Las manos sangrientas de Txapote: también sus víctimas tenían padre

Consuelo Garrido, la madre de Miguel Ángel Blanco, tuvo una obsesión durante el juicio por el asesinato de su hijo: poder ver de cerca las manos de Francisco Javier García Gaztelu, el matarife de ETA que el 12 de julio de 1997 descerrajó dos tiros, a cañón tocante, en la cabeza del concejal del PP de Ermua. Son los misterios inextricables de la mente humana: ¿qué interés podía tener Chelo en contemplar las zarpas de Txapote, el jefe del Comando Donosti? García Gaztelu se convirtió tristemente célebre por su especialización en el tiro en la nuca, hasta el punto de que los forenses de Guipúzcoa colegían la autoría de determinados asesinatos de ETA sólo con examinar la marca del disparo.

Lo que Chelo buscaría desesperadamente en el juicio celebrado en Madrid el 19 de junio de 2006 sería descubrir cualquier atisbo de vida de Miguel Ángel Blanco, aunque fuera a través de la última persona que le tocó: su asesino. Pues estas manos despiadadas de Txapote son las que rozarán con cariño a su padre inválido y enfermo, razón por la cual el juez de Vigilancia Penitenciaria de la Audiencia Nacional le ha concedido su primer permiso penitenciario desde que fue detenido en 2001.

Los padres de Miguel Ángel y los de todas las víctimas de ETA no han tenido tanta suerte. Consuelo y Miguel Blanco no han podido contar con el calor de su hijo durante las enfermedades que han padecido en estos últimos 20 años. Chelo acaba de reponerse de otro episodio grave -en su momento, tuvo un cáncer con extirpación del que salió adelante- y Miguel sufrió hace años un infarto y quedó anímicamente varado desde el zarpazo de ETA. La Fundación Buesa publicó hace unos años un estudio que demostraba fehacientemente que los familiares de las víctimas del terrorismo desarrollaban más enfermedades que la media nacional.

La salida de la cárcel por unas horas de Txapote -el jefe de los comandos de ETA que ordenó asesinar también al líder socialista vasco Fernando Buesa- supondrá otro golpe de dolor sobre la familia Blanco Garrido, por más que el permiso esté contemplado por la ley de régimen penitenciario. Mari Mar, la hermana de Miguel Ángel, es diputada del PP por Madrid.

Txapote y su compañera Amaia -Arantxa Gallastegui Sodupe-, en el amor y en los asesinatos, están encarcelados en la misma prisión de Huelva. La “reunificación familiar” se llevó a cabo hace unos años por un mera cuestión económica. Como todo preso tiene derecho a “vis a vis” con su pareja, cada vez que los asesinos solicitaban un encuentro el traslado costaba decenas de miles de euros en seguridad; más que un viaje de amor a París y pagado por los contribuyentes.

El terrible y paradójico sarcasmo de Txapote y Amaia en su vida carcelaria es que se han acogido a todos sus derechos al conocer hasta la letra pequeña del reglamento penitenciario. Precisamente ellos que quisieron borrar las leyes del Estado español disolviéndolas en sangre. Tan es así que han sido padres de dos hijos en la cárcel: un varón nacido en 2002 en el hospital público de Getafe (Madrid) y una niña, en 2007, en el Gregorio Marañón de la capital.

La ley es la ley, estés en la cárcel por robar unas pocas gallinas o condenado a más de 350 años de prisión por los asesinatos de Miguel Ángel Blanco, Gregorio Ordóñez, Fernando Múgica o Fernando Buesa, entre otros, bien apretando el gatillo u ordenándolo. Dura lex, sed lex. Dura es la ley, pero es la ley. Es verdad, por más que duela como un tiro en la nuca.

Miguel Ángel Mellado es autor del libro ‘Miguel Ángel Blanco, el hijo de todos’ y director adjunto de EL ESPAÑOL.

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