Las mulas infecundas y la tercera España

Tiene su sentido que las elecciones generales vayan a celebrarse en diciembre, al menos para los gorrones de la política que esperan estas citas con la incertidumbre navideña de qué les traerán, si asesoría, despacho o subvención. Me lo resumió bien un diplomático al que pregunté hace algunos años cuál sería su próximo destino: «Depende: si ganan los míos, París; si pierden, una república bananera».

En la política de la tortilla, donde unos se lo cocinan hasta que los otros consiguen darle la vuelta, la primera regla es elegir trinchera, que tarde o temprano te tocará algo. Convencido medio país de que la culpa de todos sus males la tiene la otra mitad, y viceversa, ya tienes un bipartidismo con coartada para ignorar el interés general, entregarse al clientelismo y eludir responsabilidades. ¿Para qué regenerarse, si el origen de todos los problemas está en el bando contrario?

Las mulas infecundas y la tercera EspañaLas mulas infecundas y la tercera EspañaTodo esto explica por qué los herederos de las dos Españas, incluidos algunos de sus nuevos actores, tiran cada vez con más fuerza de nosotros, reclamando militancia sin fisuras y propagando el sectarismo que tanto ha contaminado la vida pública. Suerte a los no alineados: les aguarda la travesía del desierto de quienes fantasean con la tercera España de Salvador de Madariaga, al que Agustín de Foxá afeó su palidez ideológica diciendo que era un desertor «híbrido como las mulas, infecundo y miserable».

Si la cita electoral de diciembre pone tan nerviosos a los conseguidores y potenciales benefactores de los dos partidos que hasta ahora se lo habían llevado crudo es porque esa tercera España de Madariaga ofrece algunos signos de vida. De hecho, la ha revitalizado una política que ha sustituido las propuestas por el insulto –sin ingenio–, la meritocracia por el enchufismo y el sentido de Estado por el qué hay de lo mío.

Hay una España, menos ruidosa y difícil de encasillar, cansada de darle oportunidades a los partidos de siempre y que sin embargo no está dispuesta a echarse en brazos del populismo de izquierdas que ve un modelo de país en la Venezuela chavista. Es una España que no tiene reparos en defender en el mismo párrafo la economía del libre mercado y la justicia social. Habla sin complejos de la unidad de España. Prefiere el pacto en Educación a bloquearlo en sectarios debates sobre cuántas horas de religión o ciudadanía deben estudiarse en las aulas. Es menos ideológica y más pragmática. Dice estar dispuesta a pactar con cualquiera de las otras dos Españas, con tal de que el matrimonio termine en una sola, nueva y más limpia.

Esa es la España que Ciudadanos dice representar y su triunfo en Cataluña de la mano de Inés Arrimadas ha lanzado con fuerza su campaña nacional, presentando su proyecto a la vez como la primera línea de defensa ante el independentismo y de la regeneración democrática. Los nervios se han apoderado del Partido Popular, donde voces internas desesperan ante el inmovilismo de Rajoy y coinciden, en cuchicheos de salón, con las advertencias de José María Aznar y su mensaje de los cinco avisos: el sexto, temen, podría traerles carbón por Navidad.

Es pronto para decir si Albert Rivera representa a esa tercera España o si ésta sobrevivirá a las elecciones generales. El bipartidismo ha demostrado una inmensa capacidad de supervivencia y cuenta con la Ley Electoral, el dinero y la infraestructura de los partidos tradicionales a su favor. El líder de Ciudadanos no ha gobernado nada y está por testar. Aunque eso, en esta España herida por la crisis y fatigada de vieja política, difícilmente puede ser una desventaja.

Los populares tienen por delante la complicada misión de intentar destruir a Rivera como alternativa y no dañar su única opción de pacto tras las elecciones. Los socialistas también ven una amenaza en el avance de Ciudadanos y quieren dejar abierta la puerta a un acuerdo. Quizá por eso PP y PSOE hacen todo lo posible por mantener vivo su duelo goyesco a garrotazos. Contra la otra España se vive mejor.

David Jiménez, director de El Mundo.

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