Las lecciones libias de la OTAN

La intervención de la OTAN en Libia hace un año ayudó a evitar una catástrofe humanitaria y creó las condiciones para que los ciudadanos libios pusieran fin a la dictadura del Coronel Muammar Qaffafi. La operación militar puso en evidencia importantes mejoras del liderazgo europeo desde la debacle de Bosnia a fines de los 90, pero no se puede contar con que las condiciones tras el éxito de la misión en Libia sigan existiendo en el futuro. De hecho, se corre el riesgo de que logro de la OTAN en Libia oculte debilidades persistentes en las capacidades militares de Europa.

La unidad de Europa en torno a Libia contrasta fuertemente con sus divisiones e indecisión cuando Yugoslavia se desintegraba a principios de los 90. Estados Unidos tuvo que inducir a varios países de Europa Occidental a ayudar a evitar la matanza de inocentes en Bosnia. Y, si bien la alianza trasatlántica estuvo más unida y mostró una mayor capacidad de respuesta durante la subsiguiente crisis de Kosovo, todavía estaba claramente en la posición de mando. En Libia, los roles se revirtieron: los europeos occidentales tuvieron que presionar a EE.UU. a que actuara.

La forma en que el Presidente Barack Obama llevó a EE.UU. a participar de la iniciativa de protección de los civiles libios calmó las inquietudes europeas sobre la arrogancia estadounidense, que se habían elevado a raíz de la Guerra de Irak. También hizo posible una amplia coalición de países, así como el primer llamado a intervenir jamás realizado por la Liga Árabe. La decisión de Obama de que Estados Unidos desempeñaría un papel de apoyo a una operación que encabezarían otros socios de la OTAN, en particular Francia y el Reino Unido, reforzó la percepción global de legitimidad de la misión.

Hoy, el creciente debate sobre una intervención en Siria plantea preguntas legítimas sobre si Libia fue una situación única. Su proximidad a Europa bajó las barreras a la participación y estimuló el sentido de responsabilidad europeo; además, Qaddafi era una figura vilipendiada y con pocos amigos. Más aún, varios países europeos tienen intereses directos en Libia, por lo que se verían afectados claramente por el resultado. La oposición libia a Qaddafi estaba relativamente bien organizada, disfrutaba del reconocimiento de la comunidad internacional y había llamado explícitamente a una intervención extranjera.

Si bien las condiciones en Libia eran óptimas, la situación en Siria se puede describir como únicamente complicada para cualquier intervención. Para comenzar, su ubicación en el Mediterráneo oriental no es tan ventajosa como la de Libia en África del Norte. Las fronteras de Siria con Turquía, Irak, Líbano e Israel también plantean retos únicos a la estabilidad regional, si se considera el potencial no solo de conflictos internacionales, sino de desestabilización del flujo de refugiados entre fronteras. Además, Siria tiene aliados, el más importante de los cuales es Rusia, con su capacidad de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Los notables obstáculos para la intervención y el genuino riesgo de empeorar una situación que ya es terrible, hacen que en estos momentos una intervención militar en Siria sea una remota posibilidad. Esto es trágico en varios sentidos, pero no significa que se haya perdido del todo el impulso positivo hacia la protección de civiles tras lo ocurrido en Libia. Aunque terminó por fracasar, el acuerdo de la Liga Árabe con el régimen de Assad para permitir observadores en Siria con el fin de facilitar el fin del conflicto se llevó a cabo, como dijera el ministro de exteriores de Omán, “para salvar al mundo árabe de la intervención occidental”. La misión de la Liga no detuvo las matanzas, pero representó un aumento de la presión para acabar con la carnicería, y se basó en un punto de apoyo alcanzado en Libia.

Para la OTAN, ese punto de apoyo depende de la capacidad de sus miembros de recabar la voluntad y los recursos para intervenir si es necesario. En Libia, Europa finalmente tuvo la voluntad de dirigir, pero careció de los medios, y siguió dependiento fuertemente de los Estados Unidos. Aunque EE.UU. no fue el primero en llamar a una acción militar, su participación en la misión fue esencial y confirmó su estatus de “la” nación indispensable en la alianza occidental.

Con muy pocas excepciones, la campaña de Libia fue exclusivamente una guerra aérea. Es verdad que la mayor parte de los vuelos de ataque fueron realizados por aviones no estadounidenses, con particular crédito a Dinamarca, Noruega y Bélgica, que asumieron una parte desproporcionada de las misiones. No obstante, las autoridades europeas no deberían autoengañarse y pensar que estas cifras significan que sus capacidades de combate aéreo son suficientes para operar sin Estados Unidos.

Además de sus deficiencias en cuanto a ataques aéreos, Europa mostró serias carencias en todas las áreas necesarias para mantener una campaña aérea. Como expresara el General Mark Welsh, Comandante de la Fuerza Aérea de EE.UU. en Europa, a militares de alto rango y ejecutivos de la industria de la defensa en un encuentro realizado el verano pasado, “Necesitamos mayores capacidades de inteligencia, vigilancia y reconocimiento, y las necesitamos ya”.

Lamentablemente, la actual crisis económica está presionando a la baja los presupuestos de defensa en todos los países de la OTAN, lo que pone al descubierto la necesidad de una mayor cooperación entre los miembros europeos de la alianza. Puede que el daño causado por los recortes se multiplique si todos los gobiernos europeos reducen el gasto en las mismas áreas. El Comandante de la Fuerza Aérea Alemana, Teniente General Aarne Kreuzinger-Janik advierte que esto crearía “brechas y carencias aún mayores”. Los gobiernos europeos deben colaborar hoy para asegurarse de invertir sus limitados recursos en las áreas correctas.

La alianza trasatlántica ha llegado a una encrucijada. El camino menos recorrido es el de una mayor coordinación en torno a objetivos estratégicos y desarrollo de capacidad militar, particularmente dentro de Europa, donde los gobiernos deben asignar recursos de mejor manera para superar las más importantes deficiencias puestas en evidencia por la misión en Libia. El camino más familiar lleva al derroche de gastos superpuestos y una menor inversión en tecnologías clave, causando más brechas que nunca en la capacidad de defensa europea.

Para que Europa aproveche su éxito en Libia, debe tomar el camino menos recorrido. Eso hará toda la diferencia.

Por John D. Podesta, jefe de Personal del Presidente Bill Clinton de 1998 a 2001 y presidente del Centro para el Progreso Estadounidense; y Ken Gude, jefe de Personal y vicepresidente del Centro para el Progreso Estadounidense. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen (Project Syndicate/Europe’s World.

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