Las mentiras de Blair

Por Loretta Napoleoni, economista italiana, autora de Yihad: cómo se financia el terrorismo en la nueva economía (Urano). Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 14/05/07):

Por fin ha salido a la luz la verdadera historia de la frustrada “trama del fertilizante”, que pretendía hacer volar el centro comercial Bluewater y un famoso night club de Londres con más de media tonelada de nitrato de amonio. La célula yihadista de Crawley, una pequeña ciudad al noroeste de Londres, fue desmantelada gracias a una gigantesca operación de vigilancia que se prolongó al menos durante 18 meses y se convirtió en una de las acciones antiterroristas más amplias de la historia de Gran Bretaña: 36.000 horas de vigilancia a ambos lados del Atlántico y en Pakistán, miles de grabaciones, cientos de misiones de reconocimiento, que desembocaron en la detención y condena de los terroristas del grupo desbaratado. La operación -denominada en clave “Grieta”- debería haber sido un triunfo para el servicio secreto británico -el MI-5- y, sin embargo, ha sacado a la luz nuevas mentiras que se transmitieron a una crédula opinión pública.

Ante los datos alarmantes que proporciona el sumario de este caso, Gran Bretaña vuelve a hacerse dos preguntas angustiosas: ¿por qué, tras los atentados suicidas del 7 de julio de 2005, el Gobierno de Blair declaró que los terroristas “tenían la piel limpia” (eran desconocidos e incontrolados, en la jerga de los servicios antiterroristas), cuando dos de ellos habían figurado en el radar del MI-5 al menos tres veces durante la Operación Grieta? ¿Por qué los servicios especiales les dejaron escapar de la red de vigilancia sin alertar a la policía de la ciudad en la que residían?

Por si esto fuera poco, las actas judiciales indican que un misterioso individuo de origen paquistaní, llamado Q y al que más tarde se identificaría como Mohammed Quayyum Khan, había reclutado a los jefes de las dos células: Mohammed Sidique Khan, líder de la misión suicida del 7 de julio, y Omar Khyam, el cerebro detrás de la trama del fertilizante. Más desconcertante aún es la revelación de que Q sigue en libertad, a pesar de que estuvo localizable hasta justo antes de que se conociera el veredicto del tribunal. El MI-5 se defiende diciendo que no existen pruebas que condenen a Q y que, por tanto, no pueden detenerle. Pero, en la Inglaterra de Blair, el hábeas corpus se ha abolido y la policía dispone de poderes casi ilimitados cuando se trata de “presuntos terroristas”. Cientos de musulmanes permanecen en cárceles británicas aguardando a que se formalicen los cargos contra ellos; ¿por qué no está Q en ese grupo?

Las preguntas incómodas no se acaban ahí. Hay que cuestionarse por qué no estaba incluido Q en las listas de terroristas, las listas negras de los que financian Al Qaeda. Las transcripciones del juicio confirman que entre sus aptitudes estaba la de obtener dinero y material para los atentados. La mera sospecha de participación basta para incluir a una persona en las listas y, a partir de ese momento, es difícil que desaparezca, porque se le bloquea el acceso a sus fondos: tarjetas de crédito, tarjetas de débito, cheques, cuentas bancarias, todo queda congelado.

La prensa ha publicado la hipótesis -que los servicios especiales no han confirmado ni negado- de que Q era un garganta profunda similar a Junair Babar, también miembro de la trama del fertilizante, detenido en 2004 por el FBI y “transformado” en informador suyo. Fue Babar -que también está en libertad, gracias a la inmunidad que le concedieron las autoridades estadounidenses- quien reveló al tribunal que había conocido a los jefes de las dos células en la primavera de 2003, cuando se entrenaron en el mismo campamento yihadista de Pakistán. En ese país aprendieron seguramente las técnicas terroristas, incluidos el uso de explosivos y la “compartimentación” de las células.

Babar identificó asimismo a Q, el vínculo entre las dos células y la nebulosa de Al Qaeda en Pakistán. Tanto Babar como Q eran seguidores de Omar Bakri, el carismático predicador que vivió en Londres hasta 2006. Bakri, jefe de Al Majahurun -un grupo muy popular entre los inmigrantes paquistaníes en el reino de Su Majestad-, huyó del largo brazo de la ley y se trasladó a Líbano, desde donde sigue concediendo inflamadas entrevistas a la prensa británica. En los años ochenta, Al Majahurun contaba con el favor de las autoridades británicas porque respaldaba la lucha de los muyahidines en Afganistán. Fue en los noventa cuando entró en la “órbita” de Al Qaeda. La pista paquistaní ha vuelto a adquirir importancia y los misterios ocultos de la alianza entre los dos países se multiplican.

Ante las nuevas revelaciones, los supervivientes y las familias de las víctimas de los atentados del 7 de julio han reclamado una investigación pública que arroje luz sobre las dos tramas, desentrañe las responsabilidades políticas y desvele la verdad de una vez por todas. Si Q era un informador, ¿por qué no decirlo? ¿O es que el Gobierno del intransigente halcón Tony Blair temía tener que reconocer que está dispuesto a negociar con el enemigo y por eso se esconde detrás de un nuevo montón de misterios y mentiras? Más aún, el Gobierno tiene miedo a la crítica de que los dos participantes en el 7 de julio quedaron en libertad porque los servicios policiales no disponen de los recursos necesarios para vigilar como es debido el “cosmos” yihadista, que es lo que asegura el MI-5. Pero, si ése es verdaderamente el problema, la opinión pública exigirá una justificación de la insensata aventura iraquí. ¿Por qué gastar dinero y sacrificar vidas humanas para “exportar” la democracia cuando, en nuestro propio país, no tenemos los recursos suficientes para proteger a los ciudadanos? Ésa es la auténtica pregunta que a los supervivientes y las familias de las víctimas les gustaría hacer a Blair, y da la impresión de que el país, por fin, está unido y de acuerdo con ellos.