Las Naciones Unidas, en la encrucijada

Por Celso Amorim, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil (EL PAIS, 10/11/03):

“Encrucijada” fue la palabra que el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, eligió para definir, ante la 58ª Asamblea General, el momento por el que pasa la organización. Kofi Annan no esconde su preocupación por las dificultades a las que se enfrenta el Consejo de Seguridad para desempeñar el papel de garante de la paz y la seguridad internacionales en el actual escenario mundial. El recurso de la fuerza sin autorización del Consejo de Seguridad representa un desafío a la Carta de San Francisco que, conviene recordar, confiere a las Naciones Unidas el monopolio sobre la autorización de la coerción militar y no militar, con excepción del derecho a la legítima defensa previsto en el artículo 51.

Mas el diagnóstico y la denuncia, por más valiosos que sean, resultan insuficientes si no vienen acompañados de una acción propositiva. Consciente de sus responsabilidades al frente de la organización, Kofi Annan sugirió el establecimiento de un encuentro de personalidades eminentes encargado de presentar sugerencias para el perfeccionamiento de la ONU y, en particular, de su sistema de seguridad colectiva. Como afirmó el presidente Luiz Inácio Lula da Silva ante la Asamblea General de la ONU, precisamos restaurarle a la ONU su autoridad política. Para ello será necesario preservar y fortalecer, con sabiduría diplomática y visión de futuro, los órganos principales de las Naciones Unidas, y muy especialmente el Consejo de Seguridad.

No se trata de volver a inventar la rueda. La tarea que tenemos ante nosotros es la de la actualización de un sistema creado en una coyuntura internacional muy distinta. Los objetivos que deben orientar nuestro trabajo continúan siendo los mismos que los de 1945. Finalmente, se trata de la defensa de valores universales y permanentes consolidados en la Carta de las Naciones Unidas: la cooperación internacional para promover la paz, el respeto a los derechos humanos y al derecho internacional, y la promoción de la justicia social y de la libertad.

El mundo en que vivimos, no obstante, es otro. Con la entrada de Timor Oriental, las Naciones Unidas pasaron a contar con 191 miembros, casi cuatro veces el número de sus miembros fundadores. Los países en desarrollo, gran parte de los cuales vivía aún bajo el yugo colonial en 1945, emergen como actores relevantes e interlocutores necesarios. Al mismo tiempo, nos enfrentamos a amenazas de naturaleza distinta a las tradicionales. Viejas amenazas bajo nuevas y peligrosas combinaciones, en palabras de Kofi Annan, como la proliferación de armas de destrucción masiva y el terrorismo, y sus causas estructurales, como la pobreza y la injusticia social.

La comunidad internacional vive un contexto que combina, por un lado, la promesa de un mundo más próspero e integrado y, por otro, la profundización de la brecha entre ricos y pobres y la persistencia de la exclusión, la miseria y el hambre. Debemos revisar creativamente las Naciones Unidas y su sistema de seguridad colectiva con los ojos enfocados a promover una cooperación internacional solidaria y efectiva. Si no es así, inevitablemente retrocederemos a un mundo centrado solamente en soberanías individuales que depositan más confianza en la afirmación del poderío militar que en las instituciones multilaterales creadas sobre una base consensual, con visión histórica y el poder de la razón.

Claramente, Brasil se sitúa al lado del compromiso con el perfeccionamiento del multilateralismo. Precisamos de las Naciones Unidas, de su representatividad universal y de la oportunidad impar de diálogo que ofrecen sus foros. El Consejo de Seguridad debe ser objeto de una reforma importante. Por encima de todo, es indispensable que sus decisiones gocen de legitimidad ante la comunidad internacional. Su composición debe ser reflejo del surgimiento de nuevos actores, respetando el principio del equilibrio regional geográfico. Debemos considerar la ampliación del número de miembros permanentes y no permanentes, incorporando, a sus categorías, países en desarrollo representativos. Al mismo tiempo, se debe dotar al consejo de instrumentos de acción adecuados que le permitan dar respuestas rápidas y eficaces, siempre según los principios del derecho internacional.

Otros órganos de las Naciones Unidas deben actualizarse. El Consejo Económico y Social (Ecosoc) debe superar las discusiones estériles y el formalismo burocrático. El Ecosoc podría, por ejemplo, encargarse de la elaboración de análisis sobre la situación económica de los países capaces de contraponerse a evaluaciones de instituciones privadas, con visión centrada exclusivamente en el corto plazo y en los beneficios financieros. El Ecosoc también debe colaborar con el Consejo de Seguridad en la prevención de conflictos y en los procesos de reconstrucción nacional. Debemos pensar, quizá, en la creación de secciones que permitan a este tan importante órgano del sistema actuar de forma ágil y eficaz.

No se puede desestimar, finalmente, el papel relevante de la Asamblea General, bajo cuya égida, en los años noventa, se realizaron las grandes conferencias sobre derechos humanos, medio ambiente, población, derechos de la mujer, discriminación racial, sida y desarrollo social. Es necesario, no obstante, adoptar procedimientos que permitan la racionalización de sus debates, dando prioridad a los temas en su agenda. El resultado de este necesario ajuste será una Asamblea General políticamente fortalecida capaz de responder, de manera efectiva, a las preocupaciones de la totalidad de los miembros de las Naciones Unidas. En el área de la paz y la seguridad, incluso, la jurisprudencia acepta que la Asamblea puede ser accionada cuando la amenaza de veto y la perspectiva de acciones sin respaldo multilateral pongan en jaque la capacidad de las Naciones Unidas de ofrecer alternativas legítimas a situaciones de crisis.

No hay soluciones fáciles o rápidas para desafíos de esta magnitud. Estamos ante la responsabilidad de encontrar fórmulas que reúnan el consenso más amplio posible, sin ceder a la tentación de la simple acomodación de intereses o caer en la trampa del inmovilismo. El Gobierno brasileño viene manteniendo con España un diálogo constructivo sobre estos temas al más alto nivel. Ambos estamos de acuerdo en la importancia del proceso de reforma, estimulado por el secretario general. La reciente visita del presidente del Gobierno español a Brasil ha permitido avanzar aún más en nuestro diálogo en provecho del multilateralismo. En el contexto de la asociación estratégica, que ambos Gobiernos desean establecer, fue gratificante oír del presidente Aznar que la aspiración de Brasil a ocupar un puesto permanente en el Consejo de Seguridad obedece a una lógica propia y cuenta con la “viva simpatía” del Gobierno español.