y de la primera ministra Margaret Thatcher, intentó que África y otras regiones pobres recortaran o eliminaran las inversiones y los servicios oficiales y abandonaran a los agricultores pobres a su suerte. El resultado para África ha sido desastroso, con decenios de estancamiento de la productividad agraria. Asimismo, el Banco fomentó la privatización de los sistemas nacionales de salud, el abastecimiento de agua y las redes de carreteras y electricidad, y disminuyó seriamente los fondos destinados a unos sectores tan importantes.

Esta ideología de libre mercado llevada al extremo, llamada también “ajuste estructural”, contradecía las lecciones aprendidas de los éxitos en China y el resto de Asia, que demuestran que las inversiones públicas -en agricultura, sanidad, educación e infraestructuras- son complementos necesarios a las inversiones privadas. Pese a ello, el Banco Mundial las ha considerado enemigas del desarrollo del sector privado.

Afortunadamente, los gobiernos africanos han comprendido cómo estimular el crecimiento económico y además están obteniendo una ayuda importantísima de China y otros socios menos entusiastas que el Banco Mundial de la ideología de libre mercado llevada al extremo. Sin embargo, el descalabro de Wolfowitz debería servir de llamada de atención para el Banco: volver a centrarse en estrategias prácticas de desarrollo es la única forma de poder hacer justicia a la audaz visión de un mundo de prosperidad compartida que inspiró su creación después de la Segunda Guerra Mundial.