Las limosnas de la Universidad híbrida

En las aguas revueltas de tiempos convulsos, de difusión casi instantánea y virtualmente ilimitada de estímulos mediáticos, la confusión terminológica se propaga de forma masiva, ajena a los escrúpulos teóricos más elementales, sin paciencia ni concepto. En ese ambiente, políticas propias del Antiguo Régimen (o, acaso, de la vieja nueva normalidad), basadas en privilegios de casta, etnia o ideología, son generalmente acatadas como rasgos distintivos de lo que aún se consiente perezosamente llamar izquierda. Esta confusión se revela en casos como el de la rebaja en los méritos para el acceso a becas, convertidas cada vez más en limosnas para humildes envueltas en cuarteadas retóricas de progreso y compromiso social. Es imperativo volver a recordar la responsabilidad de partidos que lucen la etiqueta del progreso o la izquierda en la discriminación material de los sujetos con menos recursos y menos apoyos familiares por el vaciado de la enseñanza pública. Ese hecho alcanza su culminación con el Plan Bolonia, drenaje del saber académico suplantado por el populismo educativo que hace del alumno soberano de lo que está en vías de aprender. Las instituciones escolares públicas han sido depauperadas en beneficio de los centros privados con la complicidad de organizaciones cuya retórica se inflama con aspavientos teatrales en la defensa de lo público y de los desfavorecidos bajo las piadosas retóricas de «no dejar a nadie atrás» y la conmiseración hipócrita o ciega por los pobres infantes, a los que parece necesario asistir para evitar traumas y que sorteen estadios administrativos con el menor número de contratiempos posible.

Las limosnas de la Universidad híbridaNo podrá ya sorprender a estas alturas que desde una de las cuotas antisistema en el Gobierno haya salido una propuesta que, viniendo de otros, sería etiquetada de neoliberal por favorecer los intereses de universidades privadas y grandes empresas. De hecho, ha habido voces críticas en medios próximos a la galaxia ideológica del ministro que así lo han hecho. Parecen abrirse costuras en la cabalgadura de contradicciones y en los equilibrios de la coherencia doctrinal. La defensa de una enseñanza superior estatal a toda costa exigiría priorizar o, incluso, reservar la excelencia para las universidades públicas a costa del erario público y reducir a la marginalidad o, incluso, echar el cierre a los centros privados. La realidad es menos épica y tal vez el precio de la coherencia sea demasiado elevado para ciertos redentores de los vicios del viejo mundo.

La devaluación cualitativa del acceso a las becas universitarias es corolario de la aplicación del Plan Bolonia. Se ha impuesto la pauperización generalizada de la universidad pública con cargo a los presupuestos generales del Estado, la reducción de los cursos de la mayoría de las carreras y la consecuente ampliación del postgrado, con masters caros, precarización académica y laboral, y la tiranía de los dogmas relativistas del formalismo pedagógico o neopedagogía, prolongando la infantilización ya crónica en las enseñanzas medias. Con el ministro Wert, la nota para la obtención de la beca de matrícula estaba situada en un 5,5. Con Méndez de Vigo, también del PP, se rebajó a 5, y en un 6,5 para la beca completa el primer año de carrera. Ahora se propone una rebaja a 5 también para la beca completa, acelerando la caída en picado. En el trance se juega la dialéctica entre dependencia económica e independencia intelectual. La asfixia de un entramado que genera deudas y fidelidades institucionales, y también laborales, se impone más eficazmente cuanta más dependencia exige el acceso a las migajas del futuro. Consecuentemente, el descenso en los filtros académicos genera automáticamente una mayor influencia de los filtros económicos. A falta de selectividad real que discrimine por rendimiento escolar (la prueba de acceso a la universidad presenta porcentajes de aprobados por encima del 90%), la selección se produce de todos modos, pero por criterios económicos.

El maquillaje de las becas como graciosa concesión a los pobres es un caramelo envenenado si la calidad de la enseñanza universitaria pública es baja. «Democratizar el derecho a la educación» es una frase pomposa de buen tono y con cierta musicalidad. Su eficacia mediática reside en lo sonoro de los arcanos invocados y en el carácter sacral de los vocablos declamados, garantía de respuestas pavlovianas en telespectadores salivando buena conciencia y onanismo moral: Democracia, derechos y educación. ¿Quién osaría oponerse a tan sublimes principios? Sin embargo, la empecinada manía de definir los términos, en que consiste la filosofía, al menos desde Sócrates, desvela su vacío. En primer lugar, tal derecho está más que democratizado mucho antes de que el adanismo postmoderno intente de nuevo descubrir el mundo y la nueva fe para los infieles. Además de que los derechos son deudas contraídas o privilegios a costa de alguien si no van ligados a la responsabilidad correlativa. En segundo lugar, si democratizar significa aquí universalizar, sin importar qué, la trampa es doble. Se propaga mediocridad inercial pero se vende como benéfica democratización.

«Invocando a la vez una ‘democratización de la enseñanza’ (una mentira absoluta) y la ‘adaptación necesaria al mundo moderno’ (una verdad a medias), lo que se está construyendo a través de todas estas reformas igualmente malas es la Escuela del capitalismo total».

Hace casi 20 años, el pensador francés Jean-Claude Michéa, anticapitalista, denunciaba con estas palabras la farsa de la democratización de la enseñanza.

Y, en cuanto a la tercera columna del sofisma, la educación, no se sabe qué se quiere decir. ¿Educar a un universitario, es decir, socializarlo? Si esa pretensión es innecesaria por la madurez general de los implicados, el uso del término es otro fuego de artificio propio de una campaña de publicidad. Si es necesaria, la catástrofe del sistema educativo se muestra por sí sola. Por respeto al ministro del ramo, es obligado tomarse al pie de la letra los términos empleados y se ha de suponer, por tanto, que recurrir a la palabra educación en lugar de enseñanza, formación o instrucción es deliberada. Instrucción desprende un aroma elitista inaceptable dentro del marco retórico de la dogmática pedagógica oficial. Acogida o tránsito regulado al desempleo o a la precariedad laboral es demasiado áspero y explícito para la fina sensibilidad y el buen gusto de los vástagos del Estado Benefactor.

Sin embargo, la decadencia de la universidad pública se atisba en la proliferación de cursos y asignaturas de más que discutible contenido categorial, científico y académico y preñadas de las consignas y las jergas puestas en evidencia hace ya tiempo por Sokal con sus Imposturas intelectuales, insostenibles sin la respiración asistida estatal frente a los saberes categoriales, que el estado de desarrollo mismo de las sociedades reclama, y los improductivos pero consolidados por el tamiz del tiempo, la sedimentación histórica e institucional y los filtros teóricos, empíricos, científicos o técnicos, capaces de ofrecer, también a los desheredados de las sociedades opulentas, el lujo de las excelencias intelectuales y estéticas, los restos que aún quedan de la civilización y que parecen reservados, en el modelo educativo actual como un Nuevo Antiguo Régimen, a los que pueden permitirse aplazar la felicidad inmediata por una sólida formación. Para aquellos quedan las migajas del saber que el progreso tolera conceder a los pobres becados en las facultades públicas.

En una reciente entrevista, el ministro ofreció la fórmula que anuncia el futuro próximo de la universidad: «La universidad híbrida es ya la regla». El exquisito eufemismo esconde el conjunto de medidas orientadas a administrar la inversión pública hecha en el proceso de debilitamiento académico e intelectual de la enseñanza media y, como corolario incontestable, de la superior. La concesión de becas sin vinculación alguna con el rendimiento escolar objetivo es la última limosna de un modelo decrépito capaz de presentar como integración la segregación más devastadora. Y, por extensión, muestra las bocanadas de un Estado que parece incapaz de resistir la pulsión suicida.

José Sánchez Tortosa es doctor en Filosofía, profesor y escritor. Entre otros, es autor de El profesor en la trinchera (La Esfera de los Libros) y El culto pedagógico. Crítica al populismo educativo (Akal).

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