Las mejores inversiones

En el extremo este de Kolkata, a Dalu Bibi, una mujer de 25 años madre de cuatro niños, le preocupa el costo del tratamiento de sus dos hijos varones enfermos. Su marido gana 80-90 rupias (1,90 dólares o 1,40 euros) por día. La dieta básica de la familia es baja en los micronutrientes esenciales que los niños necesitan para sobrevivir. Los dos hijos de Dulu, de uno y tres años, son débiles, tienen un estado febril constante, no tienen apetito y lloran mucho. “Si tengo que gastar 150-200 rupias en remedios” pregunta, “¿qué comeré y con qué alimentaré a mis hijos?”

La historia de Dulu es desgarradora –y desgarradoramente común- en el mundo en desarrollo: tres mil millones de personas sobreviven con dietas que carecen de micronutrientes como vitamina A y zinc, y corren un riesgo cada vez mayor de contraer enfermedades a partir de infecciones comunes como la enfermedad diarreica, que mata aproximadamente dos millones de niños por año.

La deficiencia de micronutrientes es conocida como “hambre oculta”. Es una descripción apropiada, porque se trata de uno de los desafíos globales de los que oímos hablar relativamente poco en el mundo desarrollado. Atrae escasa atención de los medios o fuego de artificio de las celebridades, que suelen ser cruciales para atraer donaciones de beneficencia a una causa.

Sin embargo, aquí existe un punto más importante: cada año, individuos y compañías donan y gastan miles de millones de dólares en ayuda y desarrollo. A pesar de esta generosidad, simplemente no asignamos los suficientes recursos para solucionar todos los mayores problemas del mundo. En un mundo repleto de demandas que compiten por la solidaridad humana, tenemos la obligación moral de dirigir recursos adicionales adonde puedan realizar el mayor bien. Y eso es tanto válido para nuestras propias donaciones de menor escala como para los presupuestos de ayuda de gobiernos o filántropos.

En 2008, el Centro del Consenso de Copenhague, institución que dirijo, le pidió a un grupo de prominentes economistas del mundo que identificaran las “inversiones” que mejor podrían ayudar al planeta. Los expertos –entre ellos, cinco Premios Nobel- compararon maneras de gastar 75.000 millones de dólares en más de 30  intervenciones destinadas a reducir la desnutrición, ampliar las oportunidades educativas, desacelerar el calentamiento global, reducir la contaminación ambiental, prevenir el conflicto, combatir las enfermedades, mejorar el acceso al agua y los servicios sanitarios, reducir las barreras comerciales e inmigratorias, desbaratar el terrorismo y promover la igualdad de género.

Guiados por su consideración de los costos y beneficios de cada opción, y dejando de lado cuestiones como la atención de los medios, los expertos identificaron las mejores inversiones –las que por cantidades relativamente pequeñas de dinero podían generar resultados significativos en términos de salud, prosperidad y ventajas para la comunidad-. Estas incluyeron una mayor cobertura de inmunización, iniciativas para reducir las tasas de deserción escolar, promoción de la nutrición a nivel de las comunidades y complementos de micronutrientes.

Esta última iniciativa, que podría hacer tanto para ayudar a la familia de Dulu Bibi en Kolkata, es extraordinariamente barata. Proveer de vitamina A durante un año cuesta tan poco como 1,20 dólares por niño, mientras que proporcionar zinc requiere la módica suma de 1 dólar.

Al resaltar las áreas en las que hasta inversiones pequeñas pueden lograr mucho, el proyecto influyó en organizaciones filantrópicas y gobiernos. Este mes, el Centro del Consenso de Copenhague publica la Guía para dar (www.copenhagenconsensus.com) para que aquellos de nosotros que no tenemos un tesoro gubernamental o una fundación benéfica a nuestra disposición también podamos considerar cómo darle uso a las lecciones de los expertos.

Algunos rechazan la necesidad de fijar prioridades. Pero esto sucede nos guste o no. Son pocas las causas y cuestiones que reciben el mayor tiempo de aire, la mayor atención y la mayor cantidad de dinero. El Consenso de Copenhague proporciona un marco en el que podemos elaborar decisiones informadas, en base a lo que se puede lograr con “inversiones” similares en diferentes áreas.

¿Deberíamos contribuir a organizaciones que se concentran en salvar vidas hoy, haciendo de inmediato que el mundo sea un mejor lugar (con beneficios secundarios que duren más tiempo) o en financiar educación para beneficiar a futuras generaciones?

Normalmente, escuchamos frases hechas como “sin educación no hay futuro” o “sin agua no se puede sobrevivir”, como si resultara obvio que deberíamos concentrarse primero en una cosa o en la otra. Pero mucha gente termina sin tener ni una educación apropiada ni acceso a agua potable. La difícil tarea que emprendió el panel de expertos fue analizar el bien extra que una donación adicional –hasta de 10 dólares- puede lograr con respecto a muchas buenas causas.

El contraste entre salvar vidas hoy y apuntar a mañana se vuelve claro cuando, en la comparación, se incluyen los esfuerzos por enfrentar el calentamiento global. ¿Cómo se podrían gastar mejor 10 dólares? ¿Deberíamos, digamos, comprar compensaciones de carbono o donar a una entidad benéfica que proporciona complementos con micronutrientes?

Al fijar todos los beneficios para individuos, comunidades y países en términos monetarios, podemos comparar las dos opciones. Los investigadores expertos para el Consenso de Copenhague descubrieron que las compensaciones de carbono son una manera relativamente ineficaz de frenar el calentamiento global y reducir sus efectos -10 dólares evitarían aproximadamente 3 dólares de daños causados por el cambio climático-. Por el contrario, 10 dólares invertidos en suplementos de vitamina A lograrían beneficios por  más de 170 dólares en salud y prosperidad a largo plazo.

Una lección que podemos extraer es que si bien el calentamiento global puede exacerbar problemas como la desnutrición, las comunidades donde se fomenta una nutrición adecuada generalmente serán menos vulnerables a las amenazas provenientes del clima. En términos generales, normalmente podemos ayudar mejor a través de intervenciones directas, que incluyan complementos con micronutrientes, fortificación, biofortificación y promoción nutricional.

Existes miles de millones de historias como la de Dulu Bibi y miles de millones de otras historias que demandan nuestra atención. Al abrazar lecciones simples de la economía, todos nosotros –individuos, gobiernos y filantropías- podemos asegurar que nuestra generosidad rinda el mejor beneficio posible.

Bjørn Lomborg, autor de The Skeptical Environmentalist y Cool It, director del Centro del Consenso de Copenhague y profesor adjunto de la Escuela de Negocios de Copenhague.

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