Las luces de la verbena

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (08/07/07):

Aunque su posterior insistencia en tratar a Zapatero como a un malvado delincuente, obligado a «probar su inocencia», terminó distorsionando con aires innecesariamente inquisitoriales el conjunto de su planteamiento, Rajoy pronunció en su primera intervención del martes probablemente el mejor discurso de la legislatura y, desde luego el más atinado diagnóstico de por qué el actual presidente está siendo un mal gobernante para España.Todo el mundo que pudo escucharle entendió la aplastante lógica de su análisis cuando acusó a Zapatero de estar soslayando los verdaderos problemas de los ciudadanos, que atañen a la competitividad de la economía, la calidad de la enseñanza, el precio de la vivienda o la seguridad en la calle, para concentrar sus afanes en una agenda alternativa de problemas inventados. Con el agravante de que, para cada uno de ellos, elige siempre la peor de las soluciones a su alcance. De ahí el protagonismo que durante toda la legislatura han adquirido la nefasta reforma del Estatuto de Cataluña, la atrabiliaria Ley de la Memoria Histórica y el autopropulsado proceso de paz con ETA, iniciado desde premisas falsas y alimentado por la contumacia en el engaño.Muy otro sería ahora el balance más generalizado del debate si, en lugar de adelgazar su mensaje hasta la caricatura de la exigencia de las actas de la negociación con ETA -¿qué fedatario público acredita la fiabilidad de lo que puedan exhibir unos profesionales de la transformación de los órdagos terroristas en conflictos internacionales?-, Rajoy hubiera perseverado en su demoledor retrato de un presidente que escurre el bulto siempre que la Nación lo necesita y nunca deja de reaparecer para meternos, con endémica frivolidad, en algún nuevo lío que nadie demandaba.Y más alta sería, desde luego, su nota si -obsesionado por terminar a tiempo para no tener que volver a pasar por el bochorno del año pasado, cuando un Marín mucho menos ecuánime y relajado que el de esta semana le retiró abruptamente la palabra- no se hubiera comido algunas de las mejores frases de la última parte de esa estupenda pieza oratoria. La que más eché yo en falta, cuando seguía su intervención con el texto previamente repartido por su gabinete de prensa, fue la que al final del folio número 20 resumía la decepción que va cundiendo en muy diversos sectores sociales sobre Zapatero, con una tan expresiva como ajustada metáfora: «Las ilusiones que pudo despertar se han ido apagando a su alrededor y ahora le rodea un panorama triste, como una verbena sin luces y pasada por agua».Lástima de omisión por partida doble. Porque si Rajoy hubiera pronunciado esa frase no sólo nos habría regalado los oídos con un elocuente titular, sino que en cuestión de pocas horas habría adquirido la misma fama de adivino que consiguió el yankee de Mark Twain cuando -sabedor durante su viaje al pasado de la inminencia de un eclipse de sol- pronosticó con total acierto que la oscuridad envolvería muy pronto la corte del rey Arturo.Y es que, aunque como él mismo dijo, a propósito del triunfalismo económico de Zapatero, «no amanece porque el gallo cante», Rajoy habría tenido esa misma noche o a la mañana siguiente, o en cuestión de unos días, los muy políticos reflejos de poner cara de «ya lo venía advirtiendo yo», cuando hubiera conocido la noticia del pequeño pandemonium formado en el complejo monclovita a partir de las 21,51 de esa primera jornada del pulso parlamentario sobre el estado de la Nación.Fue a esa hora exacta cuando en el recién estrenado Centro de Control de Seguridad, desde donde se observa cada rincón de la sede presidencial, así como los puntos neurálgicos del conjunto de la red de carreteras españolas, saltaron las alarmas de incendio. Varios policías y guardias civiles de servicio corrieron hasta el edificio adjunto, denominado de Servicios, y observaron una intensa humareda que salía del cuadro eléctrico de una oficina de la tercera planta.Por el humo se sabe donde está el fuego: nadie vio ninguna llama, pero era obvio que allí se estaba produciendo un incendio. La posibilidad de que se tratara de algún tipo de atentado o sabotaje cruzó por la cabeza de más de un agente a medida que el siniestro se extendía hacia la cuarta y la quinta plantas. Pero el comisario Segundo Martínez, director general de Seguridad de la Moncloa, un buen policía con importantes éxitos antiterroristas a sus espaldas, no hizo honor al tópico de su condición de nativo de la comarca leonesa de Babia. Sin perder la calma un solo instante, ni gastar energía en gestos inútiles, tomó una decisión propia de toda persona de criterio: llamar a los bomberos.Muy pocos minutos después cuatro dotaciones con sus correspondientes mangueras y demás artilugios entraban en escena, con dos ambulancias como retaguardia por lo que pudiera pasar. Afortunadamente el aparatoso percance quedó resuelto muy pronto, sin daño alguno para las personas y con un diagnóstico muy claro: la subida de temperaturas había recalentado un cableado obsoleto y chapucero, produciendo un cortocircuito, lo que había hecho arder, hasta destruirlo, todo el tendido eléctrico e informático de las tres plantas.¡Un incendio en Moncloa atajado por los bomberos! Si Rajoy hubiera leído lo de la «verbena sin luces pasada por agua» -feliz imagen de la decadencia de barriada-, ahora podría acariciarse la barba florida como un nuevo Nostradamus.Su problema para terminar de sacar del todo pecho es que -al margen de que se saltara esas dos líneas premonitorias- la crisis no llegó en ningún momento a transformarse en apagón. Nadie que hubiera observado a lo largo de esa noche las luces de la fachada del palacio habría detectado otra cosa sino un leve parpadeo. Sin novedad en el puente de mando, señores ciudadanos. La lucecita de La Moncloa, como otrora la del Pardo, podrá tintinear pero no extinguirse, pues la causa del republicanismo cívico con todos sus valores progresistas en juego, bien merece los desvelos permanentes de quien ha sido elegido -mal que le pese a esa derecha que aún no ha asimilado su derrota- para el alto honor de transformar España.Ahora bien, una cosa es que nadie percibiera su fulgor y otra que no se produjera el incendio. Y hay que interpretarlo a modo de primer aviso. Como en el caso del puente de Tacoma la procesión va por dentro: son tantas y tan graves las deficiencias estructurales del complejo monclovita -o del proyecto zapateril- que, si el presidente no introduce muy pronto cambios rotundos en la ingeniería profunda de las cosas, no estos hábiles ajustes cosméticos con los que ha lavado la cara a su Gobierno en carteras secundarias, el día menos pensado de las próximas semanas, meses o años un siniestro tan aparentemente aislado como el del martes puede propagarse con el impulso de la reverberación y desembocar en el colapso y hundimiento de todo el tinglado.El drama político de Rajoy es que no ha transcurrido aún el tiempo suficiente como para que sus sombríos pronósticos se materialicen necesariamente antes de las elecciones. Zapatero lleva cuatro años sembrando con fruición las semillas del desastre, pero la tormenta no se incuba al ritmo más conveniente para el servicio metereológico. Además los ríos más caudalosos e imparables remansan de repente a la vuelta de un meandro. Ni la suerte está echada, ni la Historia ha quedado previamente escrita. Si Hitler se hubiera conformado con los Sudetes en vez de anexionarse toda Checoeslovaquia, lo más probable es que Churchill hubiera tenido que pasar el resto de su vida alternando los trabajos de jardinería con los de albañilería en su casa de Chartwell, envuelto en la risible aureola de chiflado augur de un Armageddon imaginario.Estamos todavía en una fase en la que se obtiene más crédito social llamando a Rajoy «apocalíptico» que dando por sentado que en la gestión de Zapatero hay elementos catastróficos. La desprevenida grey que asiste al baile de la duquesa de Richmond o a la alegre y confiada fiesta interminable de la señorita Escarlata no percibe el que las luces parpadeen como fruto del redoble de los tambores guerreros que se acercan, sino como un ocurrente efecto decorativo de los anfitriones. La regla número uno del vals de la ética indolora sobre cuyas olas nos mece magistralmente ZP es que nunca se debe dejar de danzar hasta el amanecer. De aquí esta habilidosa adición de rostros amables al Gobierno que ayudará a estirar los festejos hasta marzo.Nadie sabe ni cuándo ni cómo llegará el amargo despertar. Pero las paredes de la fábrica de los sueños van impregnándose de un creciente olor a chamusquina y pesadillas de muy diversa índole avanzan con fuerza hacia la catarata de los grandes desastres.La eficacia de la colaboración policial con Francia ha abortado esta semana lo que podía haber sido un tremendo atentado con muchas víctimas mortales en Pamplona. Más nos vale que la infiltración en ETA continúe dando este tipo de frutos. Lo que hundiría a Zapatero no es que se publicaran las actas de sus reuniones con la banda -el público tiene asumido que la política incluye ocultamientos, indignidades y engaños-, sino que el fracaso de su juego de idas y venidas se tradujera en una escalada de crímenes que demostrara el fortalecimiento de los terroristas y le encasillara a él en el desairado papel del burlador burlado.Pero las calamidades pueden venir también por otros flancos. La subida de los tipos de interés nada menos que hasta el 5,50 por parte del siempre precursor Banco de Inglaterra acaba de afianzar el convencimiento de que hemos entrado en un ciclo de pertinaz encarecimiento del precio del dinero, con los problemas en cascada que ello implica en España para las hipotecas, el sector inmobiliario y el empleo de inmigrantes en la construcción. En un santiamén podemos regresar al círculo vicioso de la caída del crecimiento y el repunte del paro que haría aparecer a Zapatero como la indolente cigarra que ha permitido impávida el deterioro de la competitividad, sin añadir ni una sola reforma a las impulsadas por las hormigas del PP. En ese escenario todas las miradas se volverían en ademán de auxilio hacia Rodrigo Rato.¿Y qué decir de la caja de bombas que Zapatero ha terminado acumulando como consecuencia de su política de pactos? Allí donde hay un dirigente radical con el cuchillo entre los dientes para sajar alguna rebanada de las entrañas de la España constitucional, hay un querido y elogiado socio político del presidente. En todas las autonomías y municipios en los que estos separatistas iluminados, a veces simples energúmenos empeñados en destruir el legado de la Transición, han alcanzado cuotas de poder, ha sido a través de sus alianzas con el PSOE. El siguiente capítulo será Navarra y de muy poco le va a servir al presidente haber sustituido al desencantado Jordi Sevilla por la autoritaria Elena Salgado, a medida que vayan aflorando las consecuencias de todos estos disparates.Nadie debería, por cierto, tomarse a broma el inminente nombramiento de uno de los asaltantes de mi domicilio en Mallorca, el independentista Joan Lladó, nada menos que como nuevo conseller de Interior de la isla. Yo, desde luego, no voy a hacerlo. Al cómplice silencio que mantuvo el PSOE cuando ocurrieron los hechos sucede ahora la enaltecedora recompensa para quien continúa imputado en un procedimiento penal por coacciones y lesiones. Esto acontece además cuando el instructor del caso en el Tribunal Supremo ha fallado que el cabecilla de la invasión Joan Puig incurrió en un ilícito penal por el que debe ser juzgado. El criterio de enemistad con que me distingue Conde Pumpido se tradujo en que la Fiscalía pidió el archivo sin tan siquiera dignarse argumentarlo -para hacer así más patente su inquina-, mientras mi representación reclamaba que se tipificara lo ocurrido como delito. En una decisión falsamente salomónica, que hemos recurrido ante la Sala, el magistrado Joaquín Giménez estableció que el diputado de ERC debe sentarse en el banquillo por una falta, ya que no tenía derecho a acceder al recinto, pero -en su opinión- la probada violencia que ejerció contra el servicio de seguridad, contra mi familia y contra mí no tuvo la «intensidad suficiente».Tal vez ese sea el defecto que el PSOE trate ahora de contribuir a remediar con el nombramiento de Joan Lladó: que la próxima vez que sus amigos, él mismo o quienes sigan su ejemplo irrumpan por la fuerza en mi domicilio, no falte de nada. Más de un cuarto de siglo antes de que yo adquiriera la finca, esa piscina que desencadena tantas falacias e hipocresías -incluidas las de algunos iscariotes bien conocidos por nuestros lectores-, ya estaba ahí. De las diez mil instalaciones de utilización privada en dominio público que existen sólo en Baleares, se trata de una de las pocas con una concesión administrativa en regla en la que se establecen importantes obligaciones además de algunos derechos. Amén de pagar el correspondiente canon, acabamos de invertir una cantidad muy considerable para acondicionar el lugar para su acordado uso por grupos de escolares durante los meses más cálidos del curso. ¿Hay quién dé más?Pues cualquiera diría que a una parte del PSOE -y, por supuesto, a sus esperpénticos socios mallorquines- todo lo que no sea que vendamos la propiedad o seamos agredidos con «violencia suficiente» en su interior o inmediaciones no les parecerá bastante. De hecho el nombramiento de Lladó se inscribe en la ofensiva desatada por destacados socialistas locales -incluido el nuevo alcalde del municipio- para que el Ministerio de Medio Ambiente promueva la construcción de un disparatado camino que, sólo serviría para dañar el paisaje, además de -naturalmente- para facilitar que mis vecinos y yo suframos ataques de toda índole e intensidad. Si ese es el precio que hay que pagar porque EL MUNDO defienda en Baleares los valores de la España constitucional, que lo digan de una vez, pues no observo que conocidas figuras mediáticas y culturales de la izquierda cuyas residencias de verano en el mismo archipiélago se encuentran mucho más cerca de la orilla del mar que nuestra casa -sin ningún o peor título habilitante-, estén siendo molestados de forma alguna.Teniendo en cuenta que de todas las personas a las que ETA ha dado muestras -bien recientes, por cierto- de desear asesinar yo soy la única que ha tenido que ver publicados una y otra vez los planos de acceso a su domicilio, es obvio que con el fin de la tregua se ha acabado cualquier margen para tomarse este asunto a chacota. Ante la tesitura de que un día la caja de bombas deje de ser metafórica, no puedo sino emplazar públicamente al Gobierno para que cumpla con su obligación de garantizar nuestra seguridad y la de todo el entorno. De lo contrario las más elementales normas del Estado de Derecho quedarían en suspenso y las responsabilidades se acuñarían con nombres y apellidos en el banco azul y en los escaños del Partido Socialista.No faltará quien también me llame «apocalíptico» como a Rajoy, pero nadie puede calificar de normal que un individuo así pase en cuestión de meses de integrar una partida de la porra a convertirse en la autoridad constituida. Máxime cuando al decidir tomarse la justicia por su mano arrolló violentamente no sólo a un escuálido servicio de seguridad sino a las propias resoluciones dictadas en términos inequívocos por el Gobierno del partido que ahora le encumbra. El mensaje a la jungla de grupos radicales que rodea al PSOE no puede ser más inaudito: pásense ustedes por el forro de los mismísimos las disposiciones y procedimientos legales que al que más notoriedad alcance en el empeño ya le haremos, cuando toque, ministrillo. Cosas así sólo suceden cuando triunfan las revoluciones henchidas de furia y ansia de revancha y toda garantía jurídica desaparece por el albañal.Zapatero está jugando con fuego con sus truculentas alianzas baleares y mil asuntos parecidos. Un día ERC exige que TV3 ponga subtítulos cada vez que alguien hable en español y al siguiente el BNG impone su inmersión lingüística y logra que en la práctica el gallego sea la lengua vehicular obligatoria de la enseñanza. Por muy contento que se sienta el presidente con el lifting tan oportunista como oportuno que acaba de realizar al gabinete, todo su tinglado político está formado por retales y cosido con pespuntes. Puede ganar las próximas elecciones, pero con estos ingredientes jamás construirá nada sólido. Podrá mantener durante un tiempo encendidas las bombillas, pero más pronto que tarde su extravagante verbena se quedará bruscamente sin luz.