Las no personas

Por Joan Subirats, catedrático de Ciencia Política de la UAB (EL PAÍS, 01/06/06):

Estamos asistiendo a la propagación de las no personas por diversas partes del mundo. Son seres vivos que aparentemente se comportan y actúan como las personas, como aquellos que les rodean y con quienes conviven, pero a los cuales no se les reconoce su plenitud como individuos. Trabajan, pasean, compran y pagan alquiler, pero lo hacen rodeados de incertidumbres. En cualquier momento esa aparente normalidad puede ser drásticamente interrumpida. Seguirán viviendo, pero dejarán de existir como lo estaban haciendo y deberán iniciar otra singladura vital. Esas no personas, como las define Alessandro del Lago, son los emigrantes que viven como irregulares, como clandestinos, como individuos sin papeles. Existe otra variante de no persona. Aquella vinculada a la situación de los que llegan a centenares a las playas de Canarias o que hace unas semanas saltaban alambradas en Ceuta o Melilla. En ese caso, son individuos que, una vez completada su odisea, la mayor parte de las veces ni son retornables, ni son regularizables. Son los ni-ni.

No me estoy refiriendo, como bien sabemos, a casos exóticos o singulares. Las no personas circulan, trabajan y conviven con nosotros, los “comunitarios”, a miles y miles. En cualquier rincón de Europa. ¿No nos debería sorprender esa realidad? Aparentemente, nos estamos acostumbrando a ello. Pero, de sucedernos a nosotros lo que a ellos les acontece, la sensación sería de absoluta estupefacción. ¿Podemos imaginarnos el caminar por la calle, ser interrogados por un policía y, sin más, ser detenidos y expulsados del país? Esa no persona puede ser nuestro amigo, hablar nuestra lengua, disfrutar de las mismas cosas, penar con el mismo trabajo, pero una barrera tremebunda nos separa. Y esa barrera se llama papel, permiso, nacionalidad. Uno es persona o es no persona por un simple reconocimiento. En el Diccionario de uso del español de María Moliner, persona conduce a humanidad, a ser humano. Y desde este punto de vista, en Europa hemos hecho profesión de fe de nuestra proclamación de los derechos universales de los seres humanos, sin distinción alguna. Sólo aceptamos que una persona pueda ser considerada privada de derechos de manera excepcional, y si no hay penalización jurídica de por medio, acostumbra a relacionarse con merma drástica de condiciones físicas que impiden el ejercicio pleno de las capacidades humanas. De alguna manera deja de ser y, por tanto, ya no es del todo persona. Pero, en este caso la atribución de no persona deriva de factores externos que no son atribuibles a condiciones físicas, sino a consideraciones extrahumanas. Nos referimos a ellos como “extracomunitarios”, “inmigrantes”, “irregulares”, “clandestinos”, y por tanto los situamos fuera de nuestro contexto, no son de los nuestros. A partir de ahí se transforman en invisibles, social y políticamente, y ya tenemos las premisas de su nueva condición: no personas. Son seres humanos carentes de reconocimiento, carentes de consideración. Como lo eran los esclavos en tiempos no demasiado lejanos. Como lo fueron los judíos en la Alemania nazi; los japoneses encarcelados en campos de concentración a causa de su origen, durante la II Guerra Mundial, en Estados Unidos, y como lo son hoy los prisioneros de Guantánamo. No queremos con ello decir que la situación de los inmigrantes sea igual a la de quienes han vivido esos casos límite, pero es evidente que funciona con ellos un doble rasero jurídico.

Es evidente que los necesitamos. Sólo hace falta mirar a nuestro alrededor para ver que eran y son necesarios. Pero muchas veces aparentamos no verlos. Nos incomodan. Preferimos imaginar que han estado siempre aquí y no preguntarnos por cómo llegaron, a través de qué penalidades o de qué sufrimientos alcanzaron el lugar en el que están. La versión oficial nos habla de mafias, pero es difícil imaginar que ellos y ellas no quisieran venir. Nos protegemos de su tormentoso camino a la normalidad. Preferimos no mirar, no saber. De la misma manera que apartamos la vista del pobre, del mendigo, del enfermo, o eludimos al delincuente. E incluso muchas veces lo mezclamos todo y relacionamos sin rubor inmigración, enfermedad y delincuencia, para así tratar de cargar en alguien claramente estigmatizable nuestros propios desasosiegos, nuestras propias fobias e incertidumbres.

En el fondo, todo ello mantiene la jerarquía, penaliza su llegada, les obliga a aceptar gravosas condiciones de vida y de trabajo. Estamos ahora añadiendo barreras militares altamente sofisticadas a las alambradas, al mar, a la distancia. Los que atraviesan esas barreras admiten más fácilmente el tener condiciones a la baja, condiciones que los que son personas no admitirían. El hecho de ser no personas les deja sin voz, sin visibilidad, sin derechos. Y además, el permanente temor a su masiva llegada reduce las pretensiones de los que son personas, desempeñando así así el rol de chantaje a las condiciones y derechos ya adquiridos. Las últimas declaraciones de Ángel Acebes sobre los inmigrantes apuntan claramente a la identificación de inmigrante con enemigo de nuestra civilización y nuestra forma de vida. Pero la forma en que está operando el Gobierno socialista tampoco es de recibo. Queda claro que se trata de alejar y evitar a los inmigrantes entendidos como peligro. Se militarizan las fronteras y las vías de llegada. Se multiplican los campos de internamiento. Se les expulsa siempre que se puede. Y se ayuda económicamente a los países de origen para implicarlos en ese bloqueo. Si desde posiciones de izquierda se tolera la expresión de sentimientos y de expresiones de hostilidad hacia los extranjeros, y se justifica un trato humillante que las sitúa en esa condición de no personas, no nos quejemos si esa agresión a los ahora más débiles acaba desarrollando otras intolerancias, otras mermas de derechos, esta vez de las personas.