Las medallas unen, los toros distinguen… ¿Y los partidos?

Por Manuel Ramírez, catedrático de Derecho Político (ABC, 16/10/08):

YA pasó el estío con sus habituales cambios climáticos. Y me da por pensar cómo ha evolucionado en su modernidad este país En tiempos ahora tan condenados, todo «quedaba para después del verano». Del largo verano. El país casi se paralizaba. Instancias, peticiones, deseos de entrevistas y cuanto estuviera relacionado con la administración recibían no ya lo de «vuelva usted mañana», tan amenizado por Larra, sino una pequeña exclamación que parecía condenar «al interesado» al triste nivel de la ignorancia. Algo así como: ¡Huy! Usted sabrá que hasta después del verano esto no funciona. Era algo que ponía muy nervioso a mi buen amigo y maestro Juan Linz, acostumbrado a que en el mismísimo New York ocurriese lo contrario: todo funcionaba con calor o con frío. Y permítame el lector que en esta pequeña introducción traiga a colación hasta «el grado de maldad» de nuestro ayer: para llenar el verano de algo, aparecían las célebres «serpientes de verano» que se repetían cada año; aparición de «platillos volantes» que todo el mundo acababa por ver, acercamiento a las playas de tiburones, acontecimientos trágicos que publicaba «El Caso», etc., etc. No hay duda: ¡cómo y tan bien hemos cambiado! Ya no hace falta inventar nada: tenemos juegos olímpicos, programas del corazón que nos ponen al día «culturalmente», noticias de peleas y crímenes con las que comienzan los telediarios, mucho deporte… ¡Cómo hemos cambiado: de la España del «guateque» a la España del «botellón»!

Pero tengo para mí que en este tema hay que distinguir tres planos.
En primer lugar, las medallas conseguidas por nuestros deportistas han conllevado, en todos los casos, momentos de sana exaltación y legítimo orgullo hacia el país, España, que representaban. Cuántas veces que Rafael Nadal o Iker Casillas han levantado sus brazos para manifestar alegría, no hay que negar que ciertas fibras de emoción compartida despertaba el sentimiento de unidad nacional. ¡Era España la que estaba allí, tras el sollozo o los brazos tendidos! Emotivos los gestos y más emotivos los símbolos: bandera e himno. Lo que ocurre es que todo el valor que esto encierra, ni tenía que esperar a la aparición de medallas, ni debiera constituir un momento que de pronto aparece. El común sentimiento de unidad nacional, por cierto más importante que la misma realidad del momento, es algo que se debe heredar, que debe fomentarse en el seno de la vida familiar, en las primeras enseñanzas, en las lecturas. En suma, un valor primordial en todo el proceso educativo y en todas las etapas de la socialización política de un pueblo que quiera sentirse fuerte. Las medallas unen, por supuesto. Y hasta creo que valen más cuando, como en los ejemplos citados, sabemos que recaen sobre deportistas que también se acuerdan de quienes lo necesitan. Pero también está la casi ignorada medalla de quien a diario enseña y cultiva ese sentimiento de unidad nacional que debe calar muy hondo.

Como es sabido, el verano es la época más taurina del año. A ello hay que unir el hecho de que el español también es posible que sea el ciudadano del mundo que nunca olvida el carácter de castigo divino que el trabajo tiene. Estamos condenados a ganarnos el pan con nuestro sudor y, para que no quepan dudas, luego la Iglesia nos recuerda que estamos en destierro y que lo nuestro es vida «en este valle de lágrimas». Siendo así, resulta comprensible que cada humano busque una evasión para conllevar tanta carga en el sufrir. Ya se habrá adivinado: la mía es la bien llamada «fiesta nacional». Y lo escribo así para que fastidie, naturalmente.
Y retomo la cuestión. El mundo de los toros ¿divide? No. En absoluto. Los toros distinguen, que es menester bien diferente. Distinguir viene de distinción. Y eso es lo que hace el aficionado. Distingue para preferir. Y se prefiere entre algo que es mejor que otro algo. Por ello la distinción está siempre en el mundo de las bondades. De los méritos. Y no se divide ni se elimina lo no preferido. Así ha caminado casi siempre la Fiesta. Arruza o Manolete. Antes, Joselito o Belmonte. Luego, Manolete o Dominguín. Camino o Puerta. El Litri o El Cordobés. Hasta la actualidad: Morante o José Tomás han sucedido, como opción, a los interminables pases de Ponce frente al insuperable arte de Joselito o de Perera. Y así caminará la Fiesta. Distinguiendo méritos. Saboreando estética.

¿Y los partidos políticos? En ellos sí que encontramos un muy peligroso camino a través del cual se divide y hasta se irrita a una sociedad que, al advenir la actual democracia, se pensaba que iba a llegar a su total consolidación desde los supuestos del consenso básico y la concordia. Todo esto aparece en la actualidad olvidado e, incluso, cuestionado. El fácil argumento (que, por lo demás, ya tuvo un desgraciado precedente en la etapa final de nuestra segunda República y por impulso del ahora «intocable» Largo Caballero) se basa en pocas palabras: el consenso y la citada concordia se usó, como mal menor, para realizar la transición, pero ahora ya no tiene sentido. Y bajo el escudo de «la reparación», se entra sin tapujos y tras miles de condenas esparcidas por doquier, en la temible esfera del «ajuste de cuentas». Lo que no se pudo hacer entonces, hágase hoy. Sin que importen leyes de amnistía, consejos regios, ni, lo que me parece más grave, opinión de una sociedad a la que nadie ha consultado ni quiere volver a escudriñar en el pasado.
En alguna ocasión anterior he señalado que la regulación constitucional (art. 6) parece más bien una exaltación de los partidos, a los que, por demás, no se impone nada más que una obligación que por supuesto no cumplen, ni unos ni otros: el funcionamiento interno democrático. La vida interna en ellos es un auténtico infierno en el que todo vale para alcanzar la primacía y luego, naturalmente, el sillón. Y quien no quiera este juego, pasa a la «no existencia». Pero hay más y más condenable. La función que, en no pocos casos, la Constitución atribuye al Parlamento se lleva a cabo mediante el llamado sistema «de cuotas». Tú nombras cuatro y yo cinco y nada más. Nadie investiga la valía personal y la independencia de los jueces elegidos, por ejemplo. Nada impediría una Comisión, dentro o fuera del Parlamento, que valorara nombres y prestigio. Y si esto asusta, piénsese que el Senado norteamericano, en el momento de nombrar un embajador donde sea, analiza si el candidato está al corriente en el pago de sus impuestos y hasta en el salario de quien cuida de los niños.

Entre nosotros, los partidos, en vez de crear ciudadanos críticos, hacen justamente lo contrario: ciudadanos leales al partido. En las últimas elecciones no oí una palabra sobre la decadente situación de nuestra Universidad que, como ha señalado varias veces el profesor Andrés Ollero, parece no importar un ápice a la actual sociedad. Ni una palabra sobre la vergonzosa situación de nuestra Televisión, que es una auténtica escuela de valores antidemocráticos. Ni una alusión a las denigrantes colas para la atención sanitaria. Y, claro está, ni una pequeña promesa de estudiar (¡por lo menos estudiar!) lo que le está costando a este país el llamado Estado de las Autonomías con la hemorragia de cargos que origina. La partitocracia hace tiempo que ha pegado un golpe irreversible a lo que un día pareció ser una cierta ilusión, con muchas renuncias tan poco reconocidas.